Con esa voz literaria el poeta Víctor Hugo buscaba expresar que lo que soñamos vive a nuestro lado, cambia sin cesar, es nuestra historia, el paisaje vestido de viento, el tiempo como imagen móvil de la eternidad. Sin embargo, la expresión es real en un contexto determinado. Sí, se puede afirmar, luchar es vivir cuando se cuenta con condiciones básicas satisfechas, una de ellas, fundamental: la educación. La formación académica es un eje determinante para poder viajar a lo profundo de la inteligencia; a través de la educación se puede deambular por la maleza de la crítica, de uno mismo, ir de la sombra a la luz, de la magia a la razón, trasladarse del abismo a la conciencia. En la educación y su hermano gemelo la cultura, se puede encontrar la sabiduría, la serenidad, la libertad. Con este contexto es posible reescribir la afirmación del literato francés y asegurar que: educar es vivir.

Sí, la educación transforma el rostro del esfuerzo humano, sí crea el arte, la cultura y es responsable de la sabiduría, entonces es esa la palanca para alcanzar el desarrollo. Es una verdad perogrullo afirmar que la educación es el mejor mecanismo para lograr la movilidad social. Y en el caso de América Latina y específicamente de México, la universidad pública es el espacio propicio para la inteligencia, el pensamiento, para la crítica que desafía. En ella caben todas las voces, la discrepancia, el diálogo fluido que permite que sea el disenso el argumento que articule los acuerdos. La universidad es, a final de cuentas, el tejido de la sociedad.

Entonces como sociedad si queremos alcanzar el desarrollo, debemos tener en la educación no solo la narrativa, sino la figura transformadora de nuestra historia, el camino que nos enfrenta con nosotros mismos, que permite mirarnos en un espejo que traza puentes para parecer otras personas con un nuevo centro.

La educación junto a la salud y las jubilaciones son las instituciones políticas públicas que permiten regular de manera justa y eficaz el capitalismo globalizado de esta nueva era. El nuevo estado social, denominado así por Thomas Piketty, porque asegura: “El termino es más adecuado a la realidad y a la diversidad que cumple el gobierno que aquel más restrictivo estado de bienestar”. El gasto público en educación y salud del ingreso nacional representa entre el 10 y 15 por ciento en los países desarrollados, entre 5 y 6 por ciento para educación, y entre 8 y 9 por ciento para salud. En México, el presupuesto para educación es el 4.5 por ciento.

Hasta aquí podemos plantear una primera conclusión: la redistribución moderna no consiste en transferir las riquezas de los ricos a los pobres o por lo menos no de manera tan explícita; consiste en financiar servicios públicos e ingresos de reposición más o menos iguales para todos, sobre todo en el ámbito de la educación, la salud y las jubilaciones. En el plano educativo, el acceso a la educación superior es uno de los mayores retos que debe afrontar el estado social en el siglo XXI.

Una segunda y fundamental conclusión muestra que el camino al desarrollo pasa necesariamente por una educación de excelencia académica, sin ella, estamos totalmente condenados al atraso. En el caso de la educación superior en Hidalgo la universidad autónoma, considerada por diversos rankings como la cuarta mejor institución del país y entre las mejores mil del mundo. Tal institución ha logrado construir una visión cultural, científica y social capaz de fortalecer un país moderno, moderno por dentro, moderno en su cabeza, en su corazón, capaz de criticarse a sí mismo, teniendo presente los valores sociales, de convivencia, de respeto hacia el otro, de diálogo, de soluciones concretas a los problemas.

Un actor central en ese proceso ha sido Gerardo Sosa Castelán, un personaje de aguda inteligencia. Con talento ha edificado puentes y pasadizos para unir la construcción intelectual y humana más ambiciosa. Su paso por la universidad ha sido un presente, un futuro en rotación, un triángulo que vincula el conocimiento, la libertad y la creatividad. Hoy su experiencia ayuda a entender y resolver problemas fundamentales en la cultura, en la justicia, en la educación, temas que están en la base de la sociedad mexicana. En Gerardo Sosa habita el gran reformador, el ser humano maduro de razones convincentes. Universitario comprometido que se ubica en tres coordenadas neurálgicas: el hombre de convicciones plenas, el universitario creativo que encarna la transformación y el ciudadano que forja la cultura.

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