Despertó a las cuatro de la mañana después de dar vueltas en la cama por dos horas y 13 minutos, contados uno a uno con el pastoreo que hacía más viable el insomnio. Se puso encima del camisón que usaba para dormir, una manta áspera pero caliente. Salió al balcón, hacía frío. Agradeció el calor de la manta y la picazón del algodón rudo en los brazos.
Pensó en K, quien dormía apaciblemente a unos metros de su espalda. “¿Qué soñaría y con quién?” No sabía que siempre soñaba con ella y que toda la vida de sus sueños transcurría en un ir y venir de miradas a sus ojos grandes que miraba fijamente intentando descubrir en ellos su propia existencia.
Se sentó en la silla de hierro del balcón. Su halo hacía humo en la neblina de la noche. Había humedad y sentía frío a pesar del abrigo improvisado. Temblaba bajo la única estrella que se vislumbraba, entre nubes, en el cielo.
Le hacía bien estar allí, casi obnubilada por las luces de la ciudad que veía tan lejos, con la vista cansada de quién ha recorrido su mundo interior en idas y vueltas interminables que paradójicamente, o no tanto, acababan por ser movimientos estáticos de venidas y revueltas en un mismo lugar.
Extrañaba algo impreciso, un recuerdo olvidado, quizá, que se había vuelto desmemoria y le enturbiaba el sueño. Tal vez aquel olvido no fuera un suceso, un hecho, algo tangible, sino una sensación intuida más que apreciada, o sea, una inexactitud latente de exasperación.
Se volvió, los cristales la separaban de K, tan tranquilo y bobo como siempre. Lo amaba con un amor difícil de explicar, pero que sabía estaba hecho de un material frágil y de una “duda razonada”, como diría él en su afán de ilustrar lo que debía permanecer oculto.
De nuevo la estrella minúscula apareció en el horizonte de sombras de esa noche tan espesa. La miró, ahora con más atención. La vio como un ojo del Universo que la observaba como ella lo hacía.
Entendió de inmediato que era absurdo su pensamiento, aunque tan bello que no se resignaba a dejarlo ir. “La estrella un ojo, ella otro ojo, y ambos se miran a través del infinito en una interrogación de años luz”.
Le entusiasmó esa frase y la hizo suya, podía repetírsela cuantas veces quisiera: callada o gritándola a la ciudad dormida. Sintió placer repitiéndola, sabiendo que decía más de ella que cualquier exactitud.
“¿Qué pensaría K si se la dijera?”, se preguntó. Enseguida desistió de hacerlo. Su marido era tan racional que la consideraría poco razonable, absurda. Quizá, empezara a ver en ella síntomas de una lucidez próxima a la locura.
No, no le diría nunca que de ella había surgido aquella oración que ya consideraba como un rezo propio, un mantra de sí misma para sí misma. Nadie sabría jamás de aquella forma absolutoria surgida de la noche y de la estrella solitaria.
Se contrajo por un soplo de viento más frío y húmedo que los anteriores. Sus ojos derramaron lágrimas de alivio que se confundieron entre sus labios formando un arroyo anegado de reconocimiento.
Pese al frío que había sentido momentos antes ahora la inundaba un calor beatífico, un calor procedente de su fuero interno penetrado por la estrella solitaria del firmamento. Una nube más gruesa que las anteriores tapó, de nuevo, su luz. Un rayo rasgó el aire y el trueno sonó duro y premonitorio. Empezó a llover.
Se dijo para sí en voz queda: “Una piedra, un camino; una piedra en el camino. Una estrella, un ojo, un ojo en la estrella que es un ojo. La piedra, el camino, la estrella y el ojo: él, K”, que ahora la abrazaba desde la espalda.
Se confundió el abrazo con el silencio, con la lluvia que empezaba a caer con gotas gruesas mojándolos, haciéndoles sentir los sentidos a flor de piel. Las manos de él recorrieron el cabello mojado de ella. No había nada que decir. Despertaba el amanecer.

Comentarios

  • Etiquetas
  • m
COMPARTIR
Artículo anteriorLa distorsión del movimiento antigasolinazo
Artículo siguienteAcredita Cacei ingeniería de materiales
Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.