El don (Tercera y última parte)

No pude escribir más, mi genialidad se agotó en dos insípidos poemas que repetía como loro en las presentaciones más que informales que hacíamos en grupo en algunas plazuelas de mi ciudad-pueblo; eso sí, cada que leía los versos que tanto dolor me costaron evocaba a Necrosis con su cresta azul, sus pezones perforados, el pantalón a cuadros hecho por él mismo, su obsoleto odio al sistema.
No faltaba con quien acostarse, cabrones que en la peda relajaban sus inútiles imposiciones sociales y después gracias al alcohol fingían olvidar. Me dio por pensar en que todos eran putos pero les daba pena admitirlo, que las mujeres les servían como distracción para evitar revolcarse entre ellos.
Me gustaba mucho ir a los ensayos de Candelabro, una banda que emulaba a London After Midnight descaradamente, eso era lo que llamaba mi atención, no pretendían nada, se sabían una copia y lo asumían; bebían muchísimo, sobre todo ron y tequila de lo más barato. El bajista era un güey muy pálido con ojos ausentes, la primera vez que hablamos me dijo que le gustaba mi poesía, que le recordaba las noches de otoño. Lo lógico era que nos embriagáramos y como mínimo cogiéramos en un lote baldío, pero no fue así; me habló de libros, de música antigua, leímos el Gran Grimorium y Las Clavículas de Salomón en ediciones muy viejas que aseguraba habían pertenecido a su bisabuela. Fue él quien me dijo del don, quien al ver mis ojos se percató de que yo tenía el poder de transformar vidas y torcer destinos. No me lo explicó inmediatamente por supuesto, fue después de varios meses que insinuó el tema mientras tomábamos aguardiente durante una de nuestras escapadas al bosque; yo hablé sin darme cuenta de que él me conducía con su retórica implacable.
Fue el primero en tomarlo de mí, y el único en hacerlo en la forma más pura, de mi sangre. A partir de ese momento y después de confirmarlo con las pruebas pertinentes, mi vida cambió de manera radical; al principio no pensé que hubiera quién quisiera determinar su camino así, después entendí que si hay algo llamado destino yo estaba a punto de cumplir el mío.
A veces me gusta imaginar en cómo el virus recorre mi sangre, cómo me llena y entonces me doy cuenta de lo poco que comprendo al mundo y sus temores, sus campañas para alejarnos con el pretexto de que nos salvan la vida; carajo, mi vida se salvó cuando supe lo que cargaba y lo que tenía para ofrecer.
Soy un dios, mi verga es el dedo de la muerte, soy generoso y los que me buscan lo saben; por lo regular nos reunimos en alguna casa, no hablamos, como todos los rituales el bareback tiene sus modos y hay que respetarlos. Yo elijo a quién hacerle el regalo, pero siempre estoy dispuesto a darlo.
El don no viene de mi semen tóxico, de mi estatus de seropositivo, esa únicamente es la puerta, la verdadera conversión consiste en matar el miedo, y es lo que les ofrezco, la libertad, la posibilidad de desprenderse y ello solo se consigue cuando uno mismo se convierte en un pedacito de muerte, entonces puedes tocar a otros sin dudas.

*Me gustan las mañanas con café negro y sin azúcar, caminar antes de que amanezca ya que para mí las calles vacías tienen una belleza muy particular. Duermo en el bosque de vez en cuando, disfruto conversar con la gente vieja de los ranchos, el olor del cempasúchil y las historias de naguales.

Canto a un dios mineral

Jorge Cuesta*

El aire tenso y musical espera;
y eleva y fija la creciente esfera,
sonora, una mañana:
la forman ondas que juntó un sonido,
como en la flor y enjambre del oído
misteriosa campana.
Ese es el fruto que del tiempo es dueño;
en él la entraña su pavor, su sueño
y su labor termina.
El sabio que destila la tiniebla
es el propio sentido que otros puebla
y el futuro.

*(1903-1942) Fue un químico, poeta, ensayista y editor mexicano. Nació en Córdoba, Veracruz. Colaboró en la Revista Ulises, El Universal, Contemporáneos, Voz nacional, Letras de México y El Nacional. En 1932 fundó la revista Examen. Jorge Cuesta es considerado fundador de la crítica literaria mexicana.

Las mujeres siempre nos damos cuenta cuando les miran las nalgas a otras mujeres. Es como un don que nos dio Satanás al nacer. #ElDon

@KeylaOtarola

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