El Decameron de Boccaccio es hoy por hoy una de las obras maestras de la literatura universal, pero su fama se ve disminuida por el carácter erótico y hasta subversivo de la obra, en la medida que no parece haber más, excepto la salacidad del autor para retratar una época de la que se han arrancado los bordes de un hilado fino de soberbia complejidad, cundida por entresijos que justifican su inmortalidad.

La anécdota es moderadamente sencilla pero brutal, 10 jóvenes hijos de familias pudientes se reúnen a las orillas de la villa donde habitan, para huir de los estragos provocados por el asedio de la peste bubónica. Ahí, durante 10 días cada uno de ellos contará un relato y los protagonistas de las narraciones pueden ser producto de la inventiva o de rumores protagonizados por los personajes que animan el relato, pero el núcleo común que caracteriza a casi todos es el encuentro erótico narrado además con desenfado.

En parte porque se trata de jóvenes que rondan los 20 años, un rasgo propio de los cuentos es la forma en que los encuentros se dan a espaldas de matrimonios formados, de los que ya sea por malicia o el simple deseo de divertirse, quien se procura ese placer pasajero, de una u otra forma habrá de conseguirlo con lujo de picardía. Hay además un tono de astucia del que llama sobremanera la atención por un detalle con que Boccaccio confeccionó su clásico: aunque la infidelidad se considera un rasgo específico de los varones, el autor se encargó de subrayar la existencia del matrimonio como el primer aniquilador del apetito sexual, con un especial desprecio sin género favorito.

Pero la metáfora de la obra es portentosa. 10 cuentos durante 10 días suman 100 obstáculos dispuestos por los muchachos para formar un laberinto que la vida dispone para diluir a la muerte en todos los ejemplos, con el encuentro amatorio por única arma en la que se refugian los humanos contra el terror de la peste.

Inspirado en la comedia de Dante Alighieri, de la que Boccaccio se encarga de añadirle “divina” por la majestad de la obra, precisamente la pluralidad de voces surge de identificar el protagonismo del pueblo como un primer sello que le gana la inmortalidad que ahora tiene.

Años después, para garantizar la difusión del texto, Margarita de Valois se hace a la tarea de consignar una edición en francés y, en el proceso, desarrolla su versión personal del Decameron con una jornada de siete días en su Heptamerón.

Más tarde, apasionado de las letras clásicas, Vargas Llosa apuesta por una versión teatral sin la vasta complejidad del original en Los cuentos de la peste, con apuntes personales y otros protagonistas, para cuyo montaje se buscó la participación del escritor en la puesta en escena, además de abundar en los pormenores de la obra con los preliminares.

Gracias a que Boccaccio se transformó en inmortal con la profundidad de su obra, que lo movió de académico y favorito de Petrarca, a un escritor de las veleidades del pueblo, cuando Franz Von Suppé retoma los libretos compuestos sobre el autor, sin pensarlo ni tener un cálculo preciso, pese a una obra moderadamente generosa, es hasta la composición de la opereta Boccacio cuando alcanza la celebridad.

Mientras la obra de Boccaccio tiene una primera parte orientada a la divulgación de Alighieri, así como las letras grecolatinas, es hasta que debe refugiarse de la peste cuando se ve acorralado y temiendo por su vida, pero con las herramientas que le dieron el conocimiento sobre la literatura de su tiempo y lo clásico, cuando recoge las anécdotas del pueblo que se forma su obra maestra.

Ese, el humano que teme por su vida y se percibe sin el refugio de los escudos que lo protegieron y ya en sus años de vejez padeció hidropesía, es el protagonista de Von Suppé, a quien se encarga de volverlo protagonista de su clásico, pero también de humanizarlo con una versión musical que lo dignifica y le devuelve una merecida admiración.

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