El libro de la semana

La Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) ha publicado recientemente un libro llamado Los rostros ocultos de la ciencia, cuya intención es mostrar que la actividad científica no solamente es realizada por las y los investigadores profesionales, sino que hay muchas personas que colaboran para que esa sea posible, aunque no les reconozcan su labor. Hay gente que ha brindado información sobre plantas y animales, o que ha guiado a los científicos en el campo y que muchas veces los llevan a los sitios justos en donde se encuentran aspectos de interés para su materia de estudio, como yacimientos fosilíferos, por ejemplo. Algunas veces los académicos reconocen el trabajo de esos colaboradores y los mencionan en los resultados de su investigación, pero en muchas ocasiones no ocurre esto y los rostros de esos ayudantes esenciales permanecen en el anonimato. Además de nombrar a algunos de esos rostros, el libro trata de mostrar también las complejas redes que finalmente se tejen para conformar eso que llamamos ciencia.

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En la introducción del libro se plantea el caso de fray Bernardino de Sahagún, quien reunió a los principales ancianos de Tepeapulco, Tlatelolco y San Francisco el Grande, Tenochtitlan, con el fin de que le proporcionaran la información que sirvió de base para la elaboración de su obra, sin que él diera sus nombres. Esto era parte de una tradición europea, en la que los autores de los libros no reconocían el apoyo que les brindaban otras personas, de manera que durante siglos las redes de colaboración han permanecido ocultas. En el primer capítulo del libro se aborda el caso de personas que en México, en el siglo XIX, enviaron información a los centros de investigación sobre plantas que resultaron de gran utilidad industrial, que respondieron cuestionarios y encuestas empleados luego en la conformación de estudios científicos. Se presenta el caso de naturalistas desconocidos que hicieron llegar a los científicos largas cartas con informes sobre las plagas de langosta que atacaron al país entre 1879 y 1886. Entre ellos se encuentran desde un telegrafista de Tabasco, Francisco Palacios, hasta el dueño de una hacienda llamado Alejandro León, de Oaxaca.

historia

El apoyo que las personas han brindado a los paleontólogos en el descubrimiento de yacimientos fosilíferos ha sido muy grande. Así, hay tres capítulos que tratan de ese tema. Uno de ellos habla del señor Felipe Peña Martínez, quien al trabajar en una mina de arena descubrió un hueso de gran tamaño que resultó ser de un gonfoterio, pariente de los elefantes actuales. Gracias a él, paleontólogos de nuestra universidad que estaban en busca de fósiles supieron de la existencia de la localidad de Cerritos, situada a 50 kilómetros de la ciudad de Pachuca, en donde hay depósitos del Plioceno y el Pleistoceno. Otro trata de la Cantera Tlayúa, de Puebla, y de la Cantera Muhi, de Hidalgo, ambas con una gran diversidad de fósiles marinos que se encuentran en estudio tanto de la UNAM como de nuestra universidad, gracias a la ayuda de las familias Aranguthy, en el caso de la primera, y Yáñez, en el de la segunda. En el tercero se trata del descubrimiento de una zona fosilífera en la Mixteca Alta oaxaqueña gracias a un profesor de secundaria, Bernardino Santamaría, que observó un hueso y lo llevó a un congreso de paleontología en donde dos investigadores de la Universidad del Mar lo conocieron y ahora realizan investigaciones en la zona.

Otros dos capítulos tratan de las contribuciones que las culturas tradicionales han dado a la ciencia. Uno de ellos habla de la manera como la sabiduría de los milperos mayas apoyó a dos biólogas en el conocimiento de la sucesión vegetal, y otro aborda la nomenclatura tradicional de los hongos y cómo ha apoyado en varios casos a la taxonomía occidental. En el penúltimo capítulo se aborda el caso de Norman Wright, quien trató de evitar la extinción de la raza de perros conocidos como xoloitzcuintles y basó sus estudios en informaciones proporcionadas por los campesinos. Por último, se expone una reflexión acerca de los problemas que deben enfrentar las personas interesadas en la ciencia, tanto los que no han podido acceder a una educación académica, como aquellos que sí la han tenido, pero han debido enfrentar muchas otras dificultades.

El tratamiento que los diferentes autores dieron al libro es por demás ameno e interesante. Se recomienda su lectura a todas aquellas personas que quieran comprender de mejor manera el proceso de construcción de la ciencia en un país como el nuestro, en el que, además del mundo académico establecido en las instituciones de educación superior, existe una sociedad que por diferentes circunstancias es capaz de aportar sus saberes a esa construcción.

La ciencia
es un conocimiento construido socialmente y en ese proceso es importante
la participación de aquellas personas que, sin una formación específica, aportan grandes datos a las y los investigadores

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