¿Qué hacen tres jóvenes fuera de su casa a las 4:30 horas del día domingo? Quizá están en una fiesta, tal vez se encuentran laborando o quizá estén robando una casa-habitación. Esto último es difícil de creer, especialmente cuando los jóvenes tienen para transportarse un automóvil con quemacocos; lo que significa que su nivel de ingresos –propios o de su familia– está por encima del promedio de tres salarios mínimos.
Tal pregunta está inspirada en la experiencia tenida hace semanas, por segunda ocasión fui víctima de robo a mi vivienda, la primera vez ocurrió hace una década, hice la denuncia y tuve la presencia de peritos que tomaron evidencias de los hechos; de mi parte coloqué protecciones, compré chapas y candados más complejos de alterar. De la denuncia nada ocurrió, solo sirvió para engrosar los números de robos ocurridos en casa-habitación. Con mis vecinos iniciamos la tarea de ser “vecinos vigilantes”, lo cual no fue suficiente cuando casi todos coincidimos con ausencia vacacional. A diferencia del pasado, los hechos quedaron registrados en las cámaras de la casa vecina, los rostros son imposibles de reconocer, pero quedan claras las siluetas de tres muchachos delgados que pueden ser hijos de cualquier familia que tiene recursos para confiar a su retoño la conducción de un auto lujoso.
Sobre lo sucedido quiero resaltar tres cosas, primero omití realizar la denuncia por la nulidad de resultados en la experiencia pasada y porque denunciar significaba permitir el ingreso a mi hogar de personas extrañas llamadas “peritos”; todo lo cual se resume en mi falta de confianza en las instituciones a cargo de la seguridad pública.
Segundo, ¿qué motivación pueden tener tres jóvenes para cometer un robo? Especialmente cuando por su forma de vestir y de transportarse borran totalmente la necesidad económica. Entonces el robo no solo es la sustracción de las cosas y bienes de alguien más, se convierte en una acción que convoca, organiza y ejecuta, un grupo de muchachos para alcanzar un bien o beneficio. Quizá para poner a prueba la lealtad, complicidad o valentía, quizá la invasión a una casa sea un ritual de paso que se ponen los y las jóvenes para ser aceptados en un círculo.
Tercero, me pregunto, ¿qué papel desempeñan los cuidadores o cuidadoras (padres, madres, tutores, etcétera) de los jóvenes que permiten su ausencia fuera de casa durante toda la noche de un fin de semana, ello expresa que los adolescentes han ganado la plena confianza de sus cuidadores, o que estos últimos no se involucran en el actuar y acciones de sus hijos. Las dinámicas familiares son más complejas no por ello más activas en la consolidación de comunidades afectivas, porque como sociedad estamos en proceso de indivualización y personalización donde solo los sentimientos y necesidades individuales importan, la capacidad de tolerancia hacía lo otro y los otros es mínima, entonces, las familias se están convirtiendo en grupos de personas que comparten espacios comunes y vida en común mediados por el acuerdo de lograrse la sobrevivencia según recursos y necesidades, procurarse por la “evasión de problemas” y poco o nulo sentido de corresponsabilidad.
Quizá como nunca antes, la capacidad creativa, organizativa y la necesidad de integración de los jóvenes está en riesgo, pues representan el grueso de la población, su número no los hace prioridad en el desarrollo de la política pública integral, los que llegan al nivel de estudios medio superior y superior permanecen en sistemas de vigilancia y control; en materia de salud, lo poco existente se concentra en la salud sexual y reproductiva.
En la situación social que tenemos, la educación, el deporte y el arte son los recursos que deben emplearse para dirigir la creatividad e integración de jóvenes que son excluidos hasta de sus propias familias, pues se mantienen simbólicamente encerrados en la relación de su teléfono celular y ellos o ellas, por lo que su necesidad de integración y apropiación del sentido de comunidad está expuesta a ser cooptada para delinquir, entre otras cosas.

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