Los dos recordaron al mismo tiempo, aunque de forma diferente. Su memoria los llevó a unas vacaciones de hacía 10 años en las que tras mucho ahorro, esfuerzo y discusión decidieron apartar sus escrúpulos financieros y tomar un préstamo para irse de crucero por el Mediterráneo.
En el instante en que tomaron la decisión del viaje estaban convencidos de que la alegría que sentían sería perpetua y que los momentos que vivirían tendrían la esencia de lo inolvidable. En su intención había un sentido de permanencia ignorada. Es decir, de memoria y olvido al tiempo. Por tanto, la felicidad que experimentaban, lejos de tener un sentido verdadero, estaba hecha de los hilachos de los acaecimientos inciertos.
Tampoco eran conscientes, para ser más precisos no querían serlo, de las potencias que las rutinas activan en forma de imágenes equívocas. Se encontraban demasiado arrebujados en sí mismos, demasiado imbuidos de amor propio para serlo, cuando les asaltó aquel placer paroxístico producido por el recuerdo.
Se miraron al espejo sonriéndose y se vieron perdidos en la soledad de una representación compartida que no era igual. No es que temieran que aquella falta de sintonía del recuerdo los llevara a un desengaño sobre el inicio de sus propias vidas en pareja. Simplemente la desunión imaginativa que se había producido los alejaba y eso les dolía.
Sin previo aviso había surgido en sus mentes aquel suceso del viaje, aunque en versiones tan disímiles que parecían dos momentos diferentes que pertenecían a historias distintas. Se dijeron al unísono: “¿Te acuerdas?” y se contestaron a la vez: “Claro que me acuerdo”. Entonces empezaron una remembranza de aquel momento del viaje que con tanta ilusión habían preparado y que acabó encerrado en la caja fuerte de lo que no se debe abrir jamás.
K dijo: “Era el primero de septiembre de 19xx, todo estaba en calma y brillaba la luna entre la espuma blanca que dejaba la estela del barco”.
M tenía en su mente otra imagen y así lo expresó: “Eran exactamente las 12 en punto y el sonido del mar se unía al del aire conformando una dulce melodía que llenaba el espíritu de esperanza. Entonces me tomaste las manos y las besaste”.
“Las besé con un amor tan grande como el cielo y las estrellas que veíamos asomados en la barandilla de popa…”
“La tierra de Nápoles se alejaba como por encanto y entonces pensé, con mis manos en tus labios, que aquello era un sueño y que no quería despertar nunca de él…”
“Alguien gritó en ese instante algo incoherente y se rompió el encanto que había surgido de forma maravillosa entre nosotros…”
“Era un viejo que estaba borracho y que se acercó con su pipa en la mano. Luego se cayó al suelo fulminado por nuestro sueño…”
“Era un niño jugando con una pistola de juguete que nos disparaba al tiempo que reía a carcajadas…”
“Era una mujer llorando que gritaba su miedo a la soledad…”
“Era un hombre abandonado que rugía su furia en el viento cálido de la noche…”
“Éramos nosotros.”
“Sí, éramos nosotros”, contestó él.
K le tomó las manos y las besó. No había mar ni noche ni estrellas, pero no importaba. M sintió que el nosotros renacía. Se miraron con amor. El recuerdo desapareció.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.