Agueda Venegas de la Torre

En las últimas décadas del siglo XIX, la prensa transitó de tintes políticos a comerciales, donde las notas criminales comenzaron a tener mayor espacio entre sus hojas, en especial los pasionales. Las crónicas sobre los crímenes, por un lado, se describían de manera gráfica y detallada y, por otro, se mostraba la indignación de la élite por esos actos que consideraban propios de las clases populares.

Estaba claro que la prensa se convirtió en una herramienta del gobierno porfirista para reproducir los criterios institucionales del orden que condenaban los vicios de las clases bajas y difundir los mecanismos para alcanzarla, como la descalificación, moralización y opresión.

Las crónicas sobre crímenes pasionales comenzaron a aparecer y propagarse en la prensa, iniciaban presentando una historia de dicha y felicidad de los esposos o amantes, continuaban con las vicisitudes de sus pasiones hasta llegar al desencanto, el cual fungía como colofón de ese amor expresado en una tragedia movido por la cólera.

Esa estructura de la crónica hacía referencia al homicidio ocurrido entre parejas con vínculos amorosos donde, habitualmente, se veían implicados los celos o una ruptura violenta. La forma en que abordaba la prensa porfiriana esos crímenes, fomentó el sensacionalismo donde el lector reconstruía su propia versión de los hechos.

En los primeros años, la prensa porfiriana trató esos crímenes como sensacionalistas en un marco de referencia poético (se mataba por amor en defensa del honor), lo cual generaba empatía entre sus lectores. Señalaban que por amor se cometían actos de venganza en busca de justicia, y eso podía ser motivo para justificar el homicidio y la violencia. Los crimines pasionales se justificaban por estar relacionados con el amor en el momento de los hechos (aunque fuera exagerado) y posteriormente por el remordimiento o arrepentimiento que expiaba toda culpa; por esa razón el asesino era considerado un delincuente circunstancial y honrado y, por ende, diferente al criminal ordinario. Teniendo en cuenta la opinión que tenían los columnistas y su influencia en la opinión pública, los asesinos alegaban que, al momento de cometer el crimen, estaban privados de todo discernimiento y voluntad por el sentimiento de los celos, se autodeclaraban inocentes de los hechos criminales porque los habían cometido bajo la presión interior de la pasión dominadora.

Para finales del siglo XIX, la prensa resaltaba que equívocamente se había designado a los crímenes cometidos entre un hombre y una mujer que habían mantenido una relación, como pasionales. La visión romántica comenzó a ser cuestionada porque lograban los asesinos obtener la indulgencia pública que se trasladaba al ámbito judicial, al lograr la exoneración de un juicio, obtener la absolución, o por lo menos una atenuación considerable de su pena. En el trasfondo se juzgaba que se tuviera el derecho de ser celoso y, por ende, matar a la esposa, concubina o amante, en otras palabras, que se justificara que por celos se tuviera posesión completa sobre otro ser y privarlo de la vida.

Los crímenes pasionales dejaron de ser vistos bajo el romanticismo de la literatura y comenzaron a retomarse otros referentes. Se vincularon a instintos animales más que sociales, donde lo sexual desplazó al amor. En ese contexto, cambiaron las crónicas sobre el crimen pasional, se enmarcaban en relaciones fortuitas que eran movidas por deseos sexuales donde el amor no tenía cabida. Se comenzó a recalcar que los crímenes pasionales eran efectuados por las clases populares que se embriagaban y procuraban lugares inmorales como los lupanares.

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