M estaba con la mirada fija en la pared viendo cualquier cosa que se pareciera a una mancha que la distrajera de sus pensamientos. En una palabra, estaba aburrida y sin saber muy bien qué hacer o qué pensar para hacer que sus pensamientos se distrajeran.
En esas circunstancias lo mejor era encontrar un medio para divertirse, pero dónde hacerlo y, sobre todo, qué encontrar en aquellas horas del sábado que fuera lo suficientemente satisfactorio para que valiera la pena salir de casa. Además, debía convencer a K, quien en esos momentos estaba haciendo quién sabe qué cosa en el ordenador.
Soltó un suspiro amplio, prolongado y sonoro para llamar la atención de su marido, que estaba en algún lejano lugar de la pantalla que parpadeaba a 100 mil kilómetros por hora. Como no logró llamar su atención, expresó su deseo en voz alta. Esta vez sí le prestaron atención los oídos de K, que solían ser más duros que una piedra.
Dijo: “Si hubiera algún lugar donde pudiéramos oír música”. Lo dijo con tanta ternura y emoción que removió el espíritu de su marido, quien presuroso se puso a buscar dónde satisfacer necesidad tan perentoria como la expresada por su mujer.
La suerte le acompañó y encontró un espectáculo musical que parecía prometer, aunque desconocía cuál iba a ser el resultado del azar recién adquirido. Salieron presurosos, pues en apenas media hora tenían que: comprar los boletos en taquilla, entrar en el teatro, comprar algo de líquido y alimento para soportar la velada, subir las innumerables escaleras, encontrar sus asientos, sentarse y respirar aliviados antes de que se apagaran las luces e iniciara el espectáculo.
Llegaron a su lugar relativamente pronto, pues justo se estaban sentando cuando sonó por el altavoz la consabida: “primera llamada”. Así que pudieron observar el ambiente y las circunstancias, que pintaban favorables, pues no tenían nadie delante que les impidiera ver el escenario. Tampoco tenían nadie a su lado derecho, en el izquierdo había un pasillo con escalones altos y tapizados con una alfombra desgastada de color rojo.
Justo después de la tercera llamada la cosa empezó a torcerse; del lado derecho de K hubo un corrimiento de gente, que cual terremoto casi pisotea sus churros con leche condensada que guardaba como un tesoro.
Después fue peor, justo delante de él se sentó el hombre con el cuerpo más grande y la cabeza más enorme que natura diera. Para colmo el susodicho no hacía más que bambolearse de un lado a otro. En una palabra, no le dejaba ver las minúsculas cantantes que se movían en el escenario y cantaban como los ángeles.
Empezaron ellas con unas áreas celestiales de ópera, siguieron con canciones célebres de musical norteamericano, luego con las melódicas de José José y de otros cantantes mexicanos. En ese momento, justo en ese momento se alegró K de la existencia del cabezón y descubrió que para algo le iba a servir.
Unas luces de colores inundaron el escenario y luego salieron disparadas hacia sus ojos, deslumbrándolos y lastimándolos. “¡Ah, pero está el cabezón!”, pensó K. Así que puso detrás de él, en su nuca, sus ojos y de esta forma fue esquivando las cegadoras luces de los focos.
A esas alturas ya habían terminado las canciones melódicas y empezaba un repertorio de banda, tipo Ángeles Azules pero con un grupo explosivo. ¡Muy bonito todo!, le parecía a M. K tomó su mano, que tembló en la suya. Estaba feliz y se la veía contenta y disfrutando como hace tiempo no lo hacía.
El clímax fue cuando salió el mariachi y empezaron a cantar las clásicas de José Alfredo Jiménez y por último el “México lindo y querido”… La gente se entregó con ellas, se desgañitó la voz cantando. Fue el acabose, y sí ahí acabó. Todos salieron muy contentos, felices, unidos.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.