En primer lugar, un indicador, en términos generales, es una señal o indicio que permite captar y/o representar aspectos de una realidad, que no resultan directamente asequibles a un observador (Tiana, 2000). El científico social construye indicadores con la intención de aproximarse a diversos aspectos poco visibles de su ámbito de trabajo, y el campo de la educación no está exento del empleo de estos.
Oakes (1986), citado a su vez por Tiana (2000), proporciona una definición más centrada en el ámbito de la educación, donde un indicador “es un estadístico relativo al sistema educativo que revela algo sobre su estado o funcionamiento”. En una concepción más actual utilizada por la OCDE, se considera que es un dato (no necesariamente una medida estadística) que proporciona información acerca de la condición y estado del sistema educativo, y que por lo tanto resulta útil para tomar decisiones. ¿Por qué se han vuelto tan utilizados? Quizás porque resultan sumamente sintéticos y porque se orientan a la toma de decisiones. Se han definido sistemas de indicadores en todos los niveles, desde los ámbitos internacional, nacional y dentro de un centro educativo. Algunos ejemplos que nos pueden servir para ilustrar más ese concepto son: las tasas de matriculados de un colegio, las tasas de graduación en el nivel universitario, el acceso a la educación, las tasas de inserción laboral de egresados de una licenciatura determinada y el nivel salarial de recién egresados, entre otros. ¿Y los indicadores a nivel del aula? Aquí podríamos mencionar que el profesor dentro de su salón de clases puede también construir una serie de indicadores para poder definir u organizar algunos datos que le permitan tomar decisiones sobre el aprovechamiento y evaluación de sus estudiantes, y de hecho lo realiza quizás sin percatarse, por ejemplo cuando elabora un estadístico del porcentaje de aprobación o reprobación de sus alumnos, sin embargo es menos común el empleo de ese término en el nivel del aula, y no todos los profesores lo emplean.
Regresando a la naturaleza de los indicadores, ¿qué podemos esperar y no esperar de ellos? No se puede esperar que expliquen todos los aspectos de la realidad educativa ni tampoco que expliquen relaciones de causalidad entre las distintas variables implicadas, pero sí se puede esperar que representen adecuadamente alguna parcela o porción de la realidad, que destaquen debilidades y fortalezas (Tiana, 2000; Martínez Rizo 2000) y que además permitan cierto grado de comparación, así como la identificación de tendencias.
Ahora bien, en relación con la evaluación de tipo cualitativa (en el aula) y las evaluaciones de gran escala, ¿qué relación guardan los indicadores con esos dos modelos de evaluación discutidos en los segmentos anteriores? Los críticos de los indicadores argumentan que constituyen instrumentos poco útiles en la práctica educativa diaria, ya que la explicación de la realidad es muy compleja. Se considera que la incidencia que pueden tener esos indicadores está más relacionada con las pruebas masivas, ya que proporcionan una información más relevante a nivel macro, es decir que puede relacionarse más estrechamente con las políticas educativas de un país o de un sistema educativo en general (Kisilevsky, 2000), pero no tanto con lo que acontece en el nivel micro, en el aula; y que por lo tanto en ese último nivel resulta más preponderante el papel que puede jugar la evaluación cualitativa y con enfoque formativo.
Pese a considerar que dichos indicadores deben estar muy relacionados a las políticas educativas y los sistemas, la misma autora considera que con todo y ello un saldo pendiente en referencia a los indicadores es la no existencia de políticas claras de comunicación y divulgación. Así lo sostienen Reimers y McGinn (2000), citados a su vez por Kisilevsky (2000), para quienes la presencia actual de un mayor volumen de información que aportan las pruebas estandarizadas no se ha traducido en cambios importantes en las formas o patrones de la toma de decisiones en políticas educativas, y ese fenómeno ha sido más marcado en las naciones en desarrollo como nuestro país.

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