Aún no amanecía cuando el leve viento inundaba los vecindarios y cuarterías mineras con suaves aromas de tímidos herbajes, musgo, siempre viva, encino, gran diversidad de cactus en el leve frío con agradable rocío húmedo de la madrugada, es lo que deleitaba a la viejilla ligera al despertar sacudiéndose las chinguiñas, embozada en el raído chal, abría ventanas y puertas inundando de la esencia las habitaciones, hacia arreglos para salir al cerro amarrando cuerdas, lazos de ixtle, costales, ayates y cubetas, preparaba un buen garrafón cubierto con tejido de raíz con fresca agua de la mina y jícaras, previendo la escases en las caídas. El solo rose de aquellos lazos despertaba a sus lumbreras que sin más se agolpaban arrancándole de las manos los atados y menajes alistados, sin dejar de salivar por el aroma saliente del guangoche con los suculentos tacos envueltos en papel de estraza y servilleta “pal camino”.
Con escasa luz se agarraba paso entre las callejas aledañas a la barranca de la Santa Apolonia, por el barrio de La Malinche y el San Clemente, siguiendo e imaginando la veta de La Corteza hasta llegar al añejo arroyo de Pachuca, subiendo por entre la cañada del Tulipán, teniendo a la diestra el viejo cerro de La Magdalena frente al rocoso San Cristóbal. Al llegar a la pequeña meseta de la colina por la que asoma el Sol, desde donde se divisa el Valle del Anáhuac al pie de la Sierra de Pachuca, mismo nacimiento de lo dicho como llanos de Apan (Apam), esa vista aguijoneaba a la viejilla a dar cuenta de la riqueza y grandes tiempos de aquellos llanos que fueron desde ahí divisados a finales del siglo XVIII y parte del XIX por Humboldt, Buchan, Burkat, Rivera Cambas, José María Romero, García Cubas y Maximiliano de Habsburgo.
En esas alturas se hallaba combustible dado en los nopales, cardones, pencas de maguey secas para atizar fogones y parte de los alimentos “útiles para la gente pobre y enteramente desvalida que durante cierta época del año no se alimenta más que de tunas, nopales, chilitos de biznaga, pitayas que en abundancia producen los agrestes cerros”. En las tareas de recolección de combustibles y frutos, entre los atados, saciando la sed y devorando los tacos, se complementaba la enseñanza recibida en la cuartería y patio de la vecindad, ella empezaba señalando un rumbo y otro, con la mirada fija donde se pierde la vista al sureste, indicando lejanos remolinos del encuentro de aire frío y caliente, que levantan tolvaneras en desordenado ascenso, aseguraba “los llanos son una cuenca cerrada formada entre cadenas de montañas, parte del eje volcánico, al norte de la cuenca de México, limitada al oriente y al sur por las regiones boreales de la Sierra Nevada, al norte por la parte sureste de la Sierra de Pachuca y al este por la Sierra de Puebla”.
Desde de su tercio de atado de secos leños, distinguía los llanos en grandes extensiones de tierra pedregosa, delgada y árida con muy pocos árboles, solo interrumpida por algunos pequeños cerros donde el agua que es escasa se concentra en pequeñas lagunas, aguajes y jagüeyes, entre los que se encuentra la laguna de Tecocomulco o Pueblilla, al norte de Apan y la de Zaltepec al sur, su clima seco por la formación de montañas que la rodean y separan de los vientos húmedos, templado por su altitud media de 2 mil 400 metros, se refleja en colores dorados brumosos.
Ella repetía lo dicho por Peter Gerhard precisando que los llanos “ocupan una meseta con altura de 2 mil 300 metros a 3 mil metros, formando la cadena que separa la cuenca del golfo de la del Valle de México” se ubica hoy en el ángulo sureste del estado (1869), predominando el cultivo del maguey con clima frío y muy seco, con muchas haciendas pulqueras, enormes tinacales, junto con rancherías y ranchos que igualmente sembraban cebada, haba, alverjón, trigo, maíz y frijol, criaban ganado menor y mayor en poca producción.
Esas incursiones al cerro, de las que Manuel Rivera Cambas en su México pintoresco artístico y monumental, 1883, asegura que “fatiga a la vista presenciar constantemente promontorios en los que no crecen más que órganos, nopales, biznagas y árbol de pirú”, para la recua de pelones se convertían en verdaderas expediciones que eran pensadas y quitaban el sueño por días, pues no solo permitían la reafirmación de la enseñanza de la viejilla en la historia y surtir al fogón, junto con los suculentos frutos de las cactáceas, sino que se convertían en verdaderas cacerías punitivas que permitían a esos jumentos regresar al vecindario con víboras de agua de diferentes tamaños, babosas y brillosas, camaleones, lagartijas, arañas y hasta murciélagos encontrados en los viejos túneles, presumidos como codiciados trofeos resguardados en frascos de Grasa del Oso, que igual se apestaban como a los tres días.
El cascabel al gato gruñe. ¿Estamos una vez más fayando? El operativo realizado por las fuerzas de seguridad de la Comisión Nacional de Gobernadores (Conago) ha resultado un éxito; en 72 horas (tres días) se logró aprender ladrones, resolver robos y secuestros, detener ilegales y chupaductos, bajó el índice de violencia, los puticlubs y deshuesaderos fueron infraccionados y clausurados. Quedó en evidencia y en vergüenza todo un primer año de la administración de Fayad. ¿Será que las 400 patrullas y los cientos de elementos de Seguridad del estado son parte del séquito, son ornamentos de carpas, shows y eficiente medio para reprimir manifestantes y antorchistas?

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