Los silencios son más prolongados, las sonrisas más escasas, incluso se nota temor en sus palabras, más a modo de resignación que de promesa nos dice: “Quizá esté con ustedes más pronto de lo que yo quisiera”.
Mi hermano tiene viviendo y trabajando en Estados Unidos dos décadas, en ese tiempo no ha regresado al pueblo, no por falta de ganas sino por su condición migratoria indocumentada, él, como muchos coterráneos, se marchó a Estados Unidos con la firme esperanza de trabajar y hacerse de un patrimonio; en ese tiempo hizo todo a su alcance para regularizar su condición ilegal. Hasta el pasado octubre se notaba optimista con sus trámites, luego de los resultados de las elecciones en Estados Unidos, ya no habla del proceso que lleva su solicitud para lograr la residencia estadunidense.
En las dos décadas que lleva alejado de su pueblo natal, él formó su familia, reconstruyó sus redes de apoyo entre sus amigos y compañeros de trabajo, sus días de descanso se dividían entre la asistencia a la iglesia, las compras y la comida con ambiente familiar. Ahora poco habla de su asistencia al culto religioso, tampoco platica sobre su excursiones en las tiendas en la búsqueda de ofertas y rebajas, ahora solo se remite a narrarnos su vida en casa y su negación a poner árbol de Navidad.
No lo dice abiertamente pero mi hermano tiene miedo, él es un mexicano indocumentado en Estados Unidos, como otros tantos mexicanos indocumentados que con su trabajo ha podido adquirir una vivienda que amuebló, también compró vehículo automotor y algunos otros bienes. Eso me confunde, pues los mexicanos son reconocidos como generadores de riqueza a través de su trabajo, también les consienten su derecho como consumidores de bienes y productos, incluso les admiten su derecho de adquisición de bienes inmuebles, pero no se les reconoce su derecho a la legalidad migratoria.
El miedo se apoderó de mi hermano porque la amenaza de la deportación es más latente que nunca, por ello ha reducido sus salidas de la casa a su trabajo, quizá acude a las tiendas para abastecerse, pero sospecho que esas excursiones comerciales en la búsqueda del mejor precio son cosa del pasado, tiene razón en no adornar su casa con motivos navideños, pues no tiene la certeza del cambio de decoración para dar la bienvenida a una nueva estación del año.
El miedo también se ha instalado en las familias que permanecen en el pueblo de origen, porque las remesas que ayudaban con los gastos de la vida diaria ahora pueden desaparece con las repentinas deportaciones, ahora menos que nunca hay certezas del futuro.
Este desasosiego no es cosa de los pueblos que temen el regreso repentino de sus migrantes, también la zozobra la observo en las colonias populares de la ciudad, pues algunos pequeños negocios están siendo cerrados, también es constante el miedo al robo de las casas como tema de conversación entre los colonos, incluso se habla del terror del desempleo que impone el recorte de personal del sector público.
Si cada esfera o luz en el árbol de Navidad representara una ilusión o alguna certeza sobre el futuro, me parece que nuestro árbol quedaría apenas iluminado con la luz del día.
El Sol por ser propiedad universal, sin necesidad de acreditación de la legalidad de su existencia y sin documentación de su tránsito por las fronteras aún puede acortar nuestros silencios y provocar sonrisas aún en el invierno climático y los otros inviernos que amenazan nuestro futuro.

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