Luz roja (segunda parte)

231
fracaso

Gio Tezcatlipoca

Dio su pasaje a don Dagoberto, el chofer del microbús Dina modelo 1992 pintado de color blanco con cuadros rosa, el color de todos los camiones de la ruta desde hace 25 años, los mismos que tiene don Dago trabajando en esa unidad. Como dije, da su pasaje al chofer, sin preocuparse por darle la cara o si quiera mirarle como agradecimiento, solo deja sus seis pesos con cincuenta centavos en la mano del anciano y toma asiento justo detrás de él. Si hay algo cercano a algún gusto que pueda tener, es ese asiento, ese sucio asiento cubierto de vinil negro, ¿por qué le agrada? Seguro que es porque de un lado está roto y sin espuma en su interior, haciendo que solo una persona pueda usarlo, creo que es para evitar compartir o tener que pasar por el tedio de saludar o cruzar mira con cualquier extraño que quiera sentarse junto a él.

Aún con 15 minutos de viaje por recorrer, se dedica a mirar el paisaje semiurbano de su colonia, recargando su cabeza sobre el cristal lleno de grafiti, golpeando su cabeza repetidamente por el movimiento generado por ese viejo transporte, tratando de no pensar en nada, solo mirar, sin importarle que ese Sol matutino le dé directamente en la cara. Solo está ahí, mirando todo y nada. Entonces, una luz roja detiene el viaje, justo entre la calle Vicente Guerrero y Benito Juárez, el incesante pasaje de imágenes se detiene; entonces, él a través de ese maltratado cristal puede verla: un metro cincuenta y cinco centímetros de altura, no más de 46 kilos, cabello lacio y despeinado apenas debajo de sus orejas cubiertas por ese mismo, fleco por encima de sus cejas, ojos grandes y negros como el chapopote de la carretera, mirada distraída, mejillas rosadas y regordetas, piel casi transparente, un vestido apenas arriba de las rodillas con un tramado de flores, como la del taburete de la casa de su abuela, sobre ese vestido una sudadera gris Nike cerrada con capucha y una gran bolsa en la parte de la barriga, evidentemente le queda grande, al menos dos o tres tallas más de lo que debería usar, calcetas escolares, también color gris, tenis Converse Chuck en negro, viejos, sucios y algo rotos, con agujetas moradas.

De pronto no le molestó pensar, y pensó; pensó que no le molestaría que ella se sentara a su lado, de pronto odió ese roído asiento, pues ella no podría sentarse junto a él. De pronto no le molestó haberse levantado de su cama ese día, de pronto quiso pensar en ella para siempre, aprovechar esa eterna luz roja y abandonar ese oxidado camión de la ruta 43, dirigirle la palabra por primera vez a don Dagoberto, mirarlo a los ojos para pedirle que abra la puerta, bajarse, correr hacia ella y poder preguntar su nombre, preguntar a dónde va y pedir acompañarla.

De pronto quiere salir de ahí, quiere salir de sí, quiere sentir, quiere reír y sentirse feliz, quiere llegar a ella y no dejarla ir.

De pronto… de pronto la luz roja deja de existir, dando pie a la luz amarilla y la luz verde se hace venir.

El camión siguió su trayecto, ella se quedó atrás, distraída, en la Benito. Él dejó de pensar y regresó a su estado indiferente, marchito.

Pudo ser amor o un encuentro fortuito.

Puedo ser casualidad o un milagro inaudito, no importa más, pues jamás la volvió a ver, incluso dejó de viajar en micro, él volvió a ser el de siempre, un tipo solitario, maldito.

Luz roja

Comentarios