Han pasado algunos meses y aún están vigentes severos juicios contra algunos personajes, y otros no tanto, del Poder Judicial de la Federación.

Se han vertido comentarios contra determinaciones y otros tantos han sido exhibidos por un insospechado enriquecimiento.

De ahí que se vuelva muy actual lo que expresó, quien fuera presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), Genaro David Góngora Pimentel en su libro Memorias, los supremos de la Corte. Además, se sumó un equilibrado prólogo de Valdemar Martínez Garza.

Ya ministro en retiro, Góngora Pimentel, de anécdota en anécdota, hizo un retrato de la época que le tocó vivir y de una serie de personajes ligados al poder desde jueces, secretarios, ministros hasta presidentes de la República, con los que pudo relacionarse de acuerdo con las diversas responsabilidades que tuvo.

No menos trascendentes son sus reflexiones sobre algunos de los casos y retos que resolvió como ministro y como presidente de la SCJN, apuntó la forma de aplicar la justicia en México y sobre los problemas que impiden su correcta administración como la incompetencia y la corrupción.

Dice el autor. “Hoy, como ministro en retiro, a mis 81 años de edad, simplemente he intentado compartir aspectos relevantes de mi trayectoria personal tan longeva”.

Martínez Garza citó como su amigo de hace 35 años le pidió que le redactara un prólogo y que tras leer 155 cuartillas a máquina en papel tamaño carta, quedó impactado.

“Señala con índice de fuego los graves actos de corrupción en la impartición de justicia en los que han estado envueltos los personajes de quienes proporciona sus nombres, pues no se trata de un relato anovelado en los que suministran datos para que el lector los intuya.

Genaro Góngora habló claro y los descubre con sus nombres y apellidos. Es un relato descarnado. También mencionó cómo se arreglaban asuntos en una cantina de ‘medio pelo’ que estaba contigua al edificio de los juzgados de distrito, en donde secretarios y mecanógrafas hacían maravillas y de su secretario proyectista que tenía su despacho a la vuelta del juzgado con línea privada. Poco a poco logró limpiar el juzgado al despedir a secretarios.

Aludió a un compañero magistrado, un bribón, y cómo logró detener varios proyectos de resolución al descubrir que los presentaba con hechos y datos falsos de los expedientes.

Hay tres ejemplos claros que estuvieron bajo la responsabilidad de Góngora Pimentel. “El cónsul norteamericano en Hermosillo me aconsejó que procurara no pasar el fin de semana en la ciudad. Resulta que me alojaba en el hotel San Alberto y el señor cónsul, ya por entrar en retiro, me contó que en una suite los señores magistrados llevaban prostitutas que alguien traía de Las Vegas y se hacían unas bacanales de lo más pintoresco, que incluso bajaban a la alberca borrachos con las gringas y hacían desfiguros… Ya no comentó más, simplemente riéndose meneaba la cabeza en reprobación”.

Y otro: “El presidente Salinas (Carlos) habló con los abogados de un despacho muy importante para que arreglaran una reunión conmigo, siendo yo presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

“Frente al edificio del despacho de estos abogados importantes se encontraba una casa muy bien dispuesta para reuniones especiales. En esa casa me invitaron a desayunar con don Carlos Salinas de Gortari. Me acompañaron algunos miembros del despacho y llegado el momento se retiraron discretamente los socios del despacho que me habían acompañado, dejándome a solas con él. En medio de una conversación muy agradable, don Carlos Salinas de Gortari me pidió ayuda para cierto asunto que le molestaba. ¡Claro, yo era el más adecuado! Pero lo más educado que pude, ¡le dije que no lo haría!
“Después, en los desayunos que tenía con los señores ministros les conté aquel incidente. Pude notar que un ministro prestó mucha atención a mis palabras. Después supe que ese ministro ofreció sus servicios al presidente Salinas para solucionar su problema”.

El tercero: “Don Ernesto (Zedillo Ponce de León) me invitó a desayunar. Después de las amenidades de rigor, me dijo que un amigo suyo que estaba siendo juzgado en esos tiempos en un tribunal unitario, que por cierto presidía una dama magistrada de buena figura y agradable presencia y plática.

“Me pidió don Ernesto simple y llanamente que le hablara a la magistrada y le pidiera que dictara sentencia favorable en el caso que preocupaba a don Ernesto por estar su amigo preso.

“Entonces le dije al presidente que yo no podía dar instrucciones a la magistrada, pues ella era independiente.

“Don Ernesto no tomó medidas en mi contra, siguió tratándome igual que siempre”
Una obra de la Editorial Porrúa, primera edición, 2019.

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