EDUARDO BENÍTEZ TAMEZ
Pachuca

 

“Las gruesas olas se desplazaban en masas profundas, empujadas desde abajo por los hombros de un gigante ciego, algún dios condenado a ese castigo para siempre”

José Revueltas,
“Dormir en tierra”

Bien lo dice Joan Manuel Serrat en su canción “Lucía”, “no hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí…”. Después, describe a Lucía como “…la más bella historia de amor que tuve y tendré”, dice con su voz inconfundible en una interpretación que parece una confesión íntima. Más que alardear mi gusto por él, la mención viene acompañada con el propósito de plasmar el deseo. Lo podemos ejemplificar con la primera línea, como aquello que “no hemos tenido” pero buscamos tener. En este caso, Serrat lo califica de bello, y lo que perdió como lo más amado. Aquí se marca una diferencia importante: el deseo, como aquello que no se tiene. Después de conseguirlo pierde su dote, deja de ser el ideal que inicialmente se buscó, Slavoj Zizek lo describe como “…el ideal mismo, el que pierde su poder…” (Zizek, 1999, p 240).
Ahora bien, ¿por qué deseamos algo que no tenemos? es decir, ¿por qué Serrat considera lo más bello aquello que nunca ha tenido? A primera instancia, esto resulta irónico ya que el deseo está puesto en algo que se desconoce, puesto que no se tiene. Un ejemplo de esto es la película mexicana Macario (1960), protagonizada por el actor Ignacio López Tarso, uno de los actores más representativos del cine nacional. En ella, representa a un campesino que sufre de extrema pobreza y, ante las circunstancias que atañen a él y a su familia, tiene dos ideas que le roban lo poco que le queda de razón: la muerte y comerse un pollo entero sin tener que compartir a los demás. Durante la película, Macario logra hacerse de uno, pero antes de poder degustarlo tiene que pasar por un sin número de peripecias, desde enfrentarse al Diablo, Dios y, finalmente a la Muerte. Ésta pone fin a su vida y es su esposa quien lo encuentra muerto en el campo con un pollo a medias. Al final, no se sabe si los infortunios fueron producto de su imaginación o simplemente murió de indigestión al comer, por primera vez, grandes cantidades de comida. Aunque puede resultar un tanto cómico, la historia nos muestra un caso extremo de lo que puede suceder cuando alcanzamos el deseo que añoramos y desconocemos. Hago hincapié en el desconocimiento ya que no tenemos la certeza de cómo será el resultado, aún y cuando lo hayamos experimentado más de
una vez, no contamos con una fórmula de “satisfacción garantizada”. A esto llamamos fantasía. Es a través de ella que podemos imaginar un sin número de situaciones. Si trasladamos este ejemplo al ámbito sexual, cada encuentro es una posibilidad nueva y el cumplir la fantasía dependerá de distintas variables, no solo del que fantasea, también de la otra persona y el entorno en que se encuentran. Pero no es solamente imaginarlo, es decir, no todo es el resultado puro de nuestra imaginación. Al respecto, Slavoj Zizek menciona, “la fantasía no significa que cuando quiero pastel de fresa y no puedo conseguirlo, en realidad fantaseo acerca de comerlo; el problema más bien es: ¿cómo sé en primer lugar que quiero pastel de fresa? Esto es lo que me indica la fantasía (Zizek, 2013, p 17).”
En la decisión está de por medio la voluntad de decidir qué quiero. ¿Por qué prefiero una cosa u otra? ¿Por qué resulta más excitante las fantasías sexuales con ciertas personas o personajes? ¿Por qué las modelos con ciertas características físicas son consideradas las más bellas? Estas definiciones no son propias de nuestra creación, más bien, nos apegamos a ellas. Las fantasías se convierten en una especie de regulación inherente a nuestro entorno, nos rodean de manera sigilosa, alimentan nuestro deseo y conducen nuestra voluntad. Nos proyectamos en ellas, dejamos de ser y nos convertirnos en el otro que imaginamos.
Durante el presente año, la famosa revista Playboy tomó una decisión que provocó opiniones divididas. Decidió que en la revista las mujeres ya no mostrarán los senos. Situación que a primera instancia resulta absurda, puesto que podríamos deducir que es precisamente lo que hace que esa publicación resulte una de las más importantes y reconocidas a nivel mundial. Después de todo, con esta decisión ¿la censura no alimentará el deseo de aquello que no tenemos? La categoría de “lo prohibido” de Michael Foucault se hace presente.
Así nos encontramos sumergidos en un mar de deseos y fantasías; mientras las olas nos arrastran en ese vaivén reiterativo, como diría Revueltas: empujadas desde abajo por los hombros de un gigante ciego, algún dios condenado a ese castigo para siempre.

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