Ando que me llevan los vientos huracanados y no precisamente los de Pepe Pótamo, quien siempre se salvaba con un grito imponente que trasladaba su globo con velocidad impresionante, pero sin dirección.
Ando sí, de esa guisa y de tal manera que quién diría que es para tanto, pues la manga es ancha y verde y da para algo más, aunque no sea mucho. Al fin y al cabo, digo, sigue dando lo suficiente para estar cuasi satisfecho, que ya es decir en los tiempos que corren.
¿Por qué digo tales cosas?, se preguntaran amables lectores. No crean que es algo personal y ni siquiera tiene que ver con un pequeño grupo que se considere afectado por alguna cuestión particular.
No, no es nada de limitar el problema a unos pocos. Es algo más general y que nos afecta a todos toditos todos, sin excepción alguna. Ahora se preguntarán de qué estoy hablando y por qué los incluyo. Buena pregunta es esa, y cómo no se trata de un juego de adivinanzas, sino de otra cosa muy distinta, voy a darles cuenta y razón de mis tribulaciones.
Se trata de los tan llevados y traídos precios, el llamado coste de la vida. Éste me tiene la bolsa más tiesa que el palo de un gallinero y haciendo más horas que un reloj de arena cuarteado por el Sol.
Para acabarla de amolar nos llegó la subida de la gasolina y por ahí nos dicen que eso es bueno ya que evitará más recortes. ¡Ay caray, pensé cuando lo oí, o nos cortan los bolsillos con subidas o nos los agujerean con bajadas en los “servicios que recibimos”!
El caso es que proclaman a los cuatro vientos las necesidades de tales acciones públicas y solidarias y que a nosotros, los sufridos de siempre, nos toca el “agua” y el “ajo” que tales sabios facultativos nos recetan con la más cínica de las sonrisas.
Ayer que llené mi tanque casi se me caen las lágrimas y después a punto estuve de morir del susto cuando tuve que echar mano de las reservas de mi bolsa. No quedó ni para un chicle y mucho menos para una merienda como Dios manda, que es la que quería darme, iluso de mí.
Pueden figurarse, ahí estaba yo con el tanque lleno –es un decir, quedó a la mitad–, y con el alma tan vacía como mis manos que no alcanzaban a tocar las águilas y los soles, siempre tan necesarios y bellos en su redondez perfecta de moneda de 10 pesos.
Era muy triste esa sensación de vacío, pero apenas era el principio de algo peor. Les explico. Sucedió que al día siguiente me tocaba ir al “súper”, es decir, hacer la despensa. Como siempre me lo tomé con paciencia de filósofo estoico.
Llegué a un supermercado que está cerca de la casa de ustedes, que es también la mía, y ni corto ni perezoso empecé a comprar lo básico para la semana, fijándome en los precios de lo que adquiría, no fuera a llevarme el susto de mi vida a la hora de pagar. No se trata de morir de un síncope cada vez que uno pasa por la caja.
Pese a todas mis precauciones, que créanme fueron muchas, cuando la cajera me dijo lo que debía me quedé con la boca abierta y esperando que un buen aire me sacara del estado catatónico en el que me había dejado. Patidifuso llegué articular un par de onomatopeyas semejantes a gruñidos salvajes.
La que me cobraba aquella barbaridad ni se inmutó, parecía estar acostumbrada a las rabias impotentes de todos los incautos que pasaban por allí: caídos todos en el agujero del consumo, aunque fuera el más necesario.
Lo sucedido con la gasolina y con la despensa me llevó de nuevo a pensar en los precios de la vida, qué aunque no valga nada –José Alfredo dixit–, tiene un precio excesivo a la hora de mantenerla.
La estocada me llegó dos días después cuando fui a la farmacia a buscar un medicamento para mi mujer, que lleva tomándolo toda la vida o por lo menos muchos años. Pues bien, no solo había estado subiendo de precio continuamente en los últimos dos años sino que ahora lo habían retirado de las farmacias. La razón era que su precio ya no lo hacía competitivo para el mercado mexicano.
El fabricante del medicamento era estadunidense. Entonces, la depreciación del peso con respecto al dólar acabó por desaparecer del mercado nacional un medicamento necesario para un buen número de personas que como mi mujer llevaban adquiriéndolo hacía mucho tiempo. Y todavía hay quien dice que el precio del dólar no nos afecta. Si a eso vamos, las subidas de precios también nos benefician, ¿no? ¡Acabáramos!
Llegados a este punto me pongo a mirar el cielo y respirar el aire de Pachuca. Tengo suerte, todavía no los han subido de precio.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.