Dice Edgar Morin que como venimos del cosmos –yo prefiero la idea heraclitiana de un fluir eterno–, ese lugar se ha convertido siempre en un punto imposible de soslayar desde el punto de vista de la existencia humana. El infinito celeste ha sido un lugar en el que en tanto no es nuestro entorno cotidiano, se ha convertido en un sitio en el que pueden cultivarse las más extraordinarias leyendas, como poder en mi modesta opinión.

La filosofía, la religión, la astrología y la astronomía, el origen de la física y la química, y hasta historias absurdas sobre la existencia de criaturas malévolas como brujas y ovnis: un lugar sobre donde se tejen historias de poder.

Cuando el presidente Kennedy anunció que la década de 1960 sería la era en que Estados Unidos habría de iniciar la conquista de la Luna, apenas habían transcurrido unos meses de un acontecimiento que puso nerviosa –y con razón– a la sociedad norteamericana, conocida como la “crisis de los misiles” –colocados en Cuba y que apuntaban hacia territorio norteamericano–. Era parte de la guerra fría entre Estados Unidos y la ahora extinta Unión Soviética. El significado de ese acontecimiento, visibilizado aún más por la propaganda norteamericana del miedo a morir, sirvió para legitimar a las autoridades estadunidenses en sus aspiraciones lunáticas.

La ubicación de misiles soviéticos en territorio cubano representó en términos simbólicos la manera en que se hizo visible la superioridad comunista en la lucha por conquistar el espacio lunar sobre la nación defensora de la sociedad industrial, Estados Unidos (EU). Refirió otra tremenda realidad: que la guerra en la Tierra no está disociada de los viajes dirigidos en aquel momento a la conquista de la Luna, como ahora los viajes a Marte no están separados de la guerra comercial entre EU y los chinos. Los misiles en su estructura y en la tecnología que se utiliza en su construcción y lanzamiento, provienen enteramente de aquella materia que se utiliza en la construcción de los cohetes que se lanzan al espacio.

La llegada del hombre a la Luna escrita por los propagandistas lunáticos norteamericanos ha sido construida sobre la necesidad de responder a la amenaza tecnológica que representaba la Unión Soviética, y que se traducía en una superioridad militar a la hora de la guerra. Los sentimientos de la población estadunidense que en la calle al ser entrevistada –ver la producción de History Channel– se sentía en desventaja con respecto a los avances rusos en materia de experiencia sobre los viajes alrededor de la órbita terrestre, reflejan esa sensación de temor y aspiración a ser mejores en la carrera cósmica, como una manera de ganar la guerra al comunismo.

Los viajes al espacio interestelar cada vez son más peligrosos para la humanidad entera y para la preservación de la vida en el planeta, cuyos rasgos nocivos deben ser inmediatamente detenidos por el resto de la humanidad. Están marcados por el uso de la tecnología cósmica en la vida de guerra, el comercio y la muerte que priva en la Tierra, como la tecnología de los cohetes lunares y su aplicación a los misiles que amenazan la vida del planeta, debido a la carga nuclear que pueden transportar y terminar con la vida terrestre. Mientras más eficaces sean los vuelos de trasbordadores espaciales un mayor peligro pesa sobre la vida.

Las palabras de la tripulación del Apolo 11, en el supuesto alunizaje de julio de 1969, en relación a que “es un pequeño paso del hombre, pero un gran salto para la humanidad”, parece más bien un guion de alguna película norteamericana escrita en Hollywood –por Stanley Kubrick, por supuesto–, que nos refiere el papel de EU como gestor del destino humano. Pero, en realidad, esos éxitos han significado un gran salto para las ahora llamadas empresas multinacionales de Estados Unidos, que controlan la producción del software y que se ha multiplicado en las tecnologías de las pequeñas computadoras y teléfonos celulares que ahora simbolizan el mundo global.

Asimismo, le han dado una superioridad militar en el mundo. Imagínese, estimado lector, al equipo de computadoras del que estuvo –y está, pero modernizadas, como resultado de la aplicación de la tecnología cósmica a la vida cotidiana empresarial-comercial-poder– provista la NASA y que dirigía las misiones al espacio que hemos visto en miles de producciones televisivas que hacen referencia a la disputa del cosmos llevada a cabo por EU. Ahora, traslade su imagen a la guerra en la antigua Yugoeslavia o en la guerra norteamericana en Irak o Afganistán. Se trata de guerras teledirigidas, como resultado de la guerra por llegar a la Luna.

La guerra por el espacio interestelar es un acto de poder que tiene una traducción en lo cotidiano, como lo fue la conquista de territorios ultramarinos durante la conquista llevada a cabo por naciones europeas. La instalación de satélites alrededor de la órbita terrestre representa un hecho que está directamente relacionado con el poder, la cultura y la economía actual. A partir del dominio sobre la instalación de los satélites, se establece un poder que se conecta con la tecnología que nos rodea, como los sistemas de producción robotizados, la microelectrónica, la biotecnología, la inteligencia artificial que ordena nuestras vidas a través de especies de GPS que nos fijan una ruta como destino humano y construyen nuestra bioelectrobiografía.

Cada guerra es un experimento que asocia la tecnología utilizada en el mundo interestelar, por lo que la lucha por conquistar la Luna debe entenderse como la disputa de la superioridad comercial y militar en la Tierra. Quien gane la guerra cósmica no tiene garantizado que triunfará en la Tierra, pero estará cerca. Existen otros factores, entre ellos la brutal explotación a la que está sometida la mano de obra china en donde participan, como en una orgía, todos los capitales del mundo. Pero la actual guerra comercial entre EU y China en torno a la tecnología del G5 no puede entenderse sin lo que debería llamarse en realidad la guerra cósmica.

La palabra lunático se refiere en nuestro medio cultural a aquella persona que tiene cambios de conducta sobre los cuales no tiene control. Con este término me quiero referir a la manera en que se ha destacado en estos días el 50 aniversario del supuesto alunizaje norteamericano en la Luna. En ese sentido, la palabra lunático quiere referirse a la experiencia que ha vivido la humanidad en torno a la carrera por conquistar el espacio terrícola cercano. No llamo lunática a la humanidad, sino a quienes aparecen como sus gobernantes y promotores de una estrategia que debiera ser controlada por hombres y mujeres más sensatos.

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