ALESSANDRA GRÁCIO

Confieso que me siento celosa y algo culpable cuando algunas de ellas se refieren a ti como “la madre de sus sueños”

Querida mamá:

Cada día es un paso más hacia un lugar que desconozco. Despierto, preparo un café. El departamento se perfuma con su aroma. Tienes razón: la luz que entra por la ventana de la cocina a las 6:25 de la mañana tiene un encanto “particularmente azul”. Me baño.

La llave del agua caliente es la de la izquierda y no la de la derecha, como me dijiste. Mala broma. He estado usando tu shampoo de miel porque lo dejaste y porque el que traía explotó en la maleta.

Ya llevo una semana por acá. He regado tus plantas, curioseado las fotos de algunos de tus viajes en bicicleta… Te ves tan sonriente en Sudamérica, tan libre. Tan tú. ¡Somos tan distintas! También he hojeado algunos de tus libros. ¿Serás la única persona en el mundo que mantiene el Manifiesto comunista y la Biblia Sagrada conviviendo en una misma repisa? Me quedo con el beneficio de la duda porque me parece simpática esta contradicción tan tuya… aunque todo lo demás me parezca ahora muy coherente en ti. Te escribo porque ya leí la carta que me dejaste y creo que la mejor manera de contestarte es escribiéndote una.

¿Por qué tengo la sensación de que me miras desde tu bici justo ahora? Está recargada contra la pared junto a la puerta y me hizo recordar cuando me llevabas a la escuela. Era la única niña a llegar en la sillita de una bicicleta incluso en los días de lluvia. Las demás llegaban en sus coches o caminando y cuando te pregunté por qué no teníamos un coche me dijiste que era porque las bicicletas “han hecho más para emancipar a las mujeres que cualquier otro invento en el mundo”. Más adelante descubrí que esa frase no era tuya, sino de Susan Anthony, una feminista norteamericana del siglo XIX.

En lugar de preguntarme qué estarás haciendo ahora sin tu bici, me pregunto más bien qué hará sin ti tu bicicleta. Efraín me dijo que la vendiera, le atinaste. No lo haré. Pero sí, me sentiría ridícula si tratara de volver a aprender a andar en bicicleta a los 35 años, mamá. Por cierto, no sabía que estabas entrenando para carreras… No dejas de sorprenderme. Encontré a tu vecina Lizbeth en el ascensor y me contó muy divertida de la vez que te pusiste al tú por tú con un tipo que te cerró el paso en la calle. No supe qué contestarle. No le vi ninguna gracia. Te pudo haber pasado algo. Qué irónico decirte eso ahora…
Perdón por no haber querido seguir aprendiendo a pedalear después de aquel accidente en el parque cuando tenía cinco años. Vivías sola aquí pero son muchas las personas que te buscaban. Mucha gente te admira. Mujeres sobretodo.

Confieso que me siento celosa y algo culpable cuando algunas de ellas se refieren a ti como “la madre de sus sueños”. Reconozco que cuando me fui renuncié al privilegio de seguir conociéndote. Tengo tu carta en la mano. He leído una y otra vez esta parte en donde me dices:

“Julia, el mundo que soñé para ti es todavía más generoso que este. Por eso tanta lucha, tanta marcha, tanta poesía. Tanta rebeldía. Mi bici ahora es tuya. Agárrala antes de que tu marido te convenza de venderla. Ni vale tanto, boba. Díselo. No hay infierno mayor que las marañas que uno se teje en la cabeza. Gana la calle, redescubre el lugar donde vives. No te encierres en la casa, en la oficina. Ni en tu pensamiento. Pedalea y cierra los ojos. Siente el aire en esa cara tan parecida a la mía.

“Huye cuando quieras huir. Aunque la huida sea simplemente hacia unas cuantas cuadras para ventilar las ideas y luego regresar… Sí, las calles andan cada vez más peligrosas pero que eso no te detenga. Eres abogada y muy buena para los pleitos. Me consta nada más con hacer memoria de tu adolescencia. ¿A qué le temes? Nunca dejaré de pedalear, de viajar… de buscar vida en donde esté. Y estaré bien, Julia. Extrañándote siempre.

“Inténtalo. Súbete. Pedalea. Vuelve a caer. Que no te dé miedo desconocer hacia dónde puedes llegar.”

¿Por qué te fuiste? No entiendo las razones de la vida… Veo tu departamento. Un poco de ti en cada planta que crece con la ingenuidad de no saber que ya no volverás para cantarles “Hey Jude” en cada suvenir de tu paso por el mundo, en el frasco de shampoo de miel a la mitad esperándote con la paciencia que ya casi ningún humano sabemos cultivar. En la bici que no necesita saber nada de física para asimilar que está en reposo. No la voy a vender. Tal vez mañana la saque a pasear para que no pierda la costumbre de ver el cielo.

Te voy a extrañar también. A la que conocí y a la que no. “La mamá de los sueños”.

Tengo 35 años y no sé andar en bici. No sé tantas cosas…
Mamá, ¿hacia dónde puedo llegar?

Buen viaje,
Tu hija, Julia.

En lugar de preguntarme qué estarás haciendo ahora sin tu bici, me pregunto más bien qué hará sin ti tu bicicleta

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