“Solamente nosotras sabemos lo que nos ha costado estar aquí”, me dijo una artesana a manera de felicitación luego de una charla sostenida en el marco de la conmemoración del Día de los Pueblos Indígenas (ONU, 1994). El evento se realizó en Tula de Allende que es un municipio muy orgulloso de sus indígenas muertos –los Toltecas– pero reticente para reconocerse como región indígena con importantes expresiones culturales contemporáneas.

En el teatro al aire libre se congregaron diversas manifestaciones indígenas: música, literatura, textiles, fibras y otras creaciones de manos indígenas; en ese foro el primer público cautivo de las conferencias y paneles fueron las y los artesanos que simultáneamente vendían sus productos y escuchaban las disertaciones. En mi caso, la participación consistió en los retos que significaron alcanzar estudios de posgrado, en ese panel me acompañaron otras dos mujeres que desde la política y la academia compartimos nuestras experiencias como mujeres indígenas.

Todas coincidimos en señalar que el primer reto lo tenemos en nuestras familias, cuando por mandato de género nos circunscriben a labores de cuidado y servicio para los otros, tarea para la cual se asume la inutilidad de los estudios. El tiempo e inversión para alcanzar mayores niveles de escolaridad está asignado a los varones de la casa. Las tres mujeres indígenas hallamos que nuestros padres tuvieron que convencerse de la necesidad de sus hijas para continuar con nuestra preparación escolar, ese proceso de obtención de apoyo o por lo menos de indiferencia de nuestros padres se dificultó porque las escuelas de nivel media superior y superior generalmente quedaban fuera de nuestras comunidades e incluso lejos de nuestros municipios.

La salida de nuestros hogares por razones de estudio puso a prueba nuestra capacidad de cuidado y concentración de nuestros estudios, nuestros progenitores no dimensionaban que el peligro de perdernos en el camino podía deberse a nuestras propias acciones, pero también a un contexto machista, racista y clasista que discrimina a las personas indígenas que se atreven a insertarse en el ámbito urbano.

Otro desafío que se impuso sobre nuestras cabezas por parte de las familias y en las comunidades, fue la permanente sospecha del honor femenino, esa vigilancia sobre nuestros cuerpos, acciones y tiempo es una sospecha que atraviesa a las mujeres indígenas o no indígenas, especialmente para quienes nos atrevemos a salir del molde de no ser solamente esposas, madres y cuidadoras de cualquier familiar vulnerable.

En la conmemoración de los pueblos indígenas por parte del gobierno del estado, celebro que se dedique un espacio de reflexión sobre la condición y preservación de las culturas indígenas desde las miradas diferenciadas de hombres y mujeres quienes por nuestra condición de género libramos batallas diferenciadas y con recursos desiguales.

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