Los primeros pasos de la biología en México. Contexto y trascendencia

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CONSUELO CUEVAS CARDONA

Pachuca.- “Cuando pregunto a mis alumnos el nombre de algún naturalista mexicano del siglo XIX o el de algún biólogo del XX, se ven unos a otros, miran el techo esperando encontrar algún nombre en un recoveco de su memoria y, la mayoría de las veces, se dan por vencidos. ¿Por qué no conocemos nuestro propio pasado científico?”, así inicia el libro Los primeros pasos de la biología en México. Contexto y trascendencia que fue seleccionado por el jurado que evaluó los trabajos enviados al quinto Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia “Ruy Pérez Tamayo” para ser publicado por el Fondo de Cultura Económica (FCE).

En ese texto se explica que, debido a la visión eurocéntrica que ha regido al mundo, durante mucho tiempo se pensó que en México no había existido actividad científica sino hasta mediados del siglo XX. Poco a poco, sin embargo, se ha ido encontrando la gran riqueza que existió desde mucho antes en nuestro país.

Mis estudiantes se sienten asombrados al saber que en el pasado existieron grandes centros de investigación que llegaron a ser ejemplo para otros países. Un ejemplo fue el Colegio de Minería que se fundó en el siglo XVIII. Un historiador australiano, David Wade Chambers, señaló que fue una institución en la que se unieron por primera vez la docencia e investigación, modelo que se ha atribuido a Alemania. Por otra parte, de 1888 a 1915 existió el Instituto Médico Nacional, dedicado al estudio de las plantas medicinales, y del que varios europeos dijeron era “único en el mundo”.

Recuperar nuestro pasado científico es mostrar el valor de una parte importante de nuestra cultura, de lo que somos. Pero, además, comprender el origen de una disciplina y su progreso nos lleva a entender de manera más profunda su significado. Así, la ciencia de la biología surgió hasta que se comprendieron algunas teorías que nos llevaron a saber que todos los seres vivos comparten ciertas características: todos somos producto de un largo proceso evolutivo, estamos formados por células, nuestros caracteres están almacenados en los genes, para sobrevivir contamos con diferentes procesos fisiológicos y formamos parte de redes tróficas y de ecosistemas. Esas teorías surgieron y se desarrollaron de mediados del siglo XIX al XX.

Antes de eso, los naturalistas realizaban estudios sobre las plantas, animales, geología, paleontología y mineralogía como partes todas de lo que llamaban historia natural. Se nombraban a sí mismos naturalistas, no biólogos, y llegado el momento se asombraron de que otra ciencia pugnara por brotar para estudiar de una manera diferente a los seres vivos. Entonces, se dieron numerosos conflictos, hubo mucha confusión y en todo el mundo se discutió acaloradamente cuál era la diferencia entre una disciplina y otra.

En aquella época, había un gran interés en la ciencia y los periódicos mexicanos publicaban artículos científicos junto a las notas políticas. De esa manera, cuando se escribió acerca de las células, el hecho se aceptó con naturalidad. Cuando se abordaron los estudios fisiológicos, se admitieron con alguna reticencia en cuanto a la crueldad de realizar observaciones en animales vivos.

Pero cuando se plantearon las ideas de Darwin acerca de que el ser humano es pariente cercano de los chimpancés y los gorilas ocurrieron debates muy fuertes. En el periódico católico La Voz de México se dijo que era ofensivo que no solo se negara el génesis bíblico, sino que se afirmara que las personas descendemos de “larvas intestinales, gusanos y ajolotes”. Ante tales mentiras, se opusieron airadamente los hermanos Santiago y Justo Sierra. Ese fue nombrado profesor de historia de la Escuela Nacional Preparatoria en 1877 y para dar sus clases escribió el libro Compendio de historia de la antigüedad, en el que abordó no solo la teoría darwiniana, sino también el origen del Universo, porque de acuerdo con él: “Había que rastrear nuestro origen más allá del mundo animal y vegetal, hasta las primeras manifestaciones de la fuerza vital en el planeta”.

Esas ideas fueron conocidas por el primer biólogo mexicano, pionero en estudios sobre el origen de la vida Alfonso Luis Herrera, quien fue alumno de la Escuela Nacional Preparatoria y dedicó su vida a luchar porque los seres vivos dejaran de estudiarse con una mirada fijista y empezaran a analizarse desde una perspectiva evolucionista.

Herrera pugnó por abrir paso a la biología en los diferentes centros de investigación que existían, hasta que en 1915 logró establecer uno dedicado a esa ciencia: la dirección de estudios biológicos, integrada por laboratorios de investigación, un museo, un zoológico, un jardín botánico y una estación de biología marina en Veracruz.

En esa institución, se realizaban con frecuencia viajes de exploración para enriquecer las colecciones, pero también para detectar algunas especies que estuvieran en peligro de desaparecer y logró que se establecieran leyes de protección.

Como parte de los trabajos del zoológico, se intentó en México por primera vez regular la entrada y salida de animales del país mediante un decreto emitido el 27 de agosto de 1927. Hasta entonces, comerciantes y naturalistas, sobre todo extranjeros, habían sacado miles de ejemplares de México sin que hubiera ninguna ley o reglamento de por medio.

Lo anterior es solamente una muestra de los diferentes temas que se tratan en el libro respecto a la historia de la biología en México. Aunque se refiere a esa ciencia, los lectores podrán encontrar también otros aspectos políticos y sociales de un periodo que abarca de 1867 a 1940.

Dato 1

El texto explica que debido a la visión eurocéntrica durante mucho tiempo se pensó que en México no había existido actividad científica sino hasta mediados del siglo XX

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Sin embargo, poco a poco se ha ido encontrando la gran riqueza que existió desde mucho antes en nuestro país

¿Quién es?

María del Consuelo Cuevas Cardona

Estudió biología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y desde entonces tuvo gran interés por la divulgación de la ciencia y por ello, recién egresada de la licenciatura, fue contratada en el Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia de la UNAM, donde colaboró a lo largo de nueve años.

Por motivos familiares, regresó a Pachuca. Primero trabajó en gobierno estatal, luego ingresó a la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), donde realizó diversos esfuerzos por hacer divulgación de la ciencia, pero cuando abrieron la carrera de biología la incorporaron en el equipo de docencia del Instituto de Ciencias Básicas e Ingeniería (ICBI).

Además, cursó la maestría en ciencias biológicas y el doctorado en ciencias en la UNAM; de esa manera, comenzó su trayectoria como investigadora, papel en el cual su principal interés son dos temas: la historia de la biología en México y la historia ambiental.

Por sus trabajos de investigación desde la maestría, es una especialista en la historia de la ciencia en México y sus primeros divulgadores.

Actualmente, es profesora investigadora del área académica de biología en el ICBI de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) nivel uno.

Consuelo Cuevas es autora de diversas publicaciones científicas, uno de sus últimos trabajos es “Observations of low latitude red aurora in Mexico during the 1859 carrington geomagnetic storm”. Asimismo, dirige con gran entusiasmo la revista de divulgación de la ciencia Herreriana.

El libro, que también da nombre a este texto, fue seleccionado en el quinto Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia para ser publicado por el Fondo de Cultura Económica

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