En 1957 un equipo mexicano de la Liga Infantil de Beisbol de Estados Unidos logró un insospechado triunfo, obteniendo el campeonato, con el epílogo, en el partido decisivo del que todavía se recuerda juego perfecto del lanzador Ángel Macías.

Fue indiscutiblemente una hazaña. La historia deportiva recordó a sus 14 integrantes como los Pequeños Gigantes.

No muy alejado en el tiempo, los consagrados jóvenes peloteros fueron, al igual que el mánager César Faz, figuras estelares de una película que con todo tino fue titulado El juego perfecto.

Joya en el pasatiempo de los bates y pelotas, que en raras ocasiones se presenta, cuando el pitcher, a lo largo del encuentro, retira en orden a los bateadores del equipo contrario, sin que nadie le llegue incluso a primera base, sea por hit, base por bolas o error.

Pocos tienen en un partido el control, la presencia de ánimo para lograrlo. Macías fue uno de ellos.

Todo empezó cuando Faz, regiomontano, perdió su empleo en los Cardenales de San Luis, uno de los mejores en las llamadas Ligas Mayores.

Era una especie de respaldo en el vestidor, aunque él, derrotado por el despido, afirmaba que había sido entrenador.

Con el entusiasmo de un sacerdote, a quien se recuerda como el padre Esteban y de Macías, en una zona de Monterrey en donde entonces había poco desarrollo, el mánager reclutó al equipo infantil, partiendo de cero y ante vecinos escépticos que no les confieren la virtud de ser triunfadores.

Fungió como su ayudante José González Torres.

Eran largas jornadas de entrenamiento con Faz enseñándoles cómo debían ubicarse en el terreno y saber conducirse ante posibilidades de un doble play, o un lento toque de bola, con el pitcher estacionándose en la primera base para asegurar el out.

Finalmente se integraron como equipo y viajaron a Estados Unidos.

Además de enfrentarse a sus rivales, debían superar desarrollos físicos ostensibles, clásicos niños rubios entonces, bien dotados y quienes se mofaban de los pequeños regiomontanos que pretendían disputarles las glorias de ser los mejores.

Los prejuicios raciales estaban latentes, el idioma fue otro enemigo a vencer, así como obtener visas para internarse en Norteamérica.

Despertaron la simpatía del periodista deportivo Frankie y de Cool Papa Bell, beisbolista afroamericano que mucho les ayudó con sus oportunos consejos, frutos de su experiencia en los diamantes.

Uno a uno fueron cayendo los equipos enemigos, ante la desesperanza de los espectadores, la inmensa mayoría partidaria de los locales.

Finalmente, llegaron al desafío decisivo, el número 13, para muchos cabalístico en el estadio de Williamsport, Pensilvania, ante más de 16 mil aficionados.

Aun así, no se les conferían posibilidades.

Ya, en la disputa por el título, el enemigo a vencer era el representativo de La Mesa, California.

El juego fue a seis entradas, por eso fueron 18 los oponentes que dominó Ángel Macías.

Había otros jovencitos destacados, como Enrique Suárez, quien cumplía como pocos doble función: peligroso bateador y también sobresaliente en la lomita de lanzadores.

Radio y periódicos de la época difundieron exhaustivamente la proeza.

Hubo en todo México un legítimo orgullo por lo que habían logrado los justamente bien llamados Pequeños Gigantes.

Incluso, el presidente de Estados Unidos Dwight D Eisenhower los recibió en Washington.

Han pasado los años, muchos años ya, pero es justo conocerlos: José Maíz, Fidel Ruiz, Norberto Villarreal, Baltazar Charles, Gerardo González, Rafael Estrello, Alfonso Cortés, Jesús Contreras, Francisco Aguilar, Mario Ontiveros, Roberto Mendiola y Ricardo Treviño.

Los otros tres fueron, Macías, Suárez y el timonel Faz.

Comentarios