Macario, B Traven Aquelarre, Aquelarre

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Ya son fechas de inframundo y mundo etéreo. Empieza el lento retroceso de todo rastro del calor de primavera, verano y otoño para que inicie la fría oscuridad. Las criaturas que se esconden durante un año para emerger de nuevo cuando la influencia del Sol se encuentra lejos y sin todos los beneficios de su luz, son todas del folclor universal.

La idea bastante “nueva”, más bien redescubierta de un Krampus como la imagen negativa de Santa Claus, en realidad responde a la forma en que el folclor europeo construyó la idea de una supervivencia invernal asolada por nieve, locura, hambre, intemperie y cómo en medio de una lucha que parece eterna, durante una oscuridad que más dura conforme se acerca al casco del hemisferio polar, solo puede haber dos clases de aparición: la de una criatura que en el delirio de hambre y fiebre aparece deformada, pero es un animal silvestre tan hambriento como la víctima, o un alma que también solitaria, se defiende de las inclemencias del tiempo y con ella se puede hacer equipo para sobrevivir a la naturaleza.

Con la gradual expurgación literaria, se retiró la nieve del horror de invierno, se le añadieron colores naranja, púrpura y negro para representar calabazas de otoño; el misticismo asociado en su rarísima forma natural, con la única y singularísima santidad, así como la más pura espiritualidad en estado púrpura, en el otro lado del espectro donde los rojos ya tenían una connotación diabólica. Por último, el negro, que no es un color de malevolencia; la misma cultura que le dio sentido a los dos colores previos, se encargó de recordar en sus festividades hubo un tiempo que a falta de electricidad, solo tenía carbón y leña para conservar calor, pero no luz, en una época cuando ni el Sol ilumina bien…

Por eso, cuando B Traven llegó de Alemania a México para continuar sus labores de periodista y asumió el seudónimo con que se dio a conocer en el país, además para publicar en castellano los textos que solo podían estar más cerca de la cultura nacional, no es de extrañar la enorme sorpresa que se encuentra en todos sus textos.

Muy bien disfrazado como escritor nacional, la obra de B Traven tuvo por característica que toda fue desde el comienzo de asombro y así se mantuvo hasta la última pieza publicada. Gracias a Alfredo B Crevenna, cineasta también alemán quien además de recibirlo, se encargó de promover su trabajo literario para adaptaciones cinematográficas, quién hubiera dicho que ese extranjero escribiría Macario, una de las piezas más memorables de la cultura nacional y que hasta la fecha representa el universo de lo que para el mexicano significa viajar hacia el mundo del más allá y desde ahí entender con ese atisbo cómo existe y discurre la vida para el resto de los mortales.

Precisamente una de las características de nuestra cultura, que chocó contra la percepción monolítica de Traven, basada en un universo por completo europeo con reglas y rasgos ajenos a lo que él estaba acostumbrado, no solo sirvieron para dejarlo boquiabierto, lo arrastraron consigo hacia una versión personal de lo narrado por los hermanos Grimm en La muerte madrina. Así, cuando en 1960 la adaptación de cine se volvió estreno nacional, además se transformó en una de las referencias indispensables de la cultura mexicana, paradoja de paradojas.

Solo hay tres personas que a salto de mata le han dado una identidad, desigual pero existente, a la idea de un mundo rural mexicano, precisamente B Traven, Francisco Rojas González y Juan Rulfo. Pero al hacerlo, también se encargaron de definir un universo inaccesible al que se llega poco por diferentes enfoques y casi siempre termina representado por lo que ellos hicieron.

Así, este lunes 2 de noviembre, la Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) celebra la transmisión de Macario en su página web: www.filmoteca.unam.mx, donde podrá apreciarse en todo el esplendor de las fiestas. Además, solo por el gusto de concederle un lugar importante a la fiesta mágica, para acompañar este libro, un grupo que le acomoda bien el tema, Aquelarre, quienes tienen música desde la década de 1970 y sigue pegándole a los instrumentos.
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