Después de una noche de insomnio en la que creyó tomar una decisión definitiva e irrevocable, pero que ante los ojos escrutadores de K se quedó solo en pensamiento carente de acción, M se cuestionó a sí misma y se tildó de cobarde durante varias horas.
La mañana se hizo esperar porque la infinidad de instantes fueron extremadamente lentos y dolorosos. Llegó al fin el ansiado día y con las primeras luces se levantó presurosa. Deseaba huir a algún lugar desconocido y lejano donde él no la alcanzara ni sabiendo el sitio exacto de su partida ni conociendo el tiempo preciso de su llegada.
Se bañó deprisa, se vistió aún con mayor velocidad y su desayuno frugal no le llevó más allá de cinco minutos. Su marido seguía durmiendo y sin enterarse de su determinación: escapar de aquella existencia de hilacho.
Con aquel pensamiento turbio salió de la casa sin hacer ruido, como una ladrona que huye antes de que la agarren con las manos en la masa. Se fue andando. El barrio le pareció distinto en muchos aspectos y con mucho más color. Las formas también le parecieron diferentes, no solo de tonos más diáfanos sino también de formas más claras.
Su paso era lento y se entretenía en cualquier detalle que antes no había percibido en todo su encanto. Era bonito su barrio, ahora lo veía hermoso. Eso debía ser la libertad recién adquirida: la conciencia de que estaba viva y andaba hacia ningún lugar.
Dio una vuelta sobre sí misma, con los brazos extendidos sobre su eje. Sintió la brisa suave en la palma de sus manos, las yemas de sus dedos captaron la esencia del Universo. M fue verdaderamente feliz en esa extrañeza que la envolvía.
Se encontraba bien en su ensueño de crisálida a punto de convertirse en mariposa de alas grandes hechas de luz. No deseaba volver a casa y encontrarse con K acomodado en su computadora y escribiendo quién sabe qué cosa para quién sabe qué personas. Nunca había entendido el trabajo de su marido y lejos de admirarlo por él era uno de sus puntos de desencuentro no expresados.
Su camino se bifurcó al alejarse. Penetró en paisajes nunca antes vistos por ella. Extraña, desconocida, ignorada de sí, con un goce inmenso que iba unido a lo desconocido. Reventó su capullo y la mariposa que era se asomó al mundo y voló. No se arrastraría más el gusano que fue.
Se había alejado mucho, no conocía nada de lo que le rodeaba. Empezó a asustarse un poco, pues no se había fijado en absoluto qué camino había tomado su deambular. Emprendió su regreso atendiendo a su mero instinto.
Como esperaba K estaba frente a la pantalla de la computadora emborronando una hoja ficticia llena de luces blancas imaginarias, es decir, convirtiendo los ceros y los unos en símbolos que configurarían algún entendimiento para alguien.
Ahora tocaba acercarse y fingir o empezar a decirlo todo, quizá con el grito que los desgarraría para siempre. Apretó los dientes y se fue directamente al estudio. No le dijo nada. Su indecisión pudo más. Casi se puso a llorar, única fuga posible. No era cobardía ni miedo lo que evitaba que dijera las palabras que tenía pegadas en el cielo de la boca desde la noche pasada.
Le dio un beso y acarició su pelo como hacía siempre. Escuchó cómo M ronroneaba como gato viejo al sentir su tenue caricia y pensó que todo seguía igual y que solo ella era la nota discordante de tanta harmonía.
Volvió a salir y esta vez sí puso su plan en marcha, el que había ideado durante las malas horas de la noche. Todo su mundo cambió desde el momento exacto en que no dijo las palabras rituales de despedida. No había vuelta atrás, el destino estaba echado boca arriba y a la espera. Adentro estaba K dando vueltas y más vueltas, sin entender. La ruleta de sus vidas se había puesto a andar.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.