“M, K, M”, se decía a sí mismo como un mantra que lo protegía de todo mal y que le permitía alcanzar todo el bien posible de este mundo, haciéndole olvidar todas las pérdidas y sufrimientos.
Hora era de que el tiempo apacible volviera y la sonrisa con él; la sonrisa del afecto que no tenía que haber dejado nunca y que, sin embargo, había partido de su rostro al ver la seriedad de M y sus circunstancias.
Había que recomponerlo todo de una vez y para siempre, es decir, tenía que absolutizar el compromiso y hacerle ver a su mujer que este no tenía término como cualquier otro contrato, no al menos mientras tuvieran vida.
Y, ¿cuál era ese contrato al que se refería? Él podía resumirlo en algunas frases sueltas o hacer un largo discurso en torno a las cláusulas, mismas que una a una podía repetir en su mente sin temor a equivocarse. Lo demás era pura ignorancia.
Estaba tranquilo, el mantra lo había dejado en aquel estado de paz. Lo repetía hasta la saciedad. Era el antídoto que había encontrado para calmar sus nervios alterados por la presión de ver a su esposa deambular sin descanso en pos de un futuro incierto.
“M, K, M”, se volvió a repetir. Ahora en voz alta, casi gritando, sin temor a ser oído por alguien que interpretara mal los signos que para él tenían una semántica tan clara. “La flor en el pecho y el ojal suelto de toda circunstancia. Forma y madeja que las parcas manejan a su antojo. Al fin y al cabo la vida misma es el rostro de ella”, se decía.
Se abrió la puerta y su mujer entró con paso apresurado. Al vuelo le lanzó un beso que él alcanzó con dedos temblorosos en los que puso su corazón. Las prisas de M lo trastornaban, le devolvían a su soledad de sombras.
“El portazo sonó como una interrogación”, como diría aquel cantante. K siguió cantando: “Esta vez yo quería quererla, pero ella no…”. Pero no era cierto, él siempre la había querido y ella también, con sus maneras de mundo raro.
Pensó: “Ahora, afuera hace frío y llueve, ¡y ella va desabrigada, como siempre!”, luego se preguntó: “¿se habrá refugiado de la lluvia o le estará cayendo a raudales por su pelo negro?” La lluvia y el pelo de su mujer, ese era un buen tema para recordar en el futuro.
Se dijo: “Cae la lluvia en tu pelo/ tengo asombros de esperanza/ añoranza/ entristezco mi corazón de alegría/ ronroneo en la caricia/ tus labios: el relámpago, mi cielo/ tienes ojos de cianea…/
No continuó. Las palabras eran dulces, pero le hacían caer en un abismo de oscuras suertes. De nuevo su boca: “M, K, M”. La puerta se abrió y ella entró en la casa para quedarse.

Comentarios

  • Etiquetas
  • K
  • m
COMPARTIR
Artículo anteriorInicia semana tres de Conferencia Infantil de Fademac
Artículo siguienteTrabajan en reconfiguración de museos municipales

Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.