Cuando se habla de cambio climático, se le ve como un problema ajeno, que quizá está pasando en regiones lejanas del planeta, como en los polos sur y norte, donde las imágenes nos muestran cómo se derriten enormes bloques de hielo que hasta hace algunos años parecían eternos. Pero lo sucedido en la Laguna de Metztitlán, que en un par de días vio desaparecer sus últimos reductos de humedad, es un ejemplo tangible de ese concepto abstracto tan llevado y traído durante los últimos años por académicos, políticos y, en menor medida, por el grueso de la población. El daño ecológico que traerá la desecación de la Laguna de Metztitlán es incalculable. Los efectos se sentirán de forma progresiva, pero las primeras víctimas son los entre 130 y 160 pescadores que dependían de la presa como medio de sustento económico. Donde hasta hace unos días dominaba en el paisaje una gran masa de agua de unos 326 mil metros cúbicos, hoy se aprecia un insólito desierto, agrietado, por donde pasean borregos en vez de peces, cuyos cadáveres hoy ilustran el tamaño de la tragedia ambiental. El hecho, explicado a este diario por Pablo Octavio Aguilar, docente investigador del área de biología de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), tiene su explicación en el fenómeno climatológico conocido como El Niño y que a su vez fue agravado por otro viejo conocido: el cambio climático. ¿Puede renacer la laguna? El propio científico sostiene que sí, aunque la recuperación podría tardar entre tres y seis años. Pero también cabe la posibilidad de que el cuerpo de agua quede extinto para siempre. El cambio climático, no hay duda, es una amenaza, tan real como el hecho de que hoy los pescadores de la laguna de Meztitlán no tienen nada qué pescar. De filón. Hasta el cierre de esta edición contábamos con tres casos confirmados de coronavirus (Covid-19) en México. Uno de ellos fue de un hidalguense que permanece en aislamiento en Sinaloa.

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