En tiempos del coronavirus las virtudes y carencias se han potenciado, de las sociales a las personales. Un ámbito que ha revelado el justo medio en el que vivimos como sociedad es el periodismo que se ejerce en nuestro país y que es el que consumimos y del que nos nutrimos informativa y hasta culturalmente.

En estos dos meses de emergencia sanitaria en los medios, sobre todo en los audiovisuales, se exacerbó o se hizo gala del sensacionalismo y de la ponderación de la nota roja. Las mentiras se hicieron presentes retomando imágenes de otros países en crisis de atención hospitalaria por el coronavirus para atacar al actual gobierno, no se tuvo reparo incluso para llamar a la desobediencia civil.

El colmo de este tiempo de Covid-19 es la evidencia irrefutable de que adolecemos de un periodismo profesional (ese que ya no digamos debe estar a la altura de la preparación que se debe tener para cubrir y escribir, sino para contar con el mínimo de ética para no atacar sin fundamento).

Mucho se ha insistido, tanto que suena a discurso, que el periodismo es el termómetro fiel de la democracia pero también de lo que somos como sociedad. Un dato nos retrata de cuerpo entero: somos uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo, peor que estar en un país en guerra, porque no lo estamos. Pero, si a ello agregamos un vergonzoso dato sobre que somos el segundo país que genera noticias falsas (fake news), después de Turquía, el panorama es desalentador.

Hace unos días, una joven periodista del diario El Sol de México, hizo gala de la realidad de los profesionales de la comunicación, quienes son los encargados de traernos y ofrecernos con datos y objetividad parte de la realidad en que nos hallamos inmersos en tiempos del Covid19 mutado: Sarahí Uribe, no pudo articular y argumentar una pregunta al subsecretario prevención y promoción de la salud Hugo López Gatell respecto a las declaraciones del exsecretario de Salud del sexenio de Enrique Peña Nieto José Narro Robles, quien desacreditó las cifras que se dan en el día a día sobre contagios, decesos e infraestructura hospitalaria. Apenas balbuceó, sin convicción: “¿Le ha mentido a México? pero sin argumentos de cifras para contrastar, sin evidencia alguna, apenas con un dicho del exsecretario Narro Robles.

Los memes no se hicieron esperar, todos hicieron “leña del árbol caído”. El escarnio se cimbró sobre su carrera. Sin embargo, pese al espectáculo que el tema representa, el hecho nos da para reflexionar sobre qué estamos haciendo como formadores de comunicadores, qué está pasando en los medios donde, ya no digamos la calidad sino la ética no importan, qué futuro tenemos si no apostamos a mejorar la calidad y cantidad de noticias. ¿Cuál es el futuro periodístico si está en manos de empresas monopolio? La información es poder, dice una verdad de Perogrullo, pero al no informar fielmente diríamos que como pueblo estamos negados al poder (de saber, de decidir, de interpelar, de exigir). Revisitado así el tema, entonces el pueblo, la gente, la sociedad, los públicos de los medios, estamos condenados a la ignorancia, a la falsedad y a la mentira, y con ello a ser eternos menores de edad que nos entretienen con “dulces” mentiras, fastuosos shows. Al pueblo pan y circo, reza un adagio popular, pero lo pésimo es que no aplica en países pobres como el nuestro.

El periodismo, baluarte de las mejores causas y “arma” fiel para las sociedades como México, hoy está mermado. Cada vez se usa más como punta de lanza de mezquindades y ambiciones, sean políticas, sean personales, sean comerciales, o sean las tres juntas.

El periodismo y las y los periodistas se hallan frente al enorme reto de retomar su esencia como profesión de servicio social, como vocación de gente proba y decente, porque de otra forma iniciamos un camino más de descomposición como en otras muchas áreas de la vida política, económica y social del país. Aunque siendo optimistas pudiera ser que estas “oscuridades” nos permitirán buscar la “luz” y retomar la misión del buen informador/comunicador que antepone el profesionalismo y ética, valores devaluados pero necesarios si de verdad aspiramos a ser una mejor sociedad (aunque suene a cliché).

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