Tiempos como los actuales se prestan para buscar un sentimiento universal de piedad, de compasión, sobre todo procedente de muchos supuestos devotos, de fervientes seguidores de una fe o de una filosofía y en su lugar lo que predomina es un sentimiento de “¡Sálvese quien pueda!”, con el que lo último relevante es el bienestar ajeno y todo, absolutamente todo eso que las “buenas conciencias” defendían, queda ejemplarmente representado con un ancho desagüe y mojones agitándose con los caprichos de la corriente.

Por eso, cuando la esquizofrenia paranoica que habla de un apocalipsis y ve el final del mundo por todas partes, se ahoga en espasmos además de que pierde el oxígeno por sí sola, mientras esa sucumbe así como los nihilistas dizque racionales pero cuya lógica rebosa de huecos y los argumentos salen de la boca de un monolingüe que solo lee, habla, entiende y escucha en una sola lengua mientras desconoce inglés, francés, alemán, italiano, ruso para informarse en con fuentes formales en idiomas variados para una opinión bien fundada, en lugar de solo consultar Facebook y otras redes sociales, solo en español; cuando esos dos patanes buenos para nada salen de la escena, entra el ateísmo cínico, ultrarracional, por si fuera poco, con un excelente sentido del humor.

Los cuatro autores que se encuentran condensados en este volumen, son cuatro representantes de lo que se dio en llamar “Nuevo ateísmo”, además vistos con ese ánimo chocarrero, no necesariamente bien recibido, propio de los que están dispuestos a preguntar la sensatez de la religión. Estos autores se plantean la pertinencia de la supuesta crítica cultural que para mantener apagado el debate sobre el riesgo de ser políticamente incorrecto, pasan por alto aspectos que ya no suponen rigor intelectual. Ellos mismos admiten la existencia de una espiritualidad sin religión, el diálogo con los creyentes, entre otros, cuando recién comenzaban las redes sociales, Los jinetes del apocalipsis representó un cambio importante de paradigma en la visión del ateísmo.

Para empezar, Dawkins es el responsable de la teoría del “Gen eogísta”, un postuado que retomó la tesis de Darwin que cuando avanzó en postulados, resultó en un trabajo brutalmente desolador del panorama original pero revolucionario y esperanzador. Según Dawkins no solo somos parte de una ruleta genética bastante difícil de predecir, cuando sometemos nuestra estructura genética al esfuerzo y la resistencia de los acontecimientos cotidianos, depuramos nuestra estructura base y una vez llegamos a un encuentro que podría derivar en la creación de vida, pasamos nuestro genoma combinado con el de nuestra cómplice y ese gen, mejorado por las pruebas, será el emblema de vida nueva. Solo somos portadores de un código que las generaciones se encargan de pulir.

Dawkins llevó una parte muy importante del debate y la conversación entre estas personalidades, ya que mientras Hitchens fue un politólogo especialista en debates donde puso a prueba a muchas personalidades, Daniel Dennett ha sostenido el debate sobre la biología, así como los certezas que se cree son válidas de las ciencias cognitivas, Sam Harris también es parte de la crítica hacia las ciencias cognitivas, pero atendiendo temas polémicos como terrorismo, inteligencia artificial, psicodelia, entre otras… aunque no se trate de la verdad última, si va a redundar en un aspecto irrefutable: gente formada y con disciplina a la hora de establecer un criterio.

El libro en sí mismo no es un texto volcado sobre la esperanza sino sobre la capacidad de la gente para mantenerse lúcida y con esa lucidez sobreponerse a la norma para plantearse la realidad con toda la sensatez concebible.

Tan solo para dejar claro que los absolutos, que lo perfecto e inmutable son conceptos surgidos de la haraganería y la estrechez mental, cuando Leoš Janáček se planteó la creación de la “Misa glagolítica”, la contradicción rezumaba. Janáček, decidió escribir la misa porque ella representaba el origen del protolenguaje que daría nacimiento a la lengua rusa, surgida en la edad media por iniciativa de los hermanos Cirilo y Methodius, cuyo trabajo se transformaría en el pensamiento de las culturas rumanas, pero surgió en las iglesias eslavas y recibió el homenaje incondicional de Leoš Janáček, un ateo irreductible.

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