Tenía 18 años cuando vi por primera vez Blade runner, el clásico de ciencia ficción dirigido por Ridley Scott en el lejano 1982. La compré en dvd en cierta tienda de cierta plaza donde cierta gente va a aparentar lo que no es, presumir lo que no tiene y despilfarrar lo que no ha ganado… Nada lejano al decadente Los Ángeles que plantea el filme, donde la gente tira a la basura ese rasgo llamado humanidad mientras las máquinas (inteligentemente llamadas replicantes) exhiben que la basura de unos es tesoro de otros al tiempo que los sueños protagonizados por figuras de origami nos confunden entre quién es quién, entre cuál es cuál.

La experiencia coincidió, afortunadamente, con esa etapa de la vida donde también comienzas a cuestionarte quién eres, de qué estás hecho y qué carajos te depara en un mundo cada vez más discordante… ¿Quién soy? ¿Cuál es mi propósito? ¿Qué es lo que me hace humano? De repente, tratas de encontrar respuesta a todas estas preguntas; de repente, las dejas de lado porque resultar más fácil y llevadero seguir el curso de la vida, aceptando que las cosas son como son; de repente, se te olvida continuar cuestionándote porque justificas tu existencia con base en el dinero que ganas, en tu profesión, en tus aficiones, en tu maldita TV 4k o quizá, sólo en el hecho de que tus pulmones todavía captan oxígeno…

Casi tres décadas después, el cineasta canadiense Dennis Villeneuve retoma la fábula iniciada por Scott y presenta Blade runner 2049. Si la primera parte cuestiona hasta nuestras fibras los elementos que nos caracterizan como humanos, la secuela los deconstruye en una metáfora poco más brutal: los replicantes son humanos, bellos, capaces de contemplarse a sí mismos, de apreciar los milagros, de soñar con caballos de madera mientras que la gente, los que respiran, duermen entre anuncios de luces neón, hologramas donde aparentan tener una vida, alimentos sin sabor y olvidando que, había una vez, en la que la capacidad de creación era nuestra máxima expresión. Y todavía seguimos sin distinguir quién es quién.

Así las cosas y con una década más encima, Blade runner vuelve para cuestionarme lo mismo que cuando tenía 18… Las preguntas siguen tan provocativas y mordaces como en 2007; las respuestas, por su parte, ahora aparentan ser una justificación decente cada acto cometido; sin embargo, muy en el fondo continúan escondiendo esa ignorancia sobre lo que sucederá, lo que sucede y lo que sucedió. El juego de espejos persiste.

Caballos de madera, figuras de origami, recuerdos que se pierden como si fueran lágrimas en la lluvia: Blade runner continúa vigente y, quizá, con más fuerza que cuando su filme original se estrenó en 1982. ¿Somos humanos o replicantes? En caso de ser humanos, ¿qué es lo que nos diferencia de nuestras copias? En caso de ser replicantes, ¿qué nos une a nuestros creadores? Si esto es realidad o un sueño, ¿cuál es la divergencia?
Pues bien. Basta de charadas. Vaya ver Blade runner 2049. Las preguntas seguirán para después de las palomitas.

caballos

@Lucasvselmundo
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