Aún recuerdo cuando empecé a escribir. Y no, no me refiero a esos fastidiosos ejercicios de caligrafía de la primaria, sino a aquellos primeros intentos de expresar por vía de la palabra escrita lo que empezaba a ver, vivir y atesorar. Desde el tierno episodio infantil aquel en el que perdí el dinero de un mandado para volver a encontrarlo y regresar a anotarlo, pasando por los cándidos y cursis poemas de la adolescencia, hasta llegar a las historias que en las aulas universitarias me servían de fuga ante el tedio de –debo admitirlo– muchas de mis clases, llegué a la edad adulta con un blog por aquí, alguna fugaz colaboración por allá y un constante transitar entre talleres de creación literaria, asociaciones de escritores, grupos de literatura e incontables tertulias que me ayudaron a construir una idea precaria –reconozco– de lo que pudiese ser un escrito para el que no anduviera cazando lectores. Así nacieron cuentos, reflexiones, diálogos, narraciones y más.

Hoy, agradeciendo el espacio que Libre por convicción Independiente de Hidalgo me ha otorgado; me encuentro con la posibilidad de compartir un poco de ese material creado y acumulado a lo largo de todos estos años, que en suma ya se cuentan por décadas. Por ello, hoy migramos la columna cultural que naciera al seno de esta pandemia como “Cuentos de cuarentena para (NO) dormir” a un título que nos permita englobar y compartir una mayor diversidad de ese material mencionado.

Por tanto –fanfarrias señores– me complace compartir con ustedes: “Anécdotas asíncronas”, un espacio en el que presentaré una selección actualizada de lo que ya antes he escrito, combinando un poco de lo más reciente y donde intentaré mostrar diferentes géneros con la misma intención nacida en aquellos escritos iniciales: expresar por vía de la palabra escrita lo que veo, lo que vivo y atesoro, siempre con una óptica no sé si creativa, divertida o tal vez irreverente, pero que al menos para mí mantiene la misma esencia con la que inicié el placer de escribir.

La colaboración de hoy, “Los gabarros del Señor”, es una narrativa que sorprendentemente encuentro vigente.

Espero les agrade…

Bueno esto lo escribí hace tiempo, pero dados los recientes fenómenos meteorológicos, creo que otra vez cobra vigencia así que se los quise compartir. A ver cómo lo ven.

Estaba plácidamente culminando mi día en la oficina, cuando el cielo se convirtió en licuadora y empezó a zumbar de una forma nunca antes oída. Al poco rato, Dios en unos de esos momentos de versatilidad adoptó la modalidad de fotógrafo celestial y empezó a disparar sus flashazos a diestra y siniestra por el firmamento. Supongo que andaba mal de la panza, porque hasta acá, en la Tierra, se escuchaban sus acomodos intestinales de una forma que espantaba y mucho.

Yo volteaba pa’ arriba intrigado. ¿Será el fin del mundo? –pensaba– ¿o se aproxima una invasión extraterrestre? Por si las dudas tomé una decisión vital: huir al refugio nuclear ubicado abajo de mi cama. De pronto, el cielo comenzó con unos lloriqueos que daban la impresión de que alguien en algún lado había dado tremebundo pisotón al creador, desatando sus más sentidas y abundantes lágrimas; así que corrí velozmente a mi vehículo cubriéndome con una bolsa de hule que ante la opinión de la intendente me hizo merecedor del mote de ¡ladrón! y en opinión propia me hizo merecedor del calificativo de seco. Arranqué mi auto, aceleré y en cuanto salí del estacionamiento, el toldo era un “divino” tiro al blanco que me hacía objeto de los certeros granizos de 76.9 gramos que atinadamente lanzaba el Señor. Para cuando llegué a la avenida, el asfalto se había transformado en pista de patinaje y así lo evidenciaban los tres microbuses, cuatro automóviles, dos bicicletas y un patín del diablo –si en vez de “patín del diablo” hubiera sido “patín de Dios” seguramente no le habría ido tan mal– que resbalaba a lo largo y ancho de la calle.

Avancé como pude y mientras pude, ya que, al poco rato me encontraba varado en una improvisada reunión de automotores a la que solo faltaba pasar lista. Todos esperábamos que el granizo se derritiera, que el piso se calentara o que nuestros autos se volvieran helicópteros, pero en vez de ello, nos fue mandada una señal… de SOS de los varios automovilistas que no lograban arrancar sus unidades, tras lo cual empezamos a ver el desfile de grúas, ambulancias, patrullas y camiones de bomberos que ayudaron a crear una atmósfera de película gringa. Más de un conductor –me consta– rezaba por que el caos terminara. Con grandes esfuerzos, vimos la luz al final del túnel: un agente de policía –con todo lo angelical que pueden ser los de esa especie– usaba su linterna sorda para mostrarnos por dónde andar con el fin de evitar los resbalones de coche.

Logré salir del atolladero y ahora –a un par de días del hecho– solo puedo concluir algo:
Quedamos a la mitad de un fuego cruzado en una práctica de gotcha del gabinete celestial.

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