El presidente electo Andrés Manuel López Obrador tomó ayer otra decisión que seguramente dará mucho de qué hablar en los próximos días, antes de que asuma la titularidad del Poder Ejecutivo federal el primero de diciembre. Decidir entregar a las Fuerzas Armadas el control de la seguridad pública del país implica olvidar o postergar –no está claro– su oferta política de devolver a las fuerzas castrenses a los cuarteles, e incluso cambiar su vocación de defender al país de una posible intervención militar extranjera por acciones de paz. Quizá, al tener enfrente el desafío que implica nuestro convulso país, el presidente electo pensó que los militares son más confiables que las instituciones policiacas, las cuales sexenio tras sexenio han pasado por transformaciones más cosméticas que sustantivas. De tal forma que el nuevo presidente de la República apostará por entregar al secretario de la Defensa Nacional la Guardia Nacional que entrará en operación a partir del primero de diciembre y que tendrá como tarea la prevención, investigación, detención y presentación de detenidos ante el Ministerio Público. López Obrador adelantó algunos números: dijo que requerirá entre 120 mil y 150 mil elementos para cubrir las 266 coordinaciones en las que será dividido nuestro país “para atender la violencia”. ¿Será esa nueva estrategia el remedio para la abrumante inseguridad que padecemos todos los días? ¿En qué tiempo veremos resultados de esa decisión? Son preguntas a las que todos los mexicanos les buscan respuestas, frente a esa plaga que heredará la administración de Enrique Peña Nieto, quien dejará al país en una espiral de violencia sin precedentes. De filón.
El frente frío número 10 resultó ser más fuerte de lo que se pensaba. Su paso ayer dejó al menos cuatro personas sin vida en la Huasteca y varias regiones de la entidad con temperaturas por debajo de los cero grados.

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