Fuego

Alma Santillán
@alma_santillan

Uno. Somos los milisegundos en que nuestra mirada se encuentra con miradas desconocidas y el instante antes de evitarlas, momentos que a diario nos invitan a vernos a través de un espejo no pedido, líneas rectas dibujadas para sostenerse y reafirmarse con una curva de los labios, líneas y curvas que no suceden.

Dos. Bajo llave se protege el deseo de estar cerca, encarcelado por el temor a cualquiera, porque lo dicen los noticiarios, lo cuentan afuera de un bar y en la sobremesa familiar. Seguimos al pie de la letra el consejo de no hablar con extraños, ni siquiera con el extraño que nos sigue a todos lados, que nos observa al despertar y al maldecir al de junto: nosotros.

Tres. Nos hemos convertido en desconocidos y nos evitamos como tales. Corremos como se hace cuando inicia el fuego al contacto con el alcohol, en un vaso, en un auto, en unos labios. Porque el peligro es atractivo hasta el instante en que pone sus manos en nuestros hombros, y cuando lo ha hecho solo conoce a dos tipos de personas: las que huyen y las que arden.

Cuatro. No somos ni estamos cuando se trata de ser y estar; queremos ordenarle al par de manecillas que giren más rápido pero más despacio, que brinquen al pasado pero también se ahorren el recorrido hasta el futuro en que quizá nos reconozcamos como algo más que un montón de indecisiones.

Cuatro. Tres. Dos. Uno.

Instantáneas sobre la tristeza

Enid Carrillo
@enidbug

I. Ama y señora
Yo a la tristeza no le tengo miedo, le tengo un profundo respeto, como el que le tengo a mis muertos. Desde hace tiempo he dejado de hablar de la tristeza, tal vez porque hicimos las paces y solo la saludo cuando viene de vez en cuando para que no la olvide. He aprendido a convivir con ella, a ser amable cuando regresa. Cuando viene, siempre encuentra la puerta un poco abierta, esta es su casa, ya lo sabe. Sin hablar, nos sentamos a la mesa y le preparo un café mientras ella hurga en mis recuerdos para ayudarme a escribir y a encontrar buenas canciones. La dejo hacer, pero solo por un rato, hasta que se aburre de la grandeza de mi voluntad y comienza a despedirse. En el marco de la puerta que siempre tiene abierta, ella me sonríe burlona, ondeando la mano para decirme adiós hasta que decida regresar

II. Bonsái
La tristeza es un árbol de raíces profundas y lodosas que consumen mucha agua, mucho llanto. Todos nacemos con la semilla de ese árbol adentro que echa raíces en nuestro ombligo. El árbol nos crece a todos, aunque su tamaño depende de la tierra fértil que encuentre para alimentarse

Mi árbol alguna vez fue grande, sus ramas se me incrustaban en el tórax y me dificultaban respirar. Sentía como si mi cuerpo no fuera suficiente para contener a ese árbol que podía matarme. Fue cuando descubrí la técnica bonsái, un método para hacer que los árboles permanezcan enanos y entonces sentí que el mundo me regalaba una posibilidad: salvarme. Así, del frondoso árbol que traía cargando, esculpí uno nuevo, podé su tronco, le retorcí las raíces para que no se enterraran más y entonces, lo vi empequeñecer frente a mis ojos, dejar de ser soberbio e imponente y convertirse en un arbusto que adorna la vida, sin lastimarla con sus raíces

Ahora, después de tanto ensuciarme las manos de tierra, mi tristeza sigue igual de bella, pero contenida. Tiene la misma raíz, pero a fuerza de someterla, puedo hacer mi tristeza sea como un árbol bonsái

III. Iglú
La tristeza es una tormenta helada que te paraliza. Se siente como un frío que no da tregua jamás. No hay cosa que caliente, alumbre o movilice. Hace tiempo viví atrapada en un bloque de hielo que abarcaba los exactos 50 kilómetros que separaban a mi casa del trabajo –y a mí del mundo–

Un día me harté del frío y entonces, al mando del volante aceleré, aceleré tanto, con tantas ganas de sentir el Sol, que rompí el hielo. Poco a poco me fui descongelando, volví a sentir el calor odioso del mundo que incluso llegó a gustarme. Pronto me acostumbré, pronto pude caminar sin que los huesos me crujieran por el frío y me sentí cómoda en la tierra

A veces, solo a veces, se vuelve a sentir como si estuviera atrapada en una ola de hielo, y siento las manos congeladas de nuevo y parece que no encuentro las llaves del coche para lanzarme a la carretera y romper el hielo; siento en el pecho escarcha y tengo sueños de fuego. Me detengo a la par de mi respiración y me dejo sentir en el medio del frío porque al final ¡cuántos paisajes hermosos e inconcebibles nos ha regalado el invierno!

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