La obra de José Revueltas, como se publicó y editó en ediciones ERA, aparece con una preliminar que anticipa el efecto y espíritu de las novelas del autor en ese proyecto monumental que fue su narrativa, pero ya no vio cristalizada con un cuerpo integral que quiso llamado: Los días terrenales.

El primer ladrillo de su novelística comienza con una de las aberraciones más abominables gestadas por la mente humana, pero su tamaño volvió tan inconcebible, tan inabarcable, que todavía hoy quedan dudas de la certeza de su existencia y hay muchas preguntas sobre la validez de cosas que hoy se sabe fueron atrocidades sin nombre y por ello no se perpetraron, pero se pensó muy en serio llevarlas a cabo.

Inmediatamente después del fragmento de entrevista donde sabemos de Los días terrenales, le sigue la pérdida de la maleta, donde estaba el borrador de su primera novela y cómo de ella surgió la prosa de un comunista en una colonia de leprosos, quien acompaña al médico y los enfermos están por montar un espectáculo de variedades.

Conforme se lee el pasaje, surge el Revueltas colosal quien renuncia explícitamente a convertir su producción en una antesala de lástimas, dispuesta para continuar con el esperpento de Valle-Inclán en una descripción de grotescos abandonados a su suerte. Lo cierto es que la lectura de los personajes que poco a poco introduce Revueltas, sí conducen al dolor y la sorpresa de una población inimaginable, pero que de una u otra forma, afinan la sensación del encierro en las Islas Marías.

Pero no se queda con la experiencia por sí sola o porque con ella deba conformar la experiencia del aislamiento. Sin embargo, la escena tan terrible descrita por Revueltas, es el testimonio de un pasaje en el tiempo que también Henri Charrière señala en Papillon cuando en la Isla del

Diablo llega a una región habitada asimismo por leprosos y en un momento que se antoja ruleta rusa, acepta un cigarro de boca del representante de los enfermos.

Una de la razones de Revueltas para renunciar a que sus obra estuviese representada por la continuación de lo que escribió en esa ficción, radicó en la alteración que ello habría representado para su compromiso político, a cambio del circo de una narrativa amarilla, encandilada por la excitación de lo mórbido. En más de un aspecto, la angustia existencial de encontrarse dotándole sentido a la vida en medio de un páramo porque purgaba condena por una convicción política a la que no iba a renunciar, habría involucrado un travestismo innecesario.

Precisamente cuando estaba por cerrar la primera etapa de su producción narrativa que lo inauguraría en las letras y desde el momento en que se reconocería a sí mismo como escritor, todavía con nostalgia, recuerda la muerte de Silvestre que en sus últimos espasmos estuvo con José y a su hermano le tocó llevar la responsabilidad de los servicios fúnebres, pero José tenía toda la intención de leerle la primera edición de su manuscrito, cosa que ya no llevó a cabo.

Además de su conexión familiar, al menos Silvestre, habría de cerrar la cúspide de su ciclo artístico y vital con “Sensemayá”, en 1938, mientras José apenas empezaría la publicación de sus obras en 1941 con Los muros de agua. Muy paradójicamente, por esas fechas también, Charrière Papillon es llevado a la cárcel bajo cargos imputados más por incriminación que basados en hechos comprobables. Los años 40 fueron de purga ahí donde el estado sancionaba a quienes procedían contra él.
En adelante, la producción de José se transformaría en una de las más importantes, porque además de sostenerse independiente de las dos etiquetas más repudiadas por los intereses del mercado cultural: “intelectual orgánico” y “prostitución intelectual”, llegó hasta el final de sus días en abierto desafío hacia Octavio Paz, debatiendo en uno de los terrenos naturales de los dos: el ensayo.
Por otro lado, el mismo Silvestre Revueltas, ya en los espasmos definitivos de su existencia, se encargó de conferirle al Universo de la sangre de su familia, así como a esa mexicanidad por la fuerza que se cobraba con cualquier obra, un “Sensemayá” que todavía hoy sigue igual de robusta.
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