A los 29 días de vivir con ella, sentí que aumentó su enojo contra mí porque el cabello y mis senos habían crecido.

–Ponte mi suéter y péinate, te ves horrible.

Le dije que ya tenía que cortarme el cabello, que la abuela lo hacía en cuanto me llegaba a la cintura.

–No des lata, un día de estos te llevo.

–Pero debe ser en Luna nueva.

–Esas son solo ideas tontas de tu abuela.

Carlos era como mi abuela, decía poco, pero sus ojos amarillentos no dejaban de pasearse sobre mi cabello, luego se quedaban fijos sobre mi boca. Emilia se dio cuenta de que su amigo me veía con lástima porque un día decidió por fin llevarme a la peluquería. No me importó que faltara una semana para la Luna nueva, ya no quería verme tan horrible como decía mamá.

–Déjeselo bien cortito, ordenó a la estilista. –A esta niña no le gusta peinarse. A ver si así se le quita lo fea. Cuando lleguemos a la casa voy a tirar esa agua de encino que te pones en el cabello, no me importa que te la haya dado la abuela. Te voy a comprar un jabón para que te laves el cabello.

Mi cabello dejó de oler a tierra húmeda, ahora olía a lavanda, pero ya no crecía tan rápido. Se puso seco como una planta de xixi.

La abuela sabía la talla de mi vestido tan solo con verme, ella misma los hacía. Mamá no. La ropa que me compra me queda grande. Dice que así se cubren los bultos que afean mi cuerpo.

–¿Emilia, porqué a las vecinitas les dejan el cabello suelto?
–Son niñas de facciones más finas, atinaba solo a decirme, les queda todo, a ti no.

Carlos sonreía burlón a lo que decía mi madre mientras sus ojos saltones rodaban sobre mi rostro, se quedaban un rato fijos sobre mi boca y luego bajaban despacio hasta mis senos.

Al día siguiente regresamos a la peluquería, mi madre le pidió a la empleada que me hiciera unos rizos permanentes.

El líquido que me pusieron para hacerme los chinos hizo que me ardiera mucho la cabeza. Una hora después me quitaron los tubitos. El cabello estaba amarillo, seco como paja. La muchacha del salón me consoló diciendo:
–Con esa cara tan bonita que tienes ni quién se fije en tu pelo.

Una semana después, mi madre lamentó que mi apariencia no hubiera mejorado, mucho menos con el cabello quemado: me volvió a llevar a la peluquería para que me raparan. Ese mismo día, cuando llegó Carlos a la casa, al verme acarició mi cabeza pelona y tocó mi nariz.

–Mira, bonita naricita que tienes.

El resto de la tarde Emilia no habló, el silencio se sentó incómodo entre los tres hasta que ella decidió encerrarse en su recámara. Escuché que lloraba. Era día de Luna llena, yo creo que por eso estaba triste. Mi abuela decía que a las mujeres se les descompone el corazón cuando hay Luna llena. Yo también me puse triste, porque anoche soñé con ella; peinaba mi cabello con sus manos y me decía casi en susurros: “Trenza tu cabello con listones amarillos para que te protejan”, pero en mi sueño ella había tejido mi pelo con listones negros.

Carlos fue a ver a mi mamá a su recámara. Aunque la puerta estaba cerrada y hablaban bajito, escuché que sus voces sonaban enfadadas. Mamá empezó a llorar y como el llanto le partía las palabras ya no entendí lo que decía. Carlos regresó, se sentó junto a mí, miró lo que hacía en mi cuaderno, dibujaba árboles: así recordaba dónde estaba mi casa, porque esta no la sentía mía.

–Usa lápices de diferente color para darle textura al tronco, me decía al tiempo que se me acercaba más. –Mira, así. Empieza en una sola dirección con este color.

La lección quedó rota con la presencia amenazadora de mi madre. Traía un cuchillo que temblaba entre sus manos.

–¡De esto te estaba hablando! Decía señalándome con el cuchillo, de la atención que le pones a este monstruo. Te advertí que no me obligaras a hacer una tontería.

No me moví, no dije nada, mi respiración se agitó. Las palabras de la abuela se soltaron dentro de mi cabeza: “Quédate quieta, respira quedito”, me dijo el día que un coyote se metió en la casa. Estaba frente a nosotras, se movía lento a la derecha y a la izquierda. “Que no huela tu miedo”.

Carlos también respiraba quedito, pero no se estuvo quieto, se levantó despacio, dio unos pasos a la derecha y luego a la izquierda. Sus ojos saltones se clavaron en mamá. Ella se aferraba al cuchillo; ya no solo le temblaba la mano, sino también todo el cuerpo. Al ver la cortada que le hizo a Carlos en la mano, mamá corrió por un trapo.

–Perdóname, perdóname, le decía mientras besaba muchas veces la herida que no paraba de sangrar.

“Las desgracias nunca vienen solas”, decía mi abuela. Esa noche, Carlos abandonó a mi madre y esa misma noche nos avisaron que la abuela había muerto.

Como mamá estaba enferma de tanto llorar, me fui sola al pueblo.

–Tu abuela te extrañaba mucho, me dijo mi tía Josefa. Sabía que solo le faltaban dos Lunas nuevas para irse, por eso te mandó con Emilia. Por las tardes jalaba tu banquito y se lo ponía junto a sus piernas. Aunque no debía, se la pasaba comiendo caramelos, decía que así le quitaba la amargura al día. Se llenó la sangre de azúcar.

Después de enterrar a mi abuela ya no quise regresar a la ciudad. Mi madre tampoco vino a buscarme.

Hoy es sábado y aún faltan muchas lunas para que el cabello me llegue otra vez a la cintura. “¡Sí abuela, ya aprendí a tejerme la trenza! Cuando esté lista la pondré en tu tumba. Lo sé: la cortaré hasta que sea Luna nueva”.

  • * Este cuento es un adelanto del próximo libro de María Elena Ortega que será publicado a través de la Editorial Elementum.
  • **María Elena Ortega es licenciada en educación, con estudios en derecho por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH). Cuenta con una trayectoria reconocida en las letras hidalguenses gracias a su antología de cuentos Flores sin Sol; al libro infantil ¿Y dónde están los calcetines? Así como a su publicación más reciente: Microrrelatos a intervalos.

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