La así llamada “pirámide educativa” sigue siendo una realidad en México, razón por la que en el vértice de ella se encuentran los posgrados, pudiendo ser de tipo profesionalizante para adquirir más habilidades y estrategias pragmáticas, u orientadas a la investigación. Siendo el mundo social eminentemente pragmático y operativo, de corte positivista decimonónico donde lo que impera es el amor, el orden y el progreso como premisas fundamentales, los posgrados de corte profesionalizante tienden a ser más aceptados y valorados por él que los
de orientación investigativa, sobre todo los de las ciencias sociales y humanas, por carecer de esa dimensión funcional que da la apariencia de resolver y solucionar “problemas”, mientras que los otros solo tienden a reflexionar sobre ellos.
Aunado a esto, el posgrado con orientación investigativa en ciencias sociales y humanas enfrenta otro obstáculo que tiene fuertes raíces sociales, y me refiero a las representaciones que la sociedad en general tiene de las trayectorias escolares. En efecto, prevalece en la subjetividad de los agentes sociales la idea de que el puerto final al que arriba la barca escolar son los estudios a nivel superior, esto es, a nivel licenciatura. Y hay toda una confabulación para que persista esta representación de la educación a nivel superior, pues sigue siendo una idea igualmente generalizada que la licenciatura prepara para el campo laboral de forma tácita y contundente, lo que es verdad para profesiones más liberales como la medicina, el derecho, la informática, entre otras, pero no para carreras más humanísticas como la filosofía (por cierto, ausente en la universidad estatal), la sociología, la antropología, la historia, entre otras más.
Ante la presión social que siente el estudiante de nivel superior por parte de sus familiares y amigos para culminar sus estudios superiores e ingresar de lleno al campo laboral, los estudios de posgrado en muchas veces ni siquiera aparecen en el horizonte de posibilidades del flamante licenciado en el que está por convertirse el estudiante que llega al final de la licenciatura como si llegase al final de lo que podría cursarse de manera formal en la escuela. Por fin, la condena a la que fue sometido desde los primeros años el egresado de estudios superiores está por terminar y ahora enfrenta la duda de saber si habrá quien le reconozca en el mundo laboral y tome en serio sus aportaciones de tal modo que hasta sean capaces de retribuirle económicamente por lo que se supone sabe hacer.
Pero como lo mencioné antes, para profesiones liberales la posibilidad de abrirse camino de forma más autónoma y hasta independiente son mayores que para los egresados de profesiones más humanísticas. Y son estos últimos quienes suelen experimentar el sinsabor de no encontrar trabajo, o de hallarlo, ser subvalorado y, por lo tanto, subpagado. Es entonces cuando el posgrado se convierte en una opción viable para agregar un plus al título de licenciatura y volverse más competitivo en el campo laboral.
Pero, ¿es útil un posgrado con orientación investigativa en las ciencias sociales y humanas? Estoy convencido que sí lo es, pues si bien no asegura competencias operativas y pragmáticas tan deseables en este mundo, dota de herramientas intelectuales para pensar de modo alterno ese mundo habitado, y evita errores tan drásticos como los que de continuo nos sorprenden los funcionarios y administradores públicos de considerar, por ejemplo, que el “pobre” es el que no tiene dinero, olvidando o desconociendo que hay otro tipos de riquezas como las culturales, las relacionales y las simbólicas que son igual y hasta más eficientes que las económicas. Un posgrado orientado a la investigación humanística es una inversión personal para quien lo estudia y potencializa una mirada distinta del mundo, alterna a la oficial, y puede cumplir lo que menciona Pablo Milanés: “esclavo por una parte, servil criado por la otra, es lo primero que nota el último en desatarse”. Un posgrado con orientación investigativa coadyuva a desatar al atado.

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