No es complicado acordarse del escándalo que provocó la publicación de Madame Bovary, así como los problemas legales que le produjo a Gustave Flaubert, quien fue perseguido por “la obscenidad” de su novela, además emitida por entregas. Durante el juicio de 1857, cuando se le preguntó por la verdadera identidad de la protagonista, su respuesta fue “Yo soy Madame Bovary”…

Desde ese momento en adelante, todos los creadores que han aspirado a generar una obra de importancia tienen por consigna anticipada contar con un voto de verdad que provenga de su capacidad para conjurar uno, así sea solo uno, de cientos de aspectos capaces de producir un efecto de verosimilitud procedente de la obra creada. Precisamente el enigma de su tiempo al que fue sometido Flaubert cuando estaba bajo el escrutinio de la ley, consistió en el virtuosismo del autor para develar la psicología femenina sin recurrir a la participación de una mujer y que, desde la perspectiva del lector, efectivamente parecía que un velo se descorría para poner al descubierto un universo desconocido.

Lo cierto es que poquísimos autores habían logrado traspasar la barrera de los géneros a la hora de crear personajes creíbles en los que se habría puesto el desarrollo de la narración. La norma era desarrollar unos cuantos personajes cuyas líneas de diálogo e intervenciones no permitían asomar prácticamente ningún aspecto de la psicología del personaje, menos aún dar una versión legible e interesante de los mismos.

Cuando Flaubert publicó Madame Bovary no solo traspasó dicho cerco, se convirtió en una de las referencias universales de la literatura, así como en uno de los desafíos lingüísticos más memorables de los que haya dado testimonio la mismísima historia. Logró asumir la identidad de un personaje al que encarnó en cada uno de los aspectos vedados al género masculino y con ello se vino abajo uno de los más grandes tabúes que hasta la fecha siguen vigentes y se sostienen como una verdad universal, pese a que el autor demostró que tal cosa no es otra, salvo una limitación cultural asumida humana: los seres humanos, precisamente por sus naturalezas masculina y femenina, no pueden estar más apartados el uno del otro.

Paradigmática a más no poder, la novela expone con toda claridad que la mirada femenina ni siquiera es tal, es un artificio, así como los eventuales desencantos que se apoderan de la mujer a cargo del relato. Por más atroz que se presenta el sufrimiento del personaje, es en realidad un artificio, al igual que otros aprisionando los protagonismos de la cultura occidental.

Vargas Llosa en La orgía perpetua no cesa en halagos para una de las obras capitales que habrían de renovar el sentido de las letras y, hasta la fecha, su ensayo se considera uno de los mejor trabajados en torno al tema, aparte de la composición de Darius Milhaud L’Album de Madame Bovary.

Creada cuatro años antes de la aparición del cine sonoro, el trabajo de Milhaud pretendía ser un testimonio musical de la importancia de la novela, llevada al cine de la mano del no menos importante y controvertido Jean Renoir, quien ya desde su trabajo en las primeras décadas del cine silente, se había identificado muy bien con el sello de autor y su obra estaba muy por encima de lo esperado en una cinta convencional.

De allí que la participación de Madeleine Milhaud fuese no solo decisiva para la creación de la obra, sino radicalmente angular, ya que cuando se le dio la participación en la interpretación asumió un doble papel de narradora/intérprete, llevando tanto los matices del personaje como la interpretación que había por dar a Emma Bovary.

Ya sea por la novela, la cinta o el ensayo de Vargas Llosa, se trata de otro de los trabajos que deberían figurar con más frecuencia en estos tiempos que la atención a la pertinencia de los géneros está en boga.https://open.spotify.com/album/5wq4rBJ4ZjqkIFbDFBoc1X?si=7QEhNGVZRi6EQG6R6y6pQA

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