Óscar Baños*

Salieron de la tierra, eso dice la gente, por eso su color de barro, su costumbre de andar en la suciedad. Los niños los atrapan con cuidado. Toman unas ramitas de esas que siempre se encuentran tiradas en las veredas de la Sierra y a modo de pinzas aprietan, aunque no muy fuerte, su cabeza. Se los llevan. Juegan con ellos un rato, se maravillan con su cuerpo parecido a las piedras. Son rocas que respiran. Rocas con ojos amarillos. Después los sueltan.

Saben que no han de tenerlos prisioneros por mucho tiempo, pues su voz llama a la lluvia y matar a alguno trae la sequía irremediable. Allá van a sus charcos. Bolas de lodo que nadan.

El zopilote

Dicen que con sus alas cubre al Sol. Que solo él es dueño del cielo y que no tiene peso, por ello no aletea. Es una sombra que flota. Los abuelos aseguran que habla pero solo se dirige a quien puede hacerle un trabajo. Su voz es profunda. Pide las cosas con amabilidad y siempre da las gracias, además de conceder algunos favores. Varias fortunas en el Valle del Mezquital surgieron de aquellos acuerdos. Los zopilotes encuentran los cadáveres que los alimentan gracias a su magnífico olfato. De la misma forma localizan tesoros ocultos. Es fácil para ellos, las riquezas también huelen a muerte.

Las cuevas

Ellas nacieron para esperar. Aguardan quietas (aunque pueden moverse si quieren) en los cerros, escondidas en la vegetación enloquecida de la Huasteca, con sus fauces abiertas y su voz mineral llamando quedamente, casi en silencio, casi en pensamiento, a quien ha de internarse en sus entrañas. Adentro, las ciudades fantásticas, los portales a otro tiempo y lugar, el oro, las piedras preciosas. Siguen ahí, acechando, lanzando su encanto, sus promesas. Son todas trampas.

Los magueyes

Fueron dioses que andaban en el mundo con los pies y lo tocaban con las manos que en ese tiempo tenían. Por ahí donde pasaban la milpa reverdecía, los campos se alegraban y se dejaban bañar por los manantiales. Un día su peregrinar se detuvo. La gente los buscó entre las rocas y por las veredas gritaron sus nombres. Nombres antiguos que ya se han olvidado. Alguien avisó entonces de unas plantas desconocidas que aparecieron en lo alto de un monte. Todos fueron a mirarlas y en su piel verde, en sus brazos elevados al cielo, reconocieron a los dioses andariegos. Los adoraron. Ellos a cambio les dieron su carne para que la comieran, les dieron de beber y sus pencas se convirtieron en casas.

El pulque

Cuando aquellos dioses antiguos y vagabundos decidieron que de entre todos los lugares del mundo se quedarían en tierras hñähñu, ahí hundieron sus piernas-raíces y ahí también extendieron sus brazos al infinito para alimentarse de luz. Llegaron primero algunos animales y quisieron que sus cuerpos fueran su hogar. Escarbaron en su carne y un líquido brotó, era dulce, se fortaleció con el tiempo y se volvió blanco. Entonces, los dioses se lo obsequiaron a las mujeres y los hombres para que alegraran sus corazones.

*Nació en Pachuca. Ha participado en revistas de divulgación cultural dentro de Hidalgo. Fue becario de letras por parte del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo en 2010. Ganó el primer lugar en el 24 Certamen de Composición Poética “Orquídea de plata”, en julio de 2010. Fue columnista y articulista de la revista Chispas para Encender Ideas del Consejo Nacional de Fomento Educativo. Su libro Orígenes e historias obtuvo el Premio Internacional de Cuento, Mito y Leyenda “Andrés Henestrosa” en 2013, que convoca la Secretaría de las Culturas y Artes de Oaxaca. El Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo publicó su libro de cuentos cortos A ras de lona en 2015. El Programa de apoyo para las culturas municipales y comunitarias (Pacmyc) aprobó el recurso para la publicación de su libro Los señores de la tierra en 2017. Palabras viajeras, su último trabajo, fue lanzado en 2018.

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