El comportamiento de los yuppies, los más voraces consumidores de objetos suntuarios, está sustentado en su angustia por comprar símbolos de riqueza y de poder que no solo constituyen una propensión extraña a la emulación a cualquier precio, sino a la implacable condición del llamado éxito impuesto desde arriba. Es la oniomanía, también conocida como “síndrome del impostor”, toda vez que su adquisición de artículos de lujo produce un sentimiento ligado a que este no representa quiénes son realmente y por tal se sienten poco auténticas.

Aun así, impostores y todo, solo los yuppies que pueden dar prueba de su lealtad al ethos consumista encuentran admisión en los círculos más selectos de la sociedad sofisticada. Para el joven que asciende en la escala social el consumo suntuario es no tanto el premio, sino el precio del éxito entre sus pandillas.

Solo así será posible que lleguen a ser escuderos de los enlistados de la revista Forbes, engrosen las filas de los descerebrados al servicio de los clanes delincuenciales o contribuyan con sus personitas a desnacionalizar a sus países, desde sus atalayas de mesiánicos salvadores de la patria.

Presa fácil de los verdugos de la vida nacional, los extranjeros

Según sus creencias, la riqueza y el poder de quienes se encuentran en la cúspide de la pirámide de la desigualdad aumentan en proporción con el volumen de sus compras y con la cantidad de los bienes mal habidos. Actúan como gatos en reversa, y cuando son sorprendidos niegan todo, como si sus huellas fueran invisibles.

Lujos miliunochescos, parafernalias y boatos, aficiones adictivas, desbordamiento de arrebatos consuntivos, les hacen presa fácil de los verdugos ancestrales de la vida nacional, los extranjeros que manejan a placer sus vidas y las de sus lambiscones.

Los medios repiten a placer las imágenes pagadas que difunden a todo el mundo. Un aquelarre del que apenas podremos despertar. Va a costar mucho trabajo deshacerse de esos delirios de arribistas, enajenados y manipulados, el hato de los yuppies hijos de políticos rateros.

El pueblo, indignado. Creía que eso había pasado para no volver

En nuestra sociedad, altamente dependiente y menesterosa, tienden a reproducirse ad absurdum las imágenes consuntivas y entreguistas que refuerzan el populismo demagógico de derecha, las personitas de los falsos redentores y dizque modernizadores. El control mediático de las preferencias e ilusiones ciudadanas tiende constantemente a la disolución de la identidad nacional, que normalmente debería estar amalgamada en torno de objetivos superiores del país, de la soberanía alimentaria, de la independencia y de la seguridad nuestra.

No tienen llenadera. Creen que a través de los medios pueden convencer a la inmensa mayoría que votó contra sus corruptelas, de que sus intenciones son candorosas. Que sus papis deben apapachar sus desfalcos, más atrevidos que cualquier monarquía o dictadura avergonzada con sus procederes. El pueblo está indignado. Ese pasado se fue para no regresar.

Con Luis Echeverría campeó la efebocracia, según Pellicer

En los setentas del siglo anterior, el poeta Carlos Pellicer Cámara, tabasqueño por más señas, recuperó decenas de monumentos arqueológicos que un par de antropólogos británicos habían descubierto en Huimanguillo. Con sus vastos conocimientos, Pellicer los clasificó. Diseñó, dirigió y montó el enorme Parque-Museo de La Venta a orillas de la Laguna de las Ilusiones, en Villahermosa. Nunca renegó de su natural apasionado. Al caer la tarde, después de las labores que se ejecutaban a torso desnudo, por el calor, el poeta expresaba sus célebres palabras: “Bueno, muchachos, esto se acabó por hoy, ya pardea la tarde… es la hora de los efebos”. Después de esas palabras, nadie quiere acordarse de lo que pasaba. Desde entonces, y hasta que fue senador, acompañado por actuales tlatoanis, él mismo bautizó a aquel sexenio echeverrista como “la efebocracia”.

Los efebos de aquellos tiempos hicieron cera y pabilo la austeridad republicana, convirtieron la política en un circo romano de difícil olvido. Los pececillos de entonces, hoy políticos sesentones con gran poder destruyeron la moralidad revolucionaria pretendida en todos los foros internacionales. Neoliberalismo originó yuppies tricolores, blanquiazules y verdes Siguieron los yuppies panpriistas, de igual factura, pero con un mercado de chácharas más amplio. Ropa, perfumes, casas y automóviles sultanescos. Cuando cada uno encontraba a su presa a modo, empezaba la competencia entre todos. Mirreyes, atacadores, sultanes de huarache y yuppies escenificaron una batalla campal de la presunción. Los efebos pasaron a segundo plano.

Detrás de la ruina nacional siempre había un atrevido yuppie. Trepadores de pirámides y consumistas compulsivos dieron el ejemplo de patrimonialismo y derroche con lo que sepultaron las esperanzas de millones de mexicanos en la cuarta pregunta, al borde del hambre y la extinción.

El comportamiento de los nuevos mandarines, rapaces y ambiciosos, acompañados por batallones de favoritos de la clase empresarial depredadora, prestanombres de intereses externos, beneficiados con grandes contratos, prebendas y exenciones fiscales de todo tipo, arrasaron casi con todo lo que encontraron en su camino.

Los yuppies de todas las épocas, disfrazados con ropajes tricolores, blanquiazules y verdes, aparentando mandos civiles y protecciones familiares demostraron ser los más voraces consumidores y depredadores de la naturaleza y del patrimonio soberano que hayamos conocido.

Surgen de Palacio Nacional los juniors de la cuarta decepción

Efebos, mirreyes, yuppies y arribistas, palidecen hoy frente a la casta de juniors de la cuarta decepción. No hay comparación, porque aquéllos tenían un hilo delgado con el poder. Hoy son patrocinados desde las cúpulas más altas de esta patria rematada, y aplaudidos por sus progenitores.

‎Las transas de los juniors del “caudillo” con los grandes delincuentes de la Nación, a cambio de impunidad, apellídense Guzmán Loera o Romero Deschamps, son dignas del récord de las infamias. No hay punto de comparación.

Aparte de haber convertido Palacio Nacional en una vecindad horrorosa, pasean a sus quereres en los jets privados que despojaron a los delincuentes, financian campañas oficiales, lucen sus figuras en las instalaciones de lujo antes reservadas para los realmente privilegiados del mundo.

¿Usted se imagina al hijín del “caudillo” tronando nachos a boca abierta a bordo del jet de marras?, ¿exigiendo en el hotel de cinco estrellas de Dubái una pecsi bien fría? ¿Prometiendo con su look a la Juan Diego la cartera de turismo a la miss venezolana para seguir haciendo bisnes y acumulando millones en sus empresas inexplicables?‎ ¿Y a su papi concediendo obsequioso sus caprichos, presentando a la nueva adquisición de la cuarta como la salvadora de esa actividad? ¿Usted qué se imagina? Índice Flamígero: A espaldas de la catedral metropolitana, cerquitita de Palacio Nacional, en el lujoso y nuevo hotel de los empresarios y bon vivants Carlos Couturier y Rafael Micha, de quienes ya son socios, los tres hijos mayores de AMLO inauguraron la primera tienda de Chocolates Finca Rocío, informó Clase, una publicación del corazón, como se conoce a aquellas que describen con cursilería la vida y milagros de los ricos, famosos y poderosos…

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