M se sintió observada por K y eso la incomodó. No la observaba de una manera normal sino de una forma totalmente inadecuada, como si fuera una cuchara que en cualquier momento se metería en la boca por el puro placer de tener algo entre el paladar y los dientes. Y era precisamente esa sensación la que buscaba alejar de ella con paseos cada vez más prolongados. Pero siempre volvía, sin saber muy bien por qué regresaba, esperando que la mirada de K fuera diferente, distintas sus palabras y gestos.
Leyó por la tarde, a escondidas, las reflexiones de su marido y comprendió lo preciso de sus sensaciones. Le recorrió un escalofrío por la espalda al llegar a las líneas de los utensilios metálicos y de porcelana, con sus funciones precisas. Fue precisamente la analogía que hacía de ellas con ella, que terminaba con su comparación con la cuchara, lo que le produjo una angustia momentánea. Momentos después K la encontraba estirada en la cama con un sudor frío que le recorría la frente.
“¿Te encuentras mal?” Le preguntó con el alma. “Las cucharas nunca se encuentran mal”. Le contestó con un tono de voz recién inventado que lo hirió profundamente. Él disimuló la herida con una sonrisa bondadosa que le salió torcida. “¡Has leído mis reflexiones!”, le dijo de forma enfática, pero sin orgullo. “Está bien que lo hayas hecho, así me podrás decir que piensas y quizá aclararme algunas dudas que me atormentan.”
Ahora ella lo miraba con asombro y confusión a un tiempo. Siempre había pensado que su marido lo sabía todo con respecto a ambos y en ese momento se daba cuenta de que él era el más ignorante de los dos, que detrás de su fachada de intelectual reconocido por su filosofía se escondía una inmensa estulticia.
“No me mires con tanta lástima, que yo te comparará con una cuchara no quiere decir que para mí lo seas o que solo seas un útil sin más.” Ella le dio la vuelta por el lugar que menos esperaba, aunque esperara casi cualquier cosa al llegar a ese punto del abandono que había alcanzado. “Palabras, solo palabras en tu boca que masticas sin entender en absoluto. Se te dan bien y abusas de ellas, como abusas de mí al considerarme un instrumento útil para tu boca.”
Le respondió: “quizá tengas razón, aunque no estoy muy seguro de ello. Es posible que la tengas, pero aún si fuera así y tu verdad fuera la buena, eso no te da el derecho de mostrarte tan orgullosa y arrogante.”
Los labios de ella se contrajeron en una mueca horrible que afeo su hermoso rostro por un segundo que él captó en toda su eternidad. “Nunca estuviste tan bella”, le dijo señalando su rostro con ojos que la reflejaban más allá de toda duda. “Entonces, sí soy una cuchara para ti, una redonda y horonda cuchara que te sirve para llevarte a la boca tus necesidades. Patético, patético…”, repitió varias veces esa palabra que reflejaba su pensamiento. Mientras lo hacía sintió un alivio inmenso, como sí en ellas se encontrara la clave que lo hacía comprensible.
Ahora volvió a sonar la voz de él para deshacer el instante de luz en que ella se había sumergido y volverla a una realidad más prosaica. “Una cuchara es una cuchara, querida, y tú no eres una cuchara, eres una mujer de carne y hueso que ama, que me ama, y eso es lo único que para mí cuenta.”
M se preguntaba cómo K le iba a demostrar la verdad de aquello. No dijo, sin embargo, nada. Sobraban las palabras, ya habían dicho muchas y el silencio era lo que los llevaría a otro estado, el de la comprensión.
Se sonrieron y tomaron de las manos, comprendiendo hasta qué punto se habían dejado llevar por la estupidez de unas imágenes que habían tomado por la realidad, confundiendo la verdad y llevando la fantasía a un estado de certeza absoluta. “Absurdo, absurdo…”, dijeron varias veces, como sí el solo hecho de decirlo rompiera la ignorancia en que se habían sumergido.
“Se hace tarde y aún no he preparado la cena.” Ella lo miró con asombro, él nunca había cocinado. “Algo ha cambiado, quizá sea él la cuchara ahora”, pensó. Por un momento lo creyó. Él preguntó: “¿me ayudas?” Al final sería como siempre, ella tendría que hacerlo todo y él se quedaría observándola como lo haría con una cuchara.

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