Tuvo la fortuna el deseo que creciera en una casa con jardín, de la abuela; siempre amplio, empastado, con ciruelos y granadas y brevas y aguacates que colgaban de ramas lluviosas o soleadas, ramas para trepar, ramas de gatos, ramas para esconderse, para rasparse los brazos y las piernas.
Tuvo la genealogía el capricho que fuera de los últimos hermanos y primos en nacer, peculiaridad que por condición infantil obligatoria me relegaba de los juegos de esa marabunta de destrucción y genialidad: cerca de 20 o 25, según contabilizo al tanteo nostálgico. Esta vorágine se adueñaba “del Pasto”, nombre clave familiar para el jardín de la abuela, y lo convertía en campo de beisbol, de carrera con obstáculos, en guaridas y escondites; yo me convertía en espectador.
En los inusuales atardeceres solitarios del Pasto me adueñaba de él. Las brevas eran un refugio pegajoso pero fantástico para la lluvia, el aguacate un reto mortal que nunca trepé, a diferencia de mi segundo hermano, más allá del límite de seguridad, y el corto césped una selva para agazaparme, y acechar a los pájaros, en un intento de mimetizar el desenvolvimiento de los gatos.
Me arrastraba sigiloso, soldado pecho tierra, pantera infantil con pantalones de mezclilla azul, y, cuando la cercanía parecía pequeñísima y suficiente, desenvolvía elástico el zarpazo… y siempre, siempre, fallé. Un nuevo intento de no haber presencia de primas o hermanos, o esperar el siguiente ocaso libre para volver a la cacería, pero nunca conseguí atrapar pájaro alguno, solo conseguí, primero, uno pantalones con rodillas verdes que mi madre lavaba y, luego, unos pantalones rasgados.
Los atardeceres se siguieron y la infancia pasó sin que me preocupara por cazarla, el Pasto siguió, y sigue, con sus pájaros, que picotean los aguacates y dan saltitos por el jardín horadando la tierra buscando lombrices, o recogiendo migas de pan que alguien más en la casa les avienta. El anhelo de capturarlos fue un enigma que hasta ahora desentraño, ¿para qué atraparlos? Solo para tenerlos cerca, para apapachar su vuelo, y acariciarles el pico y las alas, resuelvo.
Pero ellos, los pájaros, no quieren ser retenidos, y no pueden ser retenidos, ahora comprendo. Únicamente, como el amor, desean un jardín donde posarse a descansar, donde comer, donde bañarse en la tierra, para seguir volando, o algunos para anidar entre las ramas y hacer más bello el jardín con su presencia pajaril y libre.
Pero tampoco esto, el amor, tiene que ser así: una contemplación lejana, un supuesto abandono de aterrizar y volar, una falsa belleza de brindar un sitio al que llegar sólo para partir de nuevo. Será que no todos somos pájaros o no todos somos jardín, será que debemos saber qué somos. Una persona-jardín puede amar a una persona-pájaro y viceversa, aunque no por ello deben estar obligadas a estar siempre juntas, y en esto, en la comprensión y aceptación de quienes somos, radica, ahora sí, el amor.
Es imposible cuando se es pájaro llegar a comer y reposar y embellecer un jardín donde solo buscan apresarte; es imposible cuando se es un jardín, aunque sea hermoso, atractivo, cultivado, forzar a las aves a posarse. Es una decisión mutua y libre, como el germinar de las frutas, como el vuelo de los pájaros.
Solo las personas-jardín pueden cultivarse entre sí; solo las personas-pájaros pueden compartir el vuelo, y entre ellas pueden compartirse, con honesto albedrío, sin obligaciones, solo basta comprender quienes somos.
Ahora comprendo esto, y ya no cazo pájaros cuando visito el jardín que ahora cuida mi madre. Ahora solo me siento en una pequeña banca de madera, y comparto y me comparten el atardecer mi madre cuando está libre de ocupaciones, y los pájaros cuando vienen a picotear aguacates o brevas.
Ya no les suelto zarpazos, ahora les aviento migas de pan, que deciden comer o abandonar, y los contemplo y me contemplan a veces, o parten entre aleteos apresurados. Tal vez alguna vez vuele, tal vez alguna vez me ayuden cultivar un jardín, aunque ahora, mientras la noche comienza a soñar el Sol, sentado en la banca, con pantalones de mezclilla sin rupturas ni verdes, con solo ver a los pájaros, procuro ser feliz.

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