Ciertamente ganó el candidato demócrata Joseph Biden, lo que ha sido motivo de celebración, casi universal, salvo por algún mandatario que prefirió esperar. Más allá de esa sin razón, la democracia en Estados Unidos, a pesar de la era Trump, pudo recuperar un mundo y su libertad, resistió al fuego, al dinero oscuro, a la política de pobres aspiraciones, al espíritu que mezcla la venganza, la ofensa, la desconfianza, la polarización, como fórmula que expresa lo peor de la tradición populista, libertaria, demagógica. Esas, por supuesto, son buenas noticias, sin embargo, la base que le permitió a Donald Trump ganar la presidencia continúa ahí, amenazante, bravucona, pendenciera: el supremacismo, el racismo, el tribalismo, continúan ahí, como el dinosaurio, del guatemalteco Augusto Monterroso: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. En esta pesadilla, los supremacistas, las manadas del Ku Klux Klan, los nuevos bárbaros, continúan ahí, esas, por supuesto, son malas noticias. En este proceso electoral, la cultura de las ideas, el intelecto más libre, los objetivos sociales progresistas, ganó la elección, sin embargo, continúa ahí, el votante que no responde a plataformas con contenido democrático, con argumentos sustentados, sino por el contrario, que se enardece con la promesa del exterminio, del dominio, de recuperar la grandeza, de volver al Espíritu de Houston esa deforme realidad, continúa presente y no es improbable que un nuevo álter ego trumpista, busque ser presidente, y, lo logre. Desde luego, son los riesgos de la democracia, pero esas batallas la dejan exhausta, expuesta, acosada, herida.

¿Cómo fue posible que un personaje como Trump, haya ganado las elecciones en 2016, la historia de su victoria se puede entender, en primer término, por la crisis económica de 2008-2009, que provocó profunda insatisfacción, porque acentuó la desigualdad que ya se vivía. Trump, con su violencia discursiva, su talento mercadotécnico, falseando siempre la verdad, con sus propios datos, sin ninguna ética, donde, según un conteo de The Washington Post, ha dicho 20 mil mentiras en su primer periodo de gobierno, dijo y prometió a su base de apoyo, lo que esta quería escuchar. En ese extremo radical donde habitan las hordas trumpianas, el odio, la frustración, el nacionalismo étnico, el Estados Unidos de la desesperanza, de la rapacidad y el desamparo, aquel donde el centro liberal ha sido desintegrado, donde mañana pueden cambiar de líder, no de ruta, está viva la peor versión de la agenda conservadora, etnonacionalista, perversa, supremacista, ahí se agita y a ratos se agiganta la (sub) cultura de la violencia, de la post verdad, de la frivolidad y el engaño hecho discurso. Hoy, ganó la democracia, pero el “hermoso” muro de Trump continúa siendo el símbolo del nuevo ahora del supremacismo. No se puede, ni debe olvidar al tirador, este personaje, Patrick Crusius, joven de 21 años, desempleado, sin estudios universitarios, que vivía de beneficios del gobierno, condujo más de mil kilómetros, desde el área de Dallas, hasta El Paso, con el propósito de matar mexicanos. En menos de tres minutos, asesinó a 23 personas e hirió a otras veintitrés, muchas de ellas mexicanos que habían cruzado la frontera para comprar en el llamado Walmart mexicano, (Alfredo Corchado, corresponsal del Dallas Morning News).

El dinosaurio continúa ahí, bajo el lenguaje supremacista de la violencia, el terror y la muerte. La era Trump, enseña que, en un primer momento, dividir, abonar a favor del chantaje, la embestida, la descalificación, la demagogia, puede permitir que se gane una elección. Pero, partir al país, dividirlo, sin sanar las heridas, sin buscar reconstruir la economía, los sistemas de salud, el déficit social, sin renovar y fortalecer la salud democrática, la victoria puede ser pírrica y de corto plazo. La derrota de Trump, es el fracaso, que no desahucio, del populismo de derecha, de la cultura de la barbarie, que en la desoladora afirmación de Walter Benjamin, equivale a la afirmación ¡sin barbarie no hay civilización! El bárbaro era el forastero, hoy, se puede describir como: el otro. El populismo es una forma permanente de devaluar a los diversos, a los otros, de segregarlos; como lo planteó, el varias veces precandidato republicano a la presidencia y exgobernador de Alabama George C Wallace: “segregación ahora, segregación mañana, segregación siempre” La democracia celebra el fracaso de la ola Trumpista, que no está aniquilada. El reto es alcanzar un compromiso democrático para hoy y para siempre.

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