Omar Carreón Abud

Uno de los mitos de la democracia occidental, así como se practica mediante imágenes y declaraciones de los candidatos o de sus propagandistas, con los cuales el elector se entera –no pocas veces hasta de que se encuentra en el planeta tierra– de cuáles son, o dicen que son, sus trayectorias políticas, profesionales, familiares y cuáles son sus propósitos para cuando arriben a los gobiernos, consiste en que el pueblo realmente elige a sus gobernantes de manera absolutamente libre y soberana, sin estorbos ni interferencias. No es el tema de hoy, pero la experiencia de los comicios recientes nos debe servir para contestar que se trata, como todos los mitos, de un producto de la imaginación. La acción concertada de los gigantescos e influyentes medios de comunicación no puede negarse, la embestida de las televisoras, esas que entran a los hogares más allá de la cocina durante las 24 horas del día, señalada y curiosamente, en bien de un candidato “izquierdista”, los grandes periódicos del país y del mundo, esos a los que les dicen la “prensa atlantista”, The Washington Post, The New York Times, The Guardian, El País y otros igualmente poderosos, así como los robots que saturan de mensajes las redes sociales, modelaron la mentalidad e indujeron las preferencias de los electores, hasta llegar a los resultados que ya conocemos.
Otro mito consiste en asegurar que, así y solo así, siempre, salvo raras excepciones, resultan electos los mejores prospectos, los más comprometidos con el pueblo, los más trabajadores, los más honrados, preparados y eficientes. Si no fuera esta una de las vigas maestras sobre las que descansan las modernas y encomiadas técnicas de elección de gobernantes, ya se habrían abandonado. Otro más de los mitos monumentales consiste en que el gobernante electo resultará siempre –o casi siempre– un gobernante mesurado, justo, equilibrado que tan pronto como asuma el poder se ocupará diligentemente de “gobernar para todos”, sin distinciones ni favoritismos, que dedicará sus preocupaciones y su tiempo a atender y tratar de resolver los problemas y las carencias de todos los ciudadanos por igual. Claro está que un gobierno verdaderamente justo y equitativo implicaría necesariamente dedicar más tiempo, esfuerzo y, sobre todo, recursos a atender a aquellos que presentan más carencias o, según la hipocritona terminología en boga, a los que tienen capacidades diferentes para enfrentar la problemática social.

Y, por contrapartida obligada, otro de los inventos inmensos de los que tenemos que defendernos consiste en que todos aquellos seres humanos que no tienen la fortuna de vivir bajo regímenes con una democracia como la occidental, viven bajo una dictadura en la que “todo es lloro y crujir de dientes”. Los países que sufrieron la llamada Primavera Árabe (primavera, más allá de la época en la que fue instrumentada, es una palabra fría y concienzudamente calculada para sugerir el fin de los días sombríos y el inicio de los días templados y buenos), la sufrieron en nombre del fin de la dictadura y la instauración de la “democracia”: Túnez y Egipto primero, para cercar a Libia, que era el país con el nivel de vida más alto de toda África y ahora es uno de los horrores mayores que existen en el mundo.

El lector crítico estará de acuerdo en que se trata en efecto de mitos, palabra heredada del griego muy emparentada con las leyendas y las fábulas, o sea, con las fantasías, con historias hermosas, tal vez, y aleccionadoras, quizá también, pero falsas. El mexicano medio, sin ninguna preparación teórica en la ciencia política, sabe perfectamente por experiencia propia la cercana y la más distante que esto es cierto. Son mitos, nada más. La democracia occidental, muy al contrario de lo que se dice y proclama, solo en casos excepcionales muy dignos de mencionarse y de tomarse en cuenta, tiene como resultado el gobierno de los mejores, por el contrario, abundan los enemigos del pueblo, los perezosos, rapaces e ignorantes que solo llegan a ser gobernantes en atención a su poder económico y sus relaciones políticas.

Con base en todas esas reflexiones quiero referirme hoy a un caso particular de agravios al pueblo, al que todos los días y varias veces al día aparta un 16 por ciento de sus compras para pagar sus impuestos sin que ello le signifique un descuento cuando tiene que pagar otros tributos y contribuciones. Pues bien, con esos sacrificios que para mucha gente son, como dice el tango, “pedazos de corazón”, se le paga su sueldo, sus prestaciones y sus viáticos, y vaya usted a saber qué más, a la presidenta municipal de la ciudad de Pachuca, a la señora Yolanda Tellería Beltrán, destacada militante del Partido Acción Nacional (PAN).

Vale la pena referirse a ella en esta ocasión porque, en el tiempo que lleva gobernando la capital de uno de los estados en los que se concentra una de las mayores y más lacerantes pobrezas que azotan a nuestro país, ha hecho ostentación de un odio y una discriminación, operados desde las esferas oficiales, que mucha gente creía que ya no existían en México.

Todo porque los más modestos habitantes de Pachuca se han atrevido a llegar hasta su palacio de gobierno a importunarla solicitándole que aplique algunos, solo algunos, de los cuantiosos recursos que maneja a diario para aliviar un poco sus carencias (no debería ser una sorpresa que, por su origen de clase, a la señora presidenta esos recursos no le parezcan de ninguna manera cuantiosos). ¿Y qué piden los pachuqueños? La verdad, no solo obras y servicios básicos, sino hasta bagatelas, como es el hecho de que les entreguen unos documentos para proceder a regularizar los lotes en los que viven los habitantes de 10 colonias y, algún día, poder dejarle unas escrituras a sus hijos o, aunque sea, a sus nietos; pues ni los papeles les quiere entregar doña Yolanda.

¿Qué más solicitan? La pavimentación de la avenida Cerezo y Unión que, de ejecutarse, beneficiaría a más de 20 mil habitantes; el encarpetado de la avenida Terreristas, en la zona conocida como La Raza, que por ser la avenida principal es una obra de gran impacto para más de 30 mil habitantes; algunas electrificaciones y sistemas de agua potable porque, en la capital de Hidalgo, queda todavía mucha gente viviendo sin servicio eléctrico y sin agua potable como en el siglo XIX, como en los tiempos del cólera. Las obras solicitadas ante la presidencia municipal se concentran fundamentalmente en tres zonas:

La Raza-Cubitos, norponiente y La Loma, las tres concentran una parte importante de la población y son también en las que se concentra la escandalosa pobreza de la ciudad.

Los atrevidos mexicanos, miembros del movimiento antorchista nacional, para mayores señas, sufren desde hace 90 días la agresiva respuesta de Yolanda Tellería Beltrán: ni los ve, ni los oye y, por tanto, ni les habla. Tienen tres meses de plantón sin soluciones en una ciudad en la que además de la pobreza existente, todos los habitantes tienen que lidiar a diario con más de 3 mil 500 calles destrozadas. ¿Y el gobierno del estado que es del Partido Revolucionario Institucional (PRI)? Bien, gracias, tampoco ve, ni oye, ni interviene. Ahora que, supuestamente, los panistas y los priistas andan buscando las causas del tremendo repudio popular que acaban de sufrir, me permito respetuosamente sugerir que examinen cómo atienden las demandas de la gente pobre, que es la inmensa mayoría del país, no les sirve gran cosa debatir sobre candidatos externos o internos, de democracia interna o imposiciones o alianzas, de nada les sirve andar buscando el denario perdido en donde no se perdió.

Termino, compañeros hidalguenses: entre los antorchistas michoacanos hay mucha indignación por el trato que reciben ustedes y sus dirigentes, les proponemos, muy cariñosa y respetuosamente, que convoquen a una marcha nacional a realizarse en Pachuca; nosotros nos sumaremos con todo gusto y energía. Ustedes dicen.

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