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Lustrar minerales: el arte de la minería y el aseo de calzado

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Su caso

Destino o vocación

En las afueras de la conocida y tradicional plaza Bella, rodeado de los símbolos de la modernización, como un restaurante Vips, una cartelera gigante que anuncia los mejores estrenos del año y de espalda a una iglesia como alegoría de la fe, Agustín Hernández permanece desde hace 18 años de lunes a sábado de siete de la mañana a ocho de la noche en espera de algún cliente que desee “echar bola”, es decir, asear su calzado por 15 o 25 pesos.

“Aprendí el oficio desde que tenía 10 años, yo me enseñé solo desde niño, andaba en las calles rodando como las piedras desde que llegué a esta ciudad directo de un pueblo de Huayacocotla, Veracruz; compré un cajón de madera junto con otros niños y en ese tiempo me iba a los parques o tocaba en las casas para pedir zapatos, las personas sacaban dos o tres pares, y me pagaban dos o 2.50 pesos.”
Él lo llama el oficio de aseador de calzado, el mismo que lo acompañó durante su infancia y adolescencia hasta los 17 años cuando de bolero se convirtió en minero; después de 24 años, el destino o la vocación, nadie sabe, regresó Agustín a su primer aprendizaje laboral.

claves

+Desde
hace 18 años,
Agustín asea
calzado por
15 o 25 pesos

+En un
día normal
gana 100 pesos por el
oficio conocido como
“echar bola”

+En 1979
y cuando
aún limpiaba calzado, un amigo lo invitó a trabajar en las minas

+Obtiene
una pensión
mensual de 650 pesos
luego de laborar 24 años
como minero

“Retomé mi primer oficio porque lo que bien se aprende nunca se olvida, me incorporé a la Unión de Aseadores de Calzado de Pachuca donde me cobraron 150 pesos por inscribirme, y actualmente pago una cuota de 40 pesos al mes, pero eso es para nosotros mismos, para algún compañero que enferme o llegue a fallecer, porque uno nunca sabe cuándo le puede tocar y siempre es bueno tener un centavito en caja.”
Existen quienes afirman que el oficio empieza a perecer con el paso de los años, Agustín defiende que no, “al contrario, ha aumentado porque si uno no sabe trabajar pues la clientela nada más viene una vez, pero nosotros afortunadamente hacemos lo que se puede para que regrese. Esto es un trabajo como cualquier otro. En un día normal de la pura ‘boleada’ saco 100 pesos, pero algunos días me voy sin ninguna, la gente no se bolea en días festivos o cuando llueve.”

Excavar y sobrevivir

En 1979 y cuando aún limpiaba calzado, un amigo lo invitó a trabajar en las minas, aceptó porque la propuesta vino acompañada de una promesa que cualquier obrero busca: progreso.
“Me fui porque me ofrecían más dinero que en la ‘boleada’ y entré a unas minas en pequeño llamadas Terreros, hoy ya no se trabajan pero todavía existen rumbo a El Bordo y Camelia. Como nuevo inicié con el pico y la pala, ganaba entonces 540 pesos a la semana, ahí estuve cinco años, después un vecino me ayudó a entrar a la Compañía de Real del Monte, en la mina San Juan Pachuca, me presentó con el sindicato y pude entrar a la mina grande. Yo no me quería quedar como ‘burrito’, siempre quise salir adelante.”
Con el tiempo ascendió a encargado de cuadrilla, personal conocido en las minas como de tumbe o de avance, lo que significa que su sueldo era a destajo, entre más trabajaba más dinero obtenía, puesto que desempeñó hasta el 2000.

“Viví el accidente más grande que hubo en la mina de San Juan, el 12 de octubre de 1985 murieron 19 personas cuando cayeron 150 metros dentro de una de las jaulas en las que descendíamos. Fue una tragedia porque los que sobrevivieron a esa caída fallecieron ahogados debido a que había un espacio de 15 metros de profundidad donde se detuvo la jaula. Se ahogaron unos a otros por la desesperación de querer salir. Trabajar en la mina es como trabajar en un laberinto, significa descender a la oscuridad. Aquí afuera estamos en la gloria.”
A través del tiempo el salario de los mineros disminuyó y el riesgo aumentó, una persona pensionada por ese oficio con el cargo de jefe de cuadrilla obtiene 650 pesos al mes, aunque queda asegurado de por vida en el Instituto Mexicano del Seguro Social, “por eso estamos obligados a buscar opciones porque el dinero no alcanza. Este es un oficio tranquilo porque no es muy pesado, lo que ya quiero es descansar después de trabajar tantos años con maquinaria pesada, en este lugar estoy contento con mi trabajo.

“Me quiero dedicar a esto por mi edad, porque no encuentro trabajo en otro lado, pero el empleo que uno tenga debe desempeñarlo con amor y dedicación. Aquí estamos y debemos seguir hasta que Dios diga.”
El arte de lustrar zapatos también es hereditario, el hijo mayor de Agustín comparte el oficio todos los días en una relación de compañía y aprendizaje; de sus 59 años, Agustín Hernández fue minero 24, lleva 25 de bolero, y viceversa, y a nosotros su historia nos recuerda que tenemos espíritu pero necesitamos temple.

Trabajar en la mina es como trabajar en un laberinto, significa descender a la oscuridad. Aquí afuera estamos en la gloria; estoy contento con mi trabajo de bolero, aquí estamos y debemos seguir hasta que Dios diga

El arte de lustrar zapatos, “echar bola”, asear calzado, limpiabotas, como prefiera nombrarlo, tuvo su época de auge en 1940 del siglo pasado, cuando llegar con los zapatos con brillo era un requisito indispensable para entrar a los salones de baile que guardaron por décadas una parte de la historia de este país. Por otra parte, el oficio de extraer minerales con pico y palas en las manos inició aproximadamente en el siglo XVIII en esta entidad, es pasado y presente. Agustín Hernández lleva entre sus recuerdos los años dorados de ambos, es bolero y fue minero, o viceversa.

“Aprendí el oficio desde que tenía 10 años, yo me enseñé solo desde niño, andaba en las calles rodando como las piedras desde que llegué a esta ciudad directo de un pueblo de Huayacocotla, Veracruz…”

 

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