El sistema mercantil ha logrado que el 10 de mayo se convierta en una mercancía como cualquier otra, su valor se tasa en un tipo de racionalidad financiera: ganancias. Anna Jarvis, la principal promotora de esta fecha, tuvo que oponerse y reconocer que su interés original se había transformado en una vulgar venta de productos, que falseaba los motivos para establecer un día y reconocer la labor de las madres.

La experiencia de Jarvis era la vida de su entorno familiar, y el reconocimiento de la madre como figura asociada a la crianza de los hijos. La experiencia latinoamericana ha logrado empalmar con esa fecha del 10 de mayo la tragedia que significa la desaparición de los hijos. Tal vez esta fecha, con estas nuevas experiencias, pueda contribuir a retomar el rumbo de una festividad llena de una buena dosis de superficialidad mercantil y revalorarla.

Como dice Albert Camus: “No existe en este mundo cosa más bella para un hombre –y una mujer– que la inteligencia que se rebela contra la oscuridad de ‘una realidad que lo supera’”. El calendario está lleno de fechas y festividades que empobrecen a la figura materna y humana. Tratan de liberarnos del peso que es la existencia de millones, pero por el camino de la falsa reafirmación de las madres.

La figura de la madre ha sido empobrecida. Recluida en el hogar por el sistema, cumpliendo las funciones de reproducir la cultura dominante, a través de reproducir los valores de una sociedad que nos coloca como seres humillados, como también dijo Camus. La recreación comercializada del 10 de mayo parece una fecha para reafirmar esa humillación, que resulta a todas luces ridícula, falsamente promocionada.

Es una festividad en la que prevalece el encantamiento. Millones de mujeres, tristemente confinadas a las actividades domésticas, se ven queridas y apreciadas socialmente a cambio de garantizar que toda su vida esté sometida a los dictados de una sociedad, que no hace otra cosa que rebajar su condición humana al estrecho margen de unos metros cuadrados, en donde se reproduce la familia y se fortalece el sistema que las desdibuja como seres humanos.

En tanto, allá en el subsuelo de la sociedad, resuena y convive el llanto y la incapacidad, la tragedia y la comedia, el pedido de justicia y las palabras huecas. Miles de familias en todo el país vivimos la trama de la vida cotidiana que nos ha llevado un sistema empecinado en poner por delante la desarticulación social, con el fin de facilitar el imperio de las mercancías. En 30 años, dijo el expresidente Zedillo, veremos los resultados: ahí están.

La aparición de las madres de los desaparecidos, precisamente en este 10 de mayo a escala nacional, no solamente supera la visión de Jarvis del 10 de mayo, sino que con su inteligencia y rebeldía nos oxigenan y hacen sentir una respetuosa alegría ante la zozobra que hemos vivido en los últimos años. La presencia de las madres de los desaparecidos por la violencia actual va más a fondo que la idea de Jarvis. Reivindica el papel de la dignificación del “desaparecido” convertido en dato estadístico.

Para ello, salieron de la oscuridad en donde fueron colocadas por la violencia y la ineficacia del Estado y las instituciones. Pasaron de la sorpresa y la zozobra familiar de unas horas, a la ausencia dilatada que poco a poco estremece el cuerpo de los integrantes de una o varias familias. Las descargas emocionales sobre la desaparición de un ser querido, que se traducen en horas, días y años de ausencia, van marcando la tragedia de una familia.

Por unas horas, días, semanas, meses y años, la ausencia va sembrando la semilla de la resistencia que deja la experiencia de un mundo articulado para que opere un sistema de injusticia, hecho para justificar las fiscalías, los abogados, los cuerpos policiacos, los políticos y el reconocimiento del mundo llamado criminal. La máquina que convierte a los hombres y mujeres de carne y hueso en un dato estadístico.

Estas madres han vivido algo difícil de explicar, pero que puede describirse con una palabra: la muerte en vida. El Estado actual tiene como fundamento el “miedo”. El terror que se ha sembrado en la sociedad ante la violencia es mil veces superior para quienes han vivido la desaparición de un familiar. Se vive en carne propia y el temor se introduce a todas las células que componen el organismo humano.

Pero la rebeldía en contra del mundo del terror, que traduce las desapariciones en un simple dato que asciende a 40 mil desaparecidos, es un sentimiento que como dice el multicitado Camus: “Como las grandes obras, los sentimientos profundos declaran siempre más de lo que dicen conscientemente”, y agrega “… se vuelve a encontrar en los hábitos de pensar y tiene consecuencias que el alma misma ignora” (ver El mito de Sísifo).

El 10 de mayo debería ser un día de “sentimientos profundos”, hasta que aparezcan y se esclarezcan las desapariciones.

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