“Las mezclas de naciones, etnias, sociedades y condiciones dan familias y pueblos”
La abuela

A pesar de su cansado cuerpo, esperanzada en la llegada de mejores tiempos, en su arrugado reposo, rememoraba la antaña plazuela de toros de Los Avendaño, del Carbón y de Las Diligencias, más que histórico y tradicional jardín Independencia, que sufrió una gran transformación en los primeros 10 años del siglo XX; contaba con grandes farolas con luz eléctrica, enormes vehículos conocidos como tranvías, movidos por esa misma fuerza, que recorrían su perímetro, los mineros trabajadores de los laboríos hicieron por costumbre reunirse en esa añeja plaza, “expuestos como en escaparate”.
La diversidad daba señas de la impresionante mixtura de migraciones, tanto de las zonas de reales mineros del país, Zacatecas, San Luis Potosí, Guanajuato, Estado de México, Guerrero, así como de regiones del Valle del Mezquital, Huasteca hidalguense, la Sierra Alta, Gorda y Baja, a las que ese jardín tradicional les dio el lugar para conocerse, liarse hasta fusionarse en sus deleitosos domingos de audición musical de la Banda de Rurales dirigida por don Candelario, en los añejos pabellones, luego en el pulcro quiosco de cantera nombrado como pérgola Abundio Martínez, teniendo como marco la espléndida hechura de una ciudad, con arquitectura propia de un mineral provinciano, condicionada a su orografía agreste, espinosa, rocosa y empinada.
Mirábase ese tradicional jardín Independencia rodeado de una amplia calle empedrada, con tendidas vías metálicas para la conducción de ruidosos vehículos del tranvía, guarniciones de piedra, pisos enlozados y embaldosados de canto finamente labrado, frondosos y húmedos árboles reconfortaban el reposo, garigoleadas bancas de fierro en el perímetro con protecciones de enrejado de madera para los recién plantados árboles. Al centro de la provincial plaza del mineral de Pachuca, en su lado norte, desplantada sobre un zócalo de piedra de dos metros de altura con detalles neoclásicos del mismo estilo del edificio del Banco de Comercio, una sublime asta bandera, de fundición tipo francesa, rematada con deliciosos motivos nacionalistas, frente a ella uno de los danzantes monumentos a Benito Juárez, fincado en una construcción ajustada al estilo del teatro de don Bartolomé, con una protección o balaustrado. Los postes de fierro, las farolas de fundición, con cuatro divinos dragones sosteniendo una circunferencia de cristal blanco de 20 centímetros, en el interior la iluminación, coronadas todas con una bombilla.
Al poniente del jardín el viejo edificio del victimado Conde de Casa Alta, de fachada de tabique rojo en dos plantas, bellas ventanas de delicados frontones tipo francés, que la abuela nombraba como “hechura de hacienda pulquera”, de herrería de fragua en balcones y barandales, recorrido en la parte superior con una cornisa de lado a lado de interesante moldura, coronado de una citarilla de barro colorado que le daba toda su fastuosidad a la finca, enorme e interesante portón, de acceso a las antiguas diligencias, construido en tablón enmarcado en un precioso arco rebajado.
Emparentó, tuvo compadrazgo y conoció de “muchas diversas filiaciones”, de las más encumbradas, hasta las dichas humildes, de comerciantes, profesionales de servicios y de alguna actividad relacionada o complementaria a la minería, que uniéronse con señoritas de buena casa, hasta mineros trabajadores “con hijas de cuna fina, asegún que distinguidas”, miembros de familias de origen agrícola hacían lo propio eligiendo operarios, administradores, técnicos y trabajadores de tiros y socavones, de los diversos estratos sociales, resultando en una singular población pachuqueña, de múltiples orígenes y estratos.
La viejecilla abuela daba razón de queridas y conocidas parentelas, de la Huasteca, de las sierras, especialmente de una venida de la región del Valle del Mezquital, de la localidad de Lagunilla, con ascendencia materna llegada de por ahí de Tlaxcoapan, por la paterna del poblado de San Juan Tecajete, avecindados en el mero valle, con arduas labores del campo agrícola, de las que gran parte del beneficio asignaron al estudio de los varones. Enviaron a educarse a sus vástagos a la villa minera, aspirando a lograr ciudadanos de bien, asistidos en la ciudad por sus hermanas, conoció de ellos en la vivienda que rentaban, frente al gran edificio de la casa de los Rule, en finca propiedad de esa misma familia, en la antigua plazuela de la Santa Veracruz esquina con calle Aldama. En la cuarta década del siglo XX, para el apoyo mujeril y consolidación de ese esfuerzo, llega al pujante mineral de Pachuca la entrañable, esbelta, hermosa y de especial sonrisa Reina Maty.
La vida de aquella mujer corresponde a la de las señoritas de la sociedad del mineral de esos años, venida del mundo rural a atender necesidades de los hermanos varones estudiantes de carrera, ocupaba la mayor parte de su tiempo en esas tareas. Siempre vigilada y custodiada por ellos, en las tardes acudía a clases de “comercio”, después al antiguo Colegio de San Francisco a aprender labores propias de la mujer, necesarias en el manejo del hogar, cocina, tejido, bordado, corte y confección, y lo principal “moral, buenas costumbres y religión”. A pesar de zagas vigilancia de sus protectores, siempre tuvo la habilidad de mirar, en el culposo y cómplice jardín Independencia, el llamativo porte de los fuertes trabajadores de las minas, especialmente los ojos color de miel del atlético don León, habitante de la empinada, chueca, empedrada y polvorienta calle de Candelario Rivas, por los rumbos de la parte alta de San Juan Pachuca del viejo barrio de Jerusalén, originario del Mineral de San Guillermo la Reforma, de padre y abuelos mineros. Formal y esforzado trabajador de la calurosa mina del Álamo ubicada al sur de la ciudad, por los rumbos del cerro de Cubitos, con el que unió en matrimonio, luego de sortear diversas vicisitudes, desavenencias y peripecias religiosas, morales, sociales y económicas, que por mediación de la tía Chucha, llegan a formar una familia típica minera pachuqueña.
La multitud de esas uniones, con el diario cuidado y delicado tejido de chambritas, fajeros, costurando shortsitos, camisitas, vestiditos, bordando pañales, preparando la diaria avena, los deliciosos tacos de guisado, atendiendo el prioritario estudio, aún con funestas autoridades, lograron formar los hoy operarios, choferes, licenciados, médicos, cargadores, ingenieros, arquitectos, administradores, comunicadores, maestros, comerciantes, asistentes, funcionarios, investigadores, enfermeros, constructores, mujeres y hombres, hijos, nietos y bisnietos de aquellas que junto con los antiguos hombres laboriosos, han forjado el tesoro actual de esta antigua villa minera de argento, han procreado la plata viva de este mineral. La abuela conmovida, con lágrimas en los ojos musitó “gracias a tus marcadas, desgastadas y viejas manos”.

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