Los muchachos

1162

Concursos Polifórmica: La muerte tienen muchos rostros

Irving Jesús Hernández Carbajal

Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo

Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades
Área académica de comunicación

Polifórmica: La Muerte tiene Muchos Rostros

Primer Concurso de Relatos de Terror, “Ciencia ficción y fantasía”

Reunidos virtualmente en videoconferencia, el jurado compuesto por Enid Carrillo, Rafael Tiburcio García y Luis Arístides Rodríguez decidió por unanimidad otorgar el premio del primer Concurso de Relatos de Terror, “Ciencia ficción y fantasía”, realizado en el marco de Polifórmica: La Muerte tiene Muchos Rostros, al cuento “Los muchachos”, de Irving Jesús Hernández Carbajal, por su estilo creativo y arriesgado.
El jurado decidió otorgar una mención honorífica al cuento “Carmen”, de Luis Manuel Avilés Hernández, por su destacado manejo del lenguaje que apunta a un dominio de la narración.

Pachuca.- Llegaron la tarde del 14 de octubre. Mi papá los trajo en una bolsa de plástico, los compró en la carretera. Me dijo que tenía que alimentarlos con una tortilla. Inmediatamente los puse en un recipiente de plástico, con dos tortillas de comal, para que no pasaran hambre.

Me encantaba asomarme a verlos, mover el techo de maíz en el que se escondían para descubrirlos moviéndose de forma divertida, cada uno de sus anillos retrayéndose sobre el otro, con su cuerpo rosado que contrastaba con el turquesa del túper. Eran cerca de 50, unos amontonados sobre otros. Me daba miedo que se salieran, por eso los tapaba, pero no por completo para que entrara un poco de aire y no se asfixiaran.

Estaba muy feliz de tenerlos en casa. Era muy fácil cuidar de ellos, bastaba con alimentarlos. Alguna vez los saqué y los puse sobre la mesa, jugábamos a las carreritas, le aposté al más gordo. La cocina se llenó de un olor como a chicharrón mojado, que también me recordaba al pulque que se tomaba los sábados mi abuelo José. Si me preguntan, a eso huele la vida.

Era magnifico tener mascotas, cualquiera podía tener un perro ruidoso o un gato huraño, pero lo que tenía era único. Mi abuela decía que en el recipiente tenía un tesoro. Y lo comprendí porque mi papá al segundo día de dármelos me preguntó por ellos, que cómo estaban. Le respondí que bien. Nos habíamos hecho amigos, era difícil reconocerlos, pero ya los iba identificando, unos eran gruesos, otros pequeños, algunos blancos; estaban lo más oscuros, los que eran inquietos y los que no se movían tanto.

Al tercer día, descubrí que habían roído una de las tortillas y me costó trabajo levantar la otra, estaba envuelta en una capa fina de resistente hilo; era muy emocionante, ¿con qué otras gracias me sorprenderían los chicos? Al cuarto día, mi papá dijo que estaba haciendo un gran trabajo, los estaba cuidado muy bien. Me sentí feliz de escuchar esas palabras, porque los quería tener para siempre. Pensaba en pasarlos a un recipiente más grande, donde pudiera meter más tortillas y adornarles bonito, meterles tierra y plantarles una espinaca. Me pregunté si tomaban agua.

Papá no me dejaba tener mascotas, no le gustaba el pelo en la ropa ni gastar en ellos, decía que apenas y tenía lo justo para nosotros. Por eso estaba feliz de que se le ocurriera tan brillante idea, porque mis amigos no tenían ni pelo ni era costoso alimentarlos, bastaba con donarles una de mis tortillas en las que envolvía los frijoles con cebolla y queso panela que comíamos diario.

Papá era estricto y tenía mal humor, la abuela Chana decía que por eso ninguna mujer lo soportaba, excepto mi santa mamita, pero Dios ya se la había llevado cuando iba a tener a mi hermana, las dos se quedaron en el parto. Solo éramos los cuatro: papá, los abuelos y yo. Y ahora éramos 54, con los muchachos.

Todo iba de maravilla, hasta el día que regresé de la escuela y descubrí a mi papá con el túper en las manos, lo agitaba fuerte.

—Están gordos, ya es hora.

—¿De qué, papá? —De que tu abuela los ponga en el comal, ve por tortillas y también tráete una cebolla y chiles.

Sacó un billete de 50 pesos. Me alegró que mi papá también pensara en cambiarlos de lugar, para eso las tortillas. Aunque yo había pensado más en espinacas que en cebollas, pero estos eran animales extraños, seguro también podían roerlas.

Cuando regresé, vi a los chicos en el sartén. Pensé que los habían puesto ahí para hacer el traslado. Separando las tortillas escuché que abrieron el gas de la estufa y la prendieron. Corrí a ver qué pasaba y era la abuela, los bañaba en aceite y en un tronido ardieron. Se retorcían, como si estuvieran convulsionándose, se apretujaban de dolor, se contraían y replegaban desesperadamente queriendo querer escapar.

—¿Qué ha hecho? —Los vamos a comer, mijo. Traiga la sal.

Me acerqué al sartén y era tarde, estaban tiesos y extendidos, alargados, murieron al instante. En mi rabia los saqué, la mano me ardía.

—¿Está loco? No ande manoseando la comida.

—Eran míos, abuela. Eran los chicos.

—Son comida, para eso sirven.

Y devuélvalos, que su papá espera un taco.

Tuve que regresarlos. Los escuché tronar, estaban muertos, pero sus cadáveres se inflaban y estrellaban contra la tapa del sartén, fue un concierto espantoso. Cuando llegó papá, mi abuela sirvió la comida, no pude dar ni un bocado.

—Ándele mijo, están sabrosos. ¿Qué, le dan asco? Si supiera que valen su peso en oro. Ya casi ni hay y son de temporada.

—Cómetelos o vas a ver. Si quieres no los veas.

No podía hacerlo, eran mis amigos. Las lágrimas me asaltaron.

—Chamaco cabrón, te voy a dar motivos para que llores de verdad.

Decía mi papá, aflojando su cinturón.

—Ya déjalo, Luis, sabes cómo son los niños, seguro le dieron asco. Pero a la salsa de mañana si le entra.

—¿Hay más? —Sí, nomás hice la mitad.

La esperanza regresó, no habían muerto todos, quedaban algunas de mis mascotas. Necesitaba rescatarlas.

En la noche me levanté, tomé el túper. Pensé en soltarlos en el parque, ahí había mucho pasto y tierra, podrían ser libres y vivir tranquilos. Cuando lo abrí, se movieron alegres, de un lado para otro. Me reconocían, se habían habituado a mi cara cuando me asomaba. Los salvaría, tenía que hacerlo, se los debía. Abrí el zaguán y corrí. Llegando a la esquina me encontré con el abuelo José, venía oliendo a fruta podrida.

—¿A dónde tan noche? —Al parque, abuelo.

—Que parque ni que nada, véngase a la casa. Y deme eso que mañana me voy a curar la cruz con la salsa.

No pude hacer nada, me pescó del cuello y con un movimiento me quitó el túper. Regresamos y mi abuelo los puso en la alacena con llave.

No pude dormir. Cerraba los ojos y los escuchaba tronar, brincando frenéticos, estrellando sus diminutos cuerpos en la tapa de cristal. Luego vinieron imágenes y recuerdos de cómo mi abuela hace la salsa, con el molcajete pulverizando chiles. Tenía que salvarlos y se me ocurrió esconder el mortero. Al otro día, la abuela estaba como loca buscándolo. Mientras, mi papá le reclamaba: —Ya, que la panza me arde.

Mi abuela sacó la licuadora y bajó el túper. Cortó la cebolla, el chile, el ajo y los jitomates. Después vertió el recipiente.

Todo pasó tan rápido.

Apretó el botón con el número seis. Y en un impulso instintivo y salvador metí la mano.

Mi abuela gritó. Yo también lo hice.

En el fondo me sentía la mano, no los había rescatado, pero una parte mía se había fundido con ellos y en el puré valíamos lo mismo, éramos iguales, indistintos. Les fallé, pero su muerte no fue en vano.

Me llevaron al centro de salud, perdí el dedo índice y varios pedazos de los otros. Cuando regresamos a casa, mi abuelo veía el partido de futbol. Le reclamó a la abuela por su ausencia, pero le informó que se había curado la resaca magistralmente, la salsa había quedado buenísima.

Ahora lo sé, la vida huele a chicharrón. Y la amistad y la muerte tienen un mismo sabor: a la salsa de la abuela.

Al otro día, revisando la herida y para cambiar las vendas, encontramos mi mano intacta: los dedos estaban ahí. La abuela gritó que era un milagro. Cuando salieron todos del cuarto, observé bien mis falanges, descubrí que se retorcían y contraían, no se asemejaban a mi tono de piel. Eran los muchachos…

De interés

Comentarios