Cuando se mira con mucho detenimiento, prácticamente no hay referencias en la historia donde se mencione la eclosión de música y una suerte de euforia inducida por el consumo de una sustancia… Bueno, sí se ha hecho incontables veces, pero no para relatar la existencia de una situación socialmente aceptada que hoy constituye el denominador común de lo que alguna vez fue rave y ahora representan prácticamente todos y cada uno de los conciertos en vivo.

La unión de música y un abierto estado de intoxicación han sido interés de cuanto escolar haya dedicado su vida a la investigación de las agrupaciones efímeras que pese al desarreglo y falta de concierto de sus integrantes, dejan claro que se trata de un rasgo de la más pura capacidad humana. Pero así como los poemas que recoge el códex buranus, otra de las grandes obras de la humanidad es la célebre obra de Los cuentos de Canterbury, precursora del relato marginal, ya que abunda el comentario paralelo a la línea argumentativa de la que se desprende el desarrollo, misma de la que los protagonistas adquieren conciencia, se lo advierten al lector, la narración continúa y discurre con astucias que no eran parte de los mecanismos narrativos de la época, pero Chaucer los hizo posibles.

Los cuentos de Canterbury constituyen una de las piezas más importantes de la literatura medieval, porque además de la riquísima descripción de cuantos personajes desfilan en ella, presenta el fresco que hará famoso al Bosco: un momento histórico plural, plagado de personajes y situaciones producto del movimiento social, así como del contacto de los grupos todavía en estado de definición.

No se trata de una Europa estática sino efervescente, carente de las aristas que la convertirán en eso que serán los reinos bien diferenciados del Mediterráneo y mirando hacia los mares; mientras el apogeo del lirismo es parte de la Carmina Burana, Canterbury será una especie de hilo conductor subterráneo, nada evidente, que surgirá bajo el arbitrio de un observador agudo, procedente del mismo vulgo que atestigua, además de vigilante de cualquier desatino. Ahí donde la multitud se congrega, se destacarán solo unos cuantos y a ellos se les entregará el privilegio de una historia. Por si fuera poco, en una suerte de ejercicio coral, Los cuentos.

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. reúne sin ánimos de ejemplificar todos los géneros narrativos de la época, lo que además la convierte en un modelo, gracias a que los tonos ligeros comparten espacio con el pesar y la nostalgia, pero en calidad de testimonios de una época.

Ahora, mientras podría parecer motivo de una novela por sí sola y por derecho propio, dos estudiantes de literatura comparada, especializados en la producción medieval de Chaucer, harían migas y después de que se les consideró los nerds, los “cerebritos”, los “ratones de biblioteca”, un día decidieron que estaría bien reunirse para armar una “tocada”. Así nació The Chemical Brothers, el dueto que marcaría la transición entre la música electrónica de Kraftwerk hacia una versión dance, ácida, sin los caracteres ni los acentos que ya estaba presentando Underworld, pero dejaba atrás materialmente todas las variantes etéreas/subjetivas que le darían sello a The Orb.

Los Chemical Brothers se encargaron –solos, todavía sin la intervención de otro participante y pese a que el trip hop reinaba triunfal– de amasar en una sola canción de entre las muchas que produjeron antes del comienzo del siglo XXI, la escuela para toda una serie de imitadores que materialmente se valieron de su producción para generar un trabajo propio.

Resulta muy revelador que la inserción de Ed Simons y Tom Rowland en la música y desde su comienzo hasta la fecha tenga por característica central un antecedente directo en la literatura medieval, de por sí diversa y nutridísima en su complejidad histórica y estructural. Vaya, la pregunta directa se antoja viable: ¿acaso la Edad Media tuvo que ver en el desarrollo de una de las agrupaciones más emblemáticas de la música contemporánea? Quién sabe si en forma explícita, pero una lucidez educada con referencias de lo que constituyó el momento de mayor ebullición histórica para Occidente, es poco probable que pase inadvertido o sin consecuencias.

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