En su expansión al norte de México en el siglo XVI, los españoles se enfrentaron con indígenas indómitos que por sus características culturales resultó extremadamente difícil su conversión al cristianismo. Los más reacios, grupos llamados genéricamente “chichimecas”, vivían principalmente de la caza y la recolección porque en sus territorios no se practicaba la agricultura, principalmente por razones climáticas.

Ante el fracaso de los primeros intentos de evangelización, los españoles recurrieron al exterminio, tal como lo hicieron a los colonos ingleses en la actual Norteamérica. En este artículo veremos cómo los agustinos enfrentaron ese problema, particularmente en los confines del señorío de Metztitlán en el actual estado de Hidalgo.

La frontera mesoamericana en el siglo XVI era una línea imaginaria que empezaba en el sur de Sinaloa y terminaba aproximadamente en la desembocadura del río Pánuco. En el actual estado de Hidalgo atravesaba la entidad en una línea que viniendo del norte doblaba cerca de Metztitlán y continuaba al occidente por Ixmiquilpan. En estos territorios, que constituían el límite sur de la gran Chichimeca, los pueblos nómadas y seminómadas rechazaron el avance hispano, atacando los conventos fundados cerca de dicha frontera. Los indios en resistencia (es decir, los chichimecas), constantemente asaltaban las misiones y arengaban a los naturales ya evangelizados (principalmente otomíes, sus vecinos) a sublevarse y a volver a sus ritos y costumbres paganas.

Al tiempo del avance ganadero y militar hacia las zonas mineras del norte, los franciscanos por el oeste y los agustinos por el este de la Sierra Gorda entraron en las tierras de los nómadas con la intención de congregar y evangelizar a los indios, con la ayuda de los otomíes conversos.

La primera reacción de los chichimecas fue retirarse lejos de los invasores para poder seguir viviendo a su antigua usanza, penetrando en las partes más inhóspitas de la Sierra. La evangelización del antiguo señorío de Metztitlán fue una empresa muy difícil, a pesar de hallarse en su mayor parte en territorio mesoamericano. El cronista agustino Juan de Grijalva escribió: “A Roa [fray Antonio de Roa] le encargaron la más difícil empresa de esta tierra, que fue la conversión de todos los serranos hasta la mar del norte”. Ya queda dicha la dificultad de la empresa. Porque en lo natural eran inaccesibles, pluviosas, estériles y el cielo tan rígido que siempre llovía con rayos. Estaba allí encastillado el demonio y sus sacerdotes como en lugar más seguro. Participaba por un lado de chichimecas, gente caribe, y que comía carne humana, en la visita de Xilitla [SLP].

Los frailes diseñaron conventos de penetración que servían para abrir a la evangelización territorios de difícil acceso y no pacificados del todo. Estas fundaciones eran esporádicas y casi siempre precedidas por la conquista militar. En su avance septentrional, en la década de 1540, los agustinos fundaron tres conventos con algunas visitas en la línea fronteriza entre Metztitlán y la Sierra Gorda (que Hidalgo comparte con Querétaro y San Luis Potosí): Chapulhuacán, Chichicaxtla y Xilitla. Algunos chichimecas aceptaron de buena o mala gana asentarse en estos poblados. Sin embargo, esta aparente sumisión fue, a decir de Dominique Chemín, “probablemente producto de una táctica que gran parte de la pamería [chichimeca] adoptaría como medio de preservación en primer lugar de su ser y finalmente de su identidad étnica. Esa llamada sumisión india no sería pues otra cosa que un medio radical que esos indios usarían para propagarse, cuando muchos otros grupos chichimecas eran transculturados, aniquilados, exterminados.

Los chichimecas atacaron los conventos fronterizos en la segunda mitad del siglo XVI. Xilitla y sus visitas fueron acometidas varias veces y el convento fue parcialmente incendiado en 1587. Grijalva escribió: “Se fundó el convento de Xilitlán, frontera de chichimecas, y que lo han destruido una vez con grandísima crueldad; la lengua es mexicana y la tierra es asperísima, desviada y muy sola…”.

Este autor refiere que al año siguiente atacaron Chichicaxtla, que fue defendida por fray Juan de Zarabia, dos españoles y por la población otomí: “Tzitzicaztlán [Chichicaxtla] había estado de visita desde el año 39, que se fundó el convento de Metztitlán… los indios son los antiguos chichimecas que se avecindaron por entre unos riscos, donde hoy está el convento… tiene fuera de la cabecera nueve visitas, el edificio de la casa es bóveda… han acometido los chichimecos a destruir al pueblo y al convento dos veces en el año de 88 y el de 89 y ambos fueron resistidos valerosamente por el gran valor de su venerable religioso que ahí estaba llamado fray Juan de Sarabia, que sin tener armas ningunas defendió el convento; la primera vez solo con demostraciones y esfuerzos, el segundo año escarmentados los bárbaros y el poco fruto que tenían de la cabecera por el reparo que tenían en el convento y por el valor con que los capitaneaba el fraile, hicieron el asalto en una visita con ánimo de destruirla como lo hicieron, pero sabiendo que lo supo el prior, doliéndose de ver sus corderos en las garras de tan fieros leones, provocó a dos españoles que estaban en el convento donde se habían recogido a celebrar la Semana Santa y esto era Viernes Santo, salió en compañía de estos dos valerosos y piadosos hombres y acometieron los tres a los chichimecas con tan gran denuedo, que siendo ellos 80 les volvieron las espaldas y les dejaron la presa que eran más de 100 personas”.

En cada referencia que hace Grijalva a estos conventos menciona el “problema chichimeca”, señalando de paso la antropofagia como elemento añadido de horror: “Se pobló el convento de Chapulhuacán que dista de la ermita 16 leguas; es esta casa la más trabajosa que tiene la provincia por ser fragosa, nublosa y desviada del comercio humano. Los indios son otomites y mexicanos, frontera de chichimecas, están en la misma línea, Tzitzicaztlán, Chapulhuacán, Xilitlán, que es una provincia de muchas leguas de serranías muy dobladas, lenguas mezcladas, porque hay mexicanos otomites y chichimecas. Confinan todos con chichimecas que como no están domados y comen carne humana nunca nos acabamos de asegurar en las vidas”.

Aunque los primeros ataques a los conventos se dieron desde fines de lá década de 1530, la guerra se desató feroz a partir de 1550. De los grupos beligerantes, eran los pames los menos indómitos, probablemente por su afinidad cultural con los otomíes. Aparentemente, las autoridades superiores tomaban en cuenta esto, como lo sugiere una carta de Luis de Velasco de 1583 al rey en que le manifiesta “que por mandar VA que a los pamies [chichimecas pames] no se les hagan guerra no embargante que son tenidos por enemigos por los daños que han hecho de poco acá en Tecozautla y Huichapan”.

Aunque seguramente hubo excepciones, en general los agustinos estuvieron de acuerdo con la guerra. El famoso fraile Alonso de la Veracruz –uno de los fundadores de la Universidad de México–, en su obra De dominio infidelium et iusto bello hizo un análisis de las causas que pueden justificar la guerra contra los indios. Para él, las tierras de los chichimecas tenían la misma condición que los terrenos baldíos, por lo que cualquiera podía aprovecharse de ellas. Conforme al derecho público de entonces, cualquier ciudadano podía tomar posesión de terrenos baldíos sin que nadie pudiese impedirlo. Hacer la guerra contra quien lo impidiera era entonces una guerra justa. De la Veracruz no comprendió que los terrenos “baldíos” eran el medio de vida de los chichimecas desde tiempos inmemoriales y que ellos simplemente defendían su tierra y forma de vida.

METZTITLÁN

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