El estreno y posterior ascenso de Donnie Darko a la categoría del cine de culto trajo consigo el redescubrimiento de Graham Greene, cuyo cuento Los destructores ocupó un lugar central en el filme y el director de la cinta se encargó de colocar una de las interpretaciones más ingeniosas en la premisa de la narración.

En ella un grupo de adolescentes decide darse a la tarea de destruir la casa de un arquitecto retirado y el acto se transforma en una odisea bizantina que encierra muchas metáforas a la vez.

La construcción fue edificada en uno de los terrenos que durante la segunda Guerra Mundial fueron cicatrizados en Londres por la caída multitudinaria de bombas, pese a ello, se reacondicionó por los sobrevivientes y se cambió la vida útil del suelo. No obstante, en la narración el orgullo de la supervivencia del Blitz encierra la arrogancia de Churchill como un vestigio que los jóvenes ignoran y no les puede ser más indiferente.

Sobre todo, ahí donde ellos crecen, pertenecer a una nueva generación es un lujo intrascendente, sin metas ni propósito. Su creatividad consiste en destruir con el ingenio de alguien quien conforme desmonta, perfecciona su tarea y efectúa descubrimientos conforme lleva a cabo el proceso.

De manera muy inteligente y lúcida, Greene jamás justifica la iniciativa de los jóvenes con malicia ni odio, sino con el deseo de hacer algo trascendental. El cuento es uno de los primeros importantes en la producción del autor, apenas 10 años después de concluida la guerra. Desde su publicación, el escritor abordó una de las preocupaciones centrales del británico promedio ante la violencia sin sentido, pero endémica que representó acopiar fuerza para contrarrestar la invasión alemana, pero las nuevas generaciones lo verían y experimentarían como algo natural.

En más de un sentido el cuento es el antecedente natural de La naranja mecánica, pero aunque Anthony Burguess fija la anécdota de la novela en el futuro, donde la hiperviolencia aqueja a la sociedad, Greene no la disfraza ni omite las implicaciones de una civilización que para salir avante se permite el lujo de la violencia y pretende volver a la paz como si nada hubiese ocurrido. Una cultura que además ostenta la capacidad de minimizar sus propios desplantes calificándolos de vandalismo.

También, desde entonces, comenzó una suerte de mirada clínica sobre la posibilidad de ejercer control sobre ese despliegue de energía, primero bajo la forma de iniciativas gubernamentales y más tarde como la manifestación de un discurso que solo podía ser dirimido y manejado bajo la forma de otro discurso, el de la corrección política.

Pero el vandalismo, en calidad de síntoma para detectar la evolución cultural de una sociedad, también hoy constituye la exposición más clara de que no todas las necesidades e inquietudes de un asentamiento se han atendido apropiadamente ni se desarrollaron de acuerdo con las expectativas de nadie.

Precisamente el grupo Six Drummers, desde su debut en el cortometraje Music for one apartment and six drummers, en todas y cada una de sus presentaciones y videos, se plantean a sí mismos como un conjunto de vándalos incapaces de frenar la compulsión de hacer música con objetos ordinarios, armados con una capacidad fuera de serie para producir piezas redondas y bien estructuradas a partir de la nada.

Dueños de un sentido del humor magnífico, todos los videos explotan el desconcierto del espectador, quien escucha música con todas las de la ley, surgida de un entorno reconocible, así como de los actores, quienes atestiguan con asombro cómo sus pertenencias fueron despojadas de una muda e inconcebible virginidad acústica.

Originarios de los países bajos, en la actualidad son conocidos bajo dos claves, Sound of noise y Six drummers; los músicos percusionistas ya cuentan en su trayectoria con un largometraje, una presentación pública en el Festival de Cannes, así como participaciones en otros festivales donde su producción e identidad son inconfundibles.

www.sixdrummers.com
https://youtu.be/sVPVbc8LgP4

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Twitter: @deepfocusmagaz

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