Esos son los llanos de Apan, tierra prodigiosa en más de una treintena de razas y clases del agave magueyero de aguamiel que al fermentar es la semilla en el tinacal del espumoso, apestoso, baboso y embrutecedor pulque” bebida alcohólica. Del centro del viejo mineral de Pachuca, la viejilla insistía en mencionar sus innumerables empulcaderos en plazas, plazuelas, callejas, cuarterías y vecindades, ya para la segunda mitad del siglo XIX les aventajaban las tradicionales pulcatas establecidas en locales con sonadas denominaciones que las distinguían y señalaban, con improvisado mobiliario de tablas, tablones, tarimas, castañas, tinas, barricas, jícaras hasta ostentar poéticas e idílicas ornamentaciones.
Procurando que su atado de pelones entendiera y estuviera al tanto del mineral, ella acostumbraba remontarse a los orígenes, esta vez a finales del siglo XVIII, principios del XIX, a la Ciudad de México, sede del virreinato de la corona española, que no producía los insumos y bienes que consumía, dependiendo en todo del mercado externo, como lo era el pulque de los llanos que se ingería en gran consumo entre los habitantes del Altiplano Central de México, producto indígena que se incorporó a los cuantiosos ingresos del gobierno novohispano, buscado y apreciado por sus virtudes embriagantes; desde los inicios de la dominación hispana, las autoridades desearon que su consumo disminuyera y así evitar que los indígenas se emborracharan para explotarlos más con mayores beneficios a la corona y su séquito.
La anciana conocía “letra y números de los registros del barón de Humboldt”, quien anotó que durante los años del siglo XVIII los derechos de entrada en la Ciudad de México, aportados por el pulque, dieron al poder novohispano cerca de 750 mil pesos anuales y 800 mil en 1800. Lo apreciado de sus utilidades, desde la siembra, elaboración y comercialización, logró que se dejara de prohibir, llegando a finales del siglo XVIII a que su consumo se generalizara entre cierto sector de la sociedad virreinal, convirtiéndose en la bebida que más se ingería en la Ciudad de México, dándole a los expendedores y productores grandes ingresos que resultaron para el fisco en alcabalas significativas. Se creó no solo la costumbre del consumo, sino una sociedad con aristocracia pulquera que originó, según lo diría la viejilla, la propia “arquitectura pulquera”.
La producción comercial del pulque, al resultar con grandes ganancias, fue como garantizó inversiones cuantiosas en tierras de cultivo, construcción de haciendas y compra de herramientas agrícolas, con ese interés numerario es como desde principios del siglo XVIII las religiosas jesuitas, con su extensa hacienda de Santa Lucia, perteneciente al Colegio de San Pedro y San Pablo, siendo la principal finca religiosa, es pionera en la producción masiva del apestoso pulque con los pupilos de San Antonio de Loyola, llegando a poseer un extensísimo complejo magueyero agrícola y ganadero. Su lucrativo negocio de abundantes ganancias animó a la nobleza novohispana a invertir en bienes agrícolas en los inmensos llanos de Apan en los ahora estados de Puebla, Tlaxcala 1857, Estado de México e Hidalgo 1869, ahí fincaron verdaderas fortalezas con influencia renacentista destacando las inversiones en más de 100 propiedades del conde de Xala, don Ignacio de Adalid, Manuel Romero de Terreros conde de Regla, la marquesa de la Selva Nevada, el conde de Tepa, el marqués del Valle Ameno, algunos de esos, títulos obtenidos derivado de la producción y venta de pulque.
Decía la abuela: “El apestoso y baboso néctar del agave pulquero se fermenta, se agría y se echa a perder rápidamente no durando más de tres días en que debe ingerirse después de haber salido del tinacal”, aquí en la vieja villa minera muy de mañana a diario se veía el ir y venir del mineral a las haciendas de los llanos a grandes recuas, mulas y jumentos, así como carretas cargadas con cueros de chivo o cochino, castañas y barricas de madera de encino repletas del espumoso producto. La anciana, en ese entonces joven, reconocía por esos rumbos de los magueyales, pues tenía parientes y conocidos venidos de la Sierra y la Huasteca a laborar inicialmente a las minas, pero al desagradarles abajo “tlaxintla”, los obscuros tiros, túneles y socavones, prefirieron los trabajos en las haciendas de los llanos, aunque de menor paga.
El cascabel al gato detona. Ya se aprestan a realizar reverencia, el show y el espectáculo popular de besamanos, para celebrar con gran regocijo su primer año de “administración” del gobierno del estado y la alcaldía de Pachuca. Esas autoridades en el poder suponen, dado su oscurantismo e inconciencia, que la población hidalguense está colmada de retrasados mentales o imbéciles, su cinismo denota su creencia de que ignoramos sus prácticas corruptas, su doble moral y todas sus mentiras. Los ciudadanos estamos hartos hasta…el colmo de “políticos de estirpe”, improvisados, incongruentes, hipócritas, de discursos en campañas políticas para llegar al poder, y ya en él actúan de forma opuesta. Para ofensa de los gobernados, cuando son exhibidos públicamente, en pocos medios que no reciben chayote, se quedan callados, ¡en arrobo, como si la virgen les hablara permanentemente! No importa el partido, son iguales, una muestra amarga es el contrato de parquímetros que firmó el impúdico Chelelo Sánchez en franco abuso del puesto, apoyado por más de su calaña, con el pretexto de la movilidad en el harapiento centro histórico; celebró contrato ciertamente leonino en total desventaja para la ciudad. La flamante sucesora Tellería, en continuidad, pretende colocar aparatos por toda la ciudad ofendiendo a los habitantes con parquímetros afuera de sus casas, faltando a las promesas de campaña.

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