Recuerdo a mi corta infancia cuando mi padre nos pedía a mis hermanos y a mi le acompañáramos a cultivar la milpa en extensas tierras fértiles en el Valle de Mixquiahuala, en la zona conocida como Viborillas. Ahí trabajó como jornalero por más de 30 años, dedicado a regar, cultivar, cosechar y mantener los cultivos libres de plagas y malezas, actividades que le permitían recibir un jornal para mantener medianamente a su familia.

Nuestra niñez y parte de la juventud transcurrió entre campos verdes y de cosechas abundantes que veíamos pasar frente a nosotros porque nada de lo producido pertenecía al jornalero que dejaba su sudor bajo el sol, sino al dueño de la tierra que fue beneficiado por la lucha agraria zapatista. Porque, al igual que en muchas partes de México, ese beneficio no se dio por completo en el ejido de riego más grande del país.

Con el tiempo, y las clases de economía política de la profesión, comprendí que los frutos de la revolución mexicana no se repartieron al parejo y que tristemente se gestaron serias contradicciones. Esto lo explica magistralmente nuestro querido maestro Adolfo Gilly (1975) en su obra La revolución interrumpida, donde señala que a pesar de los ideales de hombres y mujeres zapatistas se replicaron caciquismos locales, que después fueron cobijados por las políticas agraristas posrevolucionarias para controlar al campesinado. La revolución quedó interrumpida porque se institucionalizó la lucha agraria al partido hegemónico y las contradicciones de clase se replicaron en el sector agrario en beneficio de unos cuantos.

Por ejemplo, el 2 de enero de 1915 se conformó el primer comité agrario para entregar la tierra a los naturales de Mixquiahuala, a quienes se les autorizó repartir y defender la tierra; proyecto que parcialmente se cumplió porque los más acomodados del pueblo en ese entonces fueron los que se repartieron las mejores tierras y utilizaron prestanombres para acaparar el mayor número de hectáreas. Sobre este tema, el historiador Roger Bartra (1975) en el trabajo de su autoría Despojo y manipulación campesina: historia y estructura de dos cacicazgos del Valle del Mezquital, narra los vicios que produjo la revolución Mexicana en el ejido mixquiahualense y que en perspectiva histórica explica en parte la pobreza que padece actualmente el municipio.

En su obra, Roger Bartra señala cómo los más pudientes (Kouri, 2019) utilizaron la coyuntura agraria para convertir en jornaleros, peones o medieros a los que desde un principio debieron ser los legítimos ejidatarios. Así, disfrazados de campesinos, las clases medias mixquiahualenses se apoderadon del ejido y sirvieron para controlar políticamente al sector rural durante toda la hegemonía priista. Por ello, la reconciliación entre sus pobladores vendrá cuando nos conduzcamos sin autoengaños ni resentimientos, pero sobre todo avanzaremos como municipio cuando solventemos la deuda histórica con los relegados del caciquismo agrario: los jornaleros.

Esta narrativa no busca dar continuidad al enfrentamiento que parece interminable en la tierra del mezquite. Por el contrario, tiene la intención de reconocer la pedacería de la que estamos hechos, de nuestros sueños incompletos, de nuestras esperanzas, pero sobre todo de nuestras utopías para devolver la grandeza a esta tierra. Hay hechos históricos que no podemos cambiar, pero lo que sí se puede es generar diseños de política pública en beneficio de los más pobres.

Por ello, el que aspire a gobernar, pero sobre todo que quiera ser un buen gobernante, es necesario conocer el pasado e incluir a los desposeídos que no escribieron su apartado en la historia agraria mixquiahualense. Hay una deuda histórica con los regadores, los jornaleros, los medieros, los genuinos campesinos que hacen producir al ejido. Esos que históricamente han sido desplazados e invisibilizados, pero que de fondo son a quienes les debemos la riqueza del campo.

La pobreza no es tragedia, como han demostrado muchos mixquiahualenses provenientes de la cultura del esfuerzo, sin embargo para avanzar debemos de poner el suelo parejo para todos.

En memoria del jornalero que me dio la vida y que me explicó por vez primera la palabra dignidad: Mario Cruz Ramírez.

[email protected]

Comentarios